Hoy sábado hemos salido a dar un paseo por Vitoria y la ciudad tenía ese brillo especial que solo aparece cuando se acerca una fiesta grande. No hace falta mirar el calendario: basta con caminar un rato para notar que San Prudencio está ya llamando a la puerta.
Las calles del centro lucen engalanadas, como si cada balcón y cada farola hubieran decidido vestirse de gala para la ocasión. En las plazas se respira un movimiento distinto, una mezcla de rutina y expectación que solo se da cuando una celebración es realmente de casa. Los preparativos se intuyen en cada esquina: un tamboril que ensaya a lo lejos, un grupo revisando vestuario, los carteles recién colgados anunciando actos y conciertos.
Hay algo muy nuestro en esta antesala. Ese ambiente que combina tradición, música y gastronomía, donde el olor a caracoles y perretxikos parece adelantarse al calendario. La ciudad entera se transforma poco a poco, como si Vitoria supiera que está a punto de reencontrarse con una de sus fiestas más queridas.
Pasear hoy ha sido como caminar por un prólogo: un capítulo previo que anuncia lo que viene sin desvelarlo del todo. Y quizá por eso tiene tanto encanto. Porque en estas vísperas, la ciudad no celebra todavía… pero ya sueña con celebrar.
Y mientras Vitoria se prepara para celebrar, yo sigo en mi propio proceso: convaleciente, recuperando fuerzas poco a poco y obligado —momentáneamente— a cambiar mi rutina habitual. Mis coches clásicos, que son mi refugio y mi lugar de esparcimiento, tendrán que esperar un poco más para recibir mis cuidados. Ellos, pacientes; yo, no tanto.
Para mantenerme activo, me he pasado a actividades más livianas. Nada de llaves fijas ni motores: ahora tocan recetas, masas y hornos. La repostería se ha convertido en mi nuevo entretenimiento, aunque tiene un pequeño inconveniente… hay que probar lo que uno hace, y eso no siempre encaja con la dieta estricta que me han impuesto.
Porque, claro, en casa tengo a mi enfermera particular, la Sra. jefa, que no me deja saltarme ni una coma del protocolo médico. Ni por despiste, ni por piedad, ni por aquello de “total, por un poquito no pasa nada”. Aquí se cumple lo que dice el doctor como si fuera palabra sagrada.
Así que mientras la ciudad se prepara para la fiesta grande, yo preparo bizcochos y galletas, soñando con el día en que pueda volver a arrancar mis coches, moverlos un poco y sentir ese olor a gasolina que tanto echo de menos. Todo llegará. Como San Prudencio, que siempre vuelve, también volverá mi rutina.
De momento, disfruto de estas vísperas a mi manera: paseando, observando, recuperándome… y horneando.
Hoy comparto con vosotros las fotos que he ido sacando durante el paseo.
Y así termina este día de paseo tranquilo por Vitoria, entre preparativos de San Prudencio y mis propios pasos de recuperación. La ciudad se viste de fiesta mientras yo sigo vistiéndome de paciencia, disciplina y algún que otro dulce a escondidas —siempre bajo la atenta mirada de mi enfermera particular, que no me deja ni respirar fuera del guion médico.
Volveré pronto a mis rutinas, a mis coches clásicos y a mis escapadas mecánicas, pero hoy me quedo con este ritmo más pausado, con el aire festivo que ya se respira en las calles y con la certeza de que cada etapa tiene su encanto, incluso esta.
Pese a estar convaleciente no he cambiado mucho el aspecto, he bajado un poco de peso pero aún me sobra. Saludo para todos.
Foto sacada hoy con un fondo especial
Mañana será otro día, y lo contaremos.





