28.7.26

“Maniobras de precisión entre madera y metal”

 

Esta mañana, antes de que el calor extremo que venían anunciando para este martes empezase a caer a plomo sobre Vitoria, he salido casi en estampida hacia el lugar donde guardo mis coches clásicos. El aire aún conservaba ese frescor tímido que dura apenas un suspiro en verano, y me pareció el momento perfecto para adelantar alguna de esas tareas que tengo pendientes allí, esas pequeñas obligaciones mecánicas que uno acomete con gusto cuando se trata de cuidar piezas que son más historia que vehículo.

Esta idea mía de ponerle dirección asistida al BMW E30 M10 tiene ese aroma de proyecto bien meditado, de esos que uno va construyendo pieza a pieza, como quien prepara un ritual. Y la compra de la polea del cigüeñal es casi un símbolo: necesitabas una de doble acanaladura para la correa trapezoidal… y he acabado con una de tres canales, como quien se adelanta al futuro con una sonrisa cómplice.

Porque claro, uno nunca descarta que algún día le dé el venazo de instalar aire acondicionado. Y yo ya he hecho lo que hacen los buenos artesanos: dejar el camino preparado, prever la evolución del coche, anticipar necesidades que quizá lleguen o quizá no, pero que si llegan, te encontrarán listo.

Es un gesto muy mío: práctico, ingenioso y con ese toque de “por si acaso” que distingue a quienes aman sus máquinas como si fueran parte de la familia.

Aparte de todo lo demás, sigo fiel a mi costumbre de aprovechar lo que tengo al alcance de la mano. Me gusta rescatar piezas viejas que guardo “por si acaso algún día sirven para otro menester”, como quien conserva herramientas heredadas porque sabe que, tarde o temprano, volverán a tener su momento. Y esta vez no ha sido distinto: tenía por ahí una pieza antigua que voy a intentar adaptar para montar una polea trapezoidal en una bomba de dirección asistida que ha caído en mis manos casi por azar, como si el destino mecánico hubiese decidido echarme una mano.

Sé que también tendré que fabricar un soporte nuevo, pero no me preocupa. Cada cosa tiene su turno, su día de gloria en el banco de trabajo. Y cuando llegue el momento, lo haré como siempre: con calma, ingenio y ese placer casi artesanal de transformar lo que otros descartarían en algo útil, funcional y con historia.


Esta primera polea es la que llevaba la bomba hidráulica. la del fondo es la que quiero adaptar para que `pueda utilizarla con la polea del cigüeñal. Ahora hay que tirar de lo aprendido de joven.


Ahora necesito fabricar un taco de madera que me permita buscar con precisión el centro del buje viejo, ya torneado, para poder trazar los tres tornillos de amarre. Es ese tipo de tarea que parece sencilla pero que exige mimo: elegir una pieza de madera firme, llevarla al torno o a la mesa de trabajo, y convertirla en una guía exacta, un pequeño aliado que te marque el punto justo donde todo debe coincidir.

Ese taco será, en realidad, el puente entre lo que ya creado y lo que estoy a punto de crear. Una pieza humilde, pero imprescindible, que te permitirá dibujar con exactitud la geometría del futuro montaje. Y ahí está la belleza: en cómo un trozo de madera, bien pensado y mejor trabajado, puede ser la clave para que tres tornillos entren donde deben y una polea quede perfectamente centrada.

Este trozo me servirá  para lo que pretendo hacer.

He marcado la pieza con un rotulador, ya me da la idea de dónde van a ir los tornillos.


Ya tengo el trozo de madera en el torno, ahora a mecanizar.



Con la misma cuchilla que tengo para tornear el hierro, también vale para la madera que es más blanda.


Ya he encajado la madera torneada y el centro bien marcado.





Ahora con la ayuda de un compás voy trazando los tres puntos de amarre. Busco el diámetro exterior de la pieza, para hacer un hexágono tomaría el radio exterior y divido en seis parte, yo necesito tres, entonces  cada dos puntos de los trazado me daría un triangulo que es lo que necesito, paso esos puntos marcados con el granete y el centro de la pieza hago tres rectas y paso la distancia del exterior al centro de los agujeros que tengo que hacer. Es un rollo lo que estoy poniendo pero es así.


Ahora voy al taladro, empiezo con una broca más pequeña, luego la que sería el diámetro exterior del tornillo y ya está.




Ya tengo la base de la polea que quiero utilizar, falta todavía bastante trabajo, eso es lo interesante, si se acabase pronto sería demasiado fácil. 😂


Por si no me convence el trabajo anterior, empiezo con este.



26.7.26

“Domingo entre Clásicos en Areta–Llodio: Ruta, Tradición y Buen Ambiente”

 

Crónica de una mañana entre clásicos en Areta–Llodio

Esta mañana, en Areta–Llodio, el aire tenía ese aroma que solo los coches clásicos saben despertar: mezcla de gasolina añeja, metal pulido y recuerdos. Llegamos temprano, cuando el sol apenas empezaba a iluminar las carrocerías alineadas como veteranos orgullosos en formación. Cada coche parecía contar su propia historia, algunas escritas con restauraciones impecables, otras con cicatrices que hablan de kilómetros vividos y manos que han sabido mantenerlos con cariño.

El ambiente era el de siempre en estas concentraciones: tertulias espontáneas, miradas cómplices entre aficionados, preguntas que empiezan con “¿y este de qué año es?” y respuestas que derivan en media hora de conversación. En Areta se respiraba pasión, esa pasión que no entiende de modas ni de etiquetas, solo de respeto por la mecánica y por el tiempo.

Había de todo: desde pequeños utilitarios que hoy parecen juguetes, hasta berlinas que en su época eran símbolo de elegancia. Algún motor rugía de vez en cuando, como para recordar que, aunque estén en exposición, siguen vivos. Y entre todos ellos, uno siempre encuentra detalles que enamoran: un volante de madera bien conservado, un cuadro de instrumentos que parece sacado de una película, una solución ingeniosa para mantener en pie lo que ya no fabrican.

La mañana pasó entre fotos, charlas y ese disfrute tranquilo que solo los clásicos saben ofrecer. Areta–Llodio volvió a demostrar que estos encuentros no son solo exhibiciones: son reuniones de memoria, de oficio, de tradición. Y uno sale de allí con la sensación de haber viajado en el tiempo sin moverse del sitio.

Mi señora y yo decidimos llevar el Saab 900 i 16 válvulas classic a la concentración de coches en Areta–Llodio. Es un coche que, además de tener su encanto escandinavo, nos hace la vida más fácil. El maletero, grande y muy accesible, permite cargar sin esfuerzo todo lo necesario para que la mañana sea cómoda. Entre ello, la silla que siempre llevamos porque mis problemas de movilidad me obligan a tomar las cosas con calma y buscar apoyos cuando toca desplazarse.

El Saab, fiel como siempre, respondió con esa suavidad que lo caracteriza. Es un coche que no solo se conduce: se acompaña. Y en días como este, en los que uno quiere disfrutar del ambiente sin preocuparse por maniobras complicadas o accesos estrechos, se agradece tener un clásico que combina personalidad con funcionalidad.

Llegamos sin prisas, con la tranquilidad de saber que el coche nos facilita el día. Y así, con la silla a mano y el maletero que parece hecho para estas ocasiones, pudimos disfrutar de la concentración a nuestro ritmo, sin renunciar a nada.

Sacamos el coche del garaje y ¡Vamos allá!


La Sra., que es la conductora habitual del Saab 900 i 16 válvulas classic, me acompaña siempre que surge alguna de estas concentraciones de coches. Conoce el coche como si fuera una extensión de sí misma, y gracias a su manera tranquila y segura de llevarlo, yo puedo disfrutar del día sin preocuparme por nada.

Entre los dos hacemos buen equipo: ella al volante, yo organizando lo que necesitamos para que la mañana sea cómoda, incluida la silla que me permite descansar cuando la movilidad me da guerra. Y así, sin prisas y con nuestro ritmo, pasamos la mañana del domingo estupendamente, disfrutando del ambiente, de los clásicos y de ese pequeño ritual compartido que ya forma parte de nuestra vida.



Salimos de Vitoria con sol, ese sol que anima a arrancar el domingo con buen pie. Pero según nos íbamos acercando a la zona de Llodio, empezaron a verse muchas nubes acumuladas, como si estuvieran esperando su momento para descargar. Tocaba cruzar los dedos y confiar en que la lluvia no nos chafara el día, aunque también es verdad que ya va siendo necesaria. Después de varias olas de calor, cualquier chaparrón sería un alivio para el campo y para nosotros.

Con esa mezcla de esperanza y resignación seguimos el camino, disfrutando del trayecto y esperando que el cielo nos diera una tregua para poder pasar la mañana entre clásicos sin tener que abrir paraguas.

Estamos llegando a los túneles de Aiurdín.



Areta ya a la vista.

Ya tenemos Areta a la vista. Después del camino entre claros y nubes, en breve estaremos inmersos entre coches y aficionados, ese pequeño universo donde cada motor tiene su historia y cada persona comparte la misma pasión. Se nota ya en el ambiente esa mezcla de expectación y alegría que acompaña siempre la llegada a una concentración. Un par de minutos más y estaremos dentro, disfrutando del domingo como nos gusta.






Areta es un concejo perteneciente al municipio de Llodio, cuya ubicación se sitúa al noroeste de Álava, muy cerca del límite con Vizcaya. Es una zona que siempre ha tenido ese carácter fronterizo entre territorios, con paisajes que mezclan lo industrial y lo rural, y con una identidad muy marcada dentro del valle. Un lugar perfecto para acoger una concentración de coches clásicos, con ese ambiente de pueblo que hace que todo resulte más cercano y auténtico.


Las fiestas patronales de Areta se celebran a finales de julio, en torno a los días de Santiago (25 de julio) y Santa Ana (26 de julio). Son fechas señaladas en el concejo, con ese ambiente cercano y festivo que caracteriza a los pueblos del valle: música, encuentros, tradición y ese ritmo veraniego que invita a participar y disfrutar.



Ahora sí: ya estamos en el lugar y rodeados de coches clásicos, cada uno con su historia y sus años a cuestas. Algunos más veteranos, otros algo más jóvenes, pero todos superan la treintena con orgullo. Basta un vistazo para darse cuenta de que aquí no hay coches: hay memorias sobre ruedas, mecánicas que han sobrevivido a modas, a kilómetros y a manos que los han cuidado con paciencia.

La llegada siempre tiene ese momento especial en el que el ruido de los motores, las conversaciones y el brillo de las carrocerías te envuelven. Y así, casi sin darnos cuenta, ya estamos inmersos en este pequeño universo donde el tiempo parece avanzar más despacio y donde cada detalle merece una mirada.
































La mecánica y el interior de un Seat 1500.



También hubo motos.







Recorrido por Areta y Llodio.

Salimos a hacer un recorrido con los coches por Areta y Llodio, una pequeña caravana de clásicos avanzando por las calles como si el tiempo se hubiera detenido unas décadas. Es un momento especial dentro de estas concentraciones: ver cómo los coches no solo se exhiben, sino que se mueven, respiran, se escuchan. La gente se gira al paso de la comitiva, algunos saludan, otros sacan el móvil para inmortalizar el desfile, y nosotros disfrutamos del paseo con esa mezcla de orgullo y nostalgia que solo los clásicos saben despertar.







Tuvimos animación con danzas vascas, que le dieron un poco más de ambiente a la concentración. Entre los coches, los aficionados y el bullicio del domingo, ver bailar un aurresku añadió ese punto de solemnidad y emoción que solo esta danza sabe transmitir. Fue un detalle precioso, una mezcla de cultura y motor que hizo la mañana todavía más especial.




Nosotros no esperamos al final. Teníamos cosas pendientes y, después de las trece horas, partimos de nuevo hacia Vitoria. Antes de marcharnos, me quedé un momento junto al Saab 900 i 16 válvulas classic, que había sido nuestro compañero fiel durante toda la mañana. En la siguiente foto aparezco a su lado, con mi camiseta que deja claro un mensaje que me define bastante bien: “Nunca subestimes a un viejo hombre con un Saab”. Una frase que, más que un chiste, es casi una declaración de principios.

Con ese espíritu y con el Saab listo para volver a casa, emprendimos el camino de regreso, satisfechos por la mañana vivida entre coches, aficionados y buen ambiente.



Cruce de fronteras: de Álava a Vizcaya y vuelta

Salimos de Álava y nos adentramos en Vizcaya, dejando atrás el paisaje alavés para entrar en el valle con ese cambio sutil que solo quien conoce bien la zona aprecia. Y en este punto de la foto volvemos de nuevo a Álava, como si el camino jugara a cruzarnos de un territorio a otro en cuestión de minutos. Es una transición casi simbólica: un ir y venir entre dos tierras vecinas que comparten historia, carreteras y afición por los coches clásicos.



En este punto es la parte más alta del puerto de Altube.




De nuevo los túneles de Aiurdín, ahora en sentido inverso.

Llegamos a Vitoria, ahora a guardar el coche para tenerlo preparado para el próximo evento de coches clásicos.










“Maniobras de precisión entre madera y metal”

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