15.8.26

Cuando los clásicos descansan y la ciudad habla.

 

Aún no hemos salido de vacaciones. No descartamos hacerlo —la idea siempre ronda, como una golondrina indecisa— pero los calores que hemos padecido hasta ahora nos han frenado más de lo que pensábamos. Cuando el termómetro se empeña en subir y el aire parece quedarse quieto, uno empieza a valorar lo que tiene cerca: la sombra de casa, la rutina tranquila y ese frescor que Vitoria sabe regalar incluso en los días más testarudos.

Y la verdad es que estamos mejor aquí. La ciudad, con su ritmo pausado y sus rincones que nunca se agotan, ofrece más de lo que a veces recordamos. Paseos por el casco viejo, parques que parecen diseñados para respirar mejor, terrazas donde el tiempo se estira… Vitoria tiene ese encanto discreto que no presume, pero acompaña.

Quizá más adelante nos animemos a hacer las maletas. Es posible que llegue un día menos abrasador y nos dé por buscar mar, montaña o simplemente otro horizonte. Pero de momento, este verano se vive bien así: sin prisas, sin agobios, disfrutando de lo que tenemos a mano y dejando que la decisión llegue cuando quiera.

Porque al final, las vacaciones no siempre están en el destino. A veces están en la manera de mirar el día.

 

Pasamos muchos días con nuestros coches clásicos. Son parte de nuestra rutina, de nuestras escapadas y de ese placer sencillo que da escuchar un motor antiguo responder con nobleza. Pero hasta ellos se merecen un descanso. Después de tantas mañanas de ruta, de puertos, de paisajes y de conversaciones mecánicas, llega un momento en que conviene levantar el pie del acelerador y mirar alrededor.

Y Vitoria invita a hacerlo. La ciudad, con su calma elegante y su historia bien guardada, ofrece un verano distinto: sin prisas, sin agobios, sin necesidad de hacer kilómetros para sentir que el día merece la pena. Sus calles, siempre amables; sus parques, que parecen diseñados para respirar mejor; sus monumentos, que cuentan siglos sin levantar la voz; y ese sinfín de rincones que uno descubre solo cuando decide quedarse.

A veces pensamos en irnos de vacaciones, pero luego llega una tarde templada, un paseo por el casco viejo, una terraza con sombra, y la decisión se aplaza sin remordimientos. Porque aquí también se vive bien. Aquí también se descansa. Aquí también se encuentran historias.

Quizá más adelante volvamos a arrancar los clásicos y a buscar horizontes nuevos. Pero hoy, este verano se escribe desde casa, desde Vitoria, desde la tranquilidad de saber que no hace falta ir lejos para disfrutar.

Hoy dejamos los coches. Después de tantos días entre carburadores, cromados y pequeñas batallas mecánicas, tocaba darle descanso a la flota clásica y a nosotros mismos. El día amaneció más fresco de lo habitual —un regalo inesperado en pleno agosto— y nos ha parecido la ocasión perfecta para hacer una pequeña gira por la ciudad, pero esta vez a pie, sin prisa y sin volante.

Vitoria, cuando baja unos grados, se vuelve todavía más amable. Las calles del casco viejo recuperan su encanto silencioso, los parques respiran mejor y uno se descubre mirando detalles que, desde el coche, pasan desapercibidos: una fachada que nunca habíamos observado, una sombra que invita a detenerse, un aroma de panadería que se escapa por una esquina.

La ciudad tiene ese don: cuando el calor afloja, se abre como un libro. Monumentos que cuentan historias sin necesidad de guía, plazas que parecen hechas para sentarse un rato, rincones que uno cree conocer y que siempre guardan algo nuevo. Hoy, sin motores, sin rutas y sin mapas, Vitoria nos ha llevado de la mano. A veces las mejores excursiones son las que no necesitan carretera.

Salimos de casa sin prisa pero sin pausa, dispuestos a aprovechar el día más fresco que hemos tenido en semanas. Hoy los coches clásicos descansan en el garaje; toca caminar y descubrir la ciudad con otros ojos. La primera parada: el Museo de Ciencias Naturales de Álava, ese edificio de piedra que parece sacado de otro tiempo, con su torre robusta y sus ventanas que cuentan siglos.

No llevamos cámara, pero el móvil cumple su papel. La primera foto del día captura el contraste entre la historia y el presente: un museo que celebra sus 40 años dentro de una torre que ha visto pasar muchos más. A su alrededor, las calles de Vitoria se abren como un mapa de historias, invitando a seguir caminando, a mirar arriba, a detenerse en los detalles.

El aire fresco acompaña, y la ciudad parece agradecida por la tregua del calor. Hoy no hay motores ni rutas, solo pasos y curiosidad. Y así empieza nuestra pequeña gira urbana, con una foto, una sonrisa y la sensación de que cada rincón tiene algo que contar.



Después del museo, seguimos caminando sin prisa, disfrutando del aire fresco que hoy parece más amable. La siguiente foto la hicimos frente a la Iglesia de San Pedro Apóstol, uno de esos templos que imponen respeto por su historia y su arquitectura. La piedra, trabajada con paciencia durante siglos, guarda el eco de muchas generaciones. Su torre se alza sobre el barrio como un faro de serenidad, y el silencio del interior invita a detenerse un momento.






Desde allí nos acercamos hasta la Plaza de la Provincia, donde se levanta la Diputación Foral de Álava, un edificio que combina elegancia y sobriedad, símbolo de la vida institucional de la ciudad. La plaza, amplia y luminosa, es un punto de encuentro entre pasado y presente: los muros antiguos dialogan con el bullicio de quienes pasean, trabajan o simplemente disfrutan del día. Hoy, sin coches ni motores, la ciudad se nos muestra distinta. Cada paso revela un detalle que antes pasaba desapercibido: una cornisa, una inscripción, una sombra que cambia con la hora. Y así, entre piedra y historia, seguimos descubriendo que Vitoria tiene mucho que ofrecer cuando uno decide caminarla.


La Diputación Foral de Álava, con sus jardines cuidados y ese aire solemne que combina historia y serenidad, bien merece una parada y una foto. Es uno de esos rincones donde el ritmo de la ciudad se suaviza, donde el verde abraza la arquitectura y donde uno siente que el paseo se convierte en un pequeño homenaje al propio territorio. Un lugar que invita a detenerse, respirar y capturar el momento antes de seguir camino.



En ese momento que estábamos junto a la Diputación pasó un tren turístico que recorre calles y lugares de Vitoria


Por fin llegamos a la plaza de la Virgen Blanca, ese lugar donde Vitoria parece concentrar su memoria y su carácter. En el centro se alza el imponente monumento a la Batalla de Vitoria, recordando aquel enfrentamiento decisivo contra las tropas francesas durante la Guerra de la Independencia. La escultura, con su dinamismo de bronce y piedra, parece seguir librando la batalla en silencio, como si el tiempo no hubiera logrado apagar del todo el eco de aquel día.

La plaza, siempre viva, siempre punto de encuentro, nos recibe con su mezcla de historia y cotidianeidad. Tras una mañana entretenida, llegar aquí es como cerrar un círculo: un lugar que invita a detenerse, mirar alrededor y sentir que esta vida, al final, se compone de momentos buenos como este, y que los malos conviene dejarlos atrás con la misma rapidez con la que se cruza la plaza.





La Batalla de Vitoria se libró el 21 de junio de 1813, un día que quedó grabado para siempre en la historia de la ciudad. Aquel enfrentamiento, decisivo contra las tropas francesas que escoltaban a José Bonaparte, marcó el principio del fin del dominio napoleónico en España. Las fuerzas aliadas —españolas, británicas y portuguesas— avanzaron con determinación, y en estas tierras alavesas lograron una victoria que resonó en toda Europa.

Hoy, al contemplar el monumento en la Virgen Blanca, uno siente que ese 21 de junio sigue vivo: un recordatorio de resistencia, de estrategia y de un pueblo que no se resignó. Caminar por la plaza es casi como escuchar el eco lejano de aquella jornada que cambió el rumbo de la guerra y devolvió la esperanza a toda una nación.









En 1202, Vitoria sufrió un pavoroso incendio que prácticamente destruyó la villa medieval. Las crónicas señalan que el fuego afectó de forma tan extensa al núcleo urbano que el rey Alfonso VIII emprendió inmediatamente una reconstrucción y ampliación hacia el flanco occidental, creando tres nuevas calles: Correría, Zapatería y Herrería.

No había visto esta placa nunca antes, siempre se descubren cosas nuevas aunque lleven mucho tiempo ahí



Después de disfrutar la plaza de la Virgen Blanca, con su historia y su pulso siempre vivo, nos fuimos caminando hacia la plaza España, ese espacio amplio y elegante donde se levanta el Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz. La arquitectura sobria del edificio, con su fachada equilibrada y su aire de casa grande de la ciudad, marca el centro administrativo y también uno de los puntos más reconocibles del casco urbano.

Desde allí, apenas unos pasos nos llevaron al edificio de Correos, otro clásico del paisaje vitoriano. Con su presencia sólida y ese estilo que mezcla funcionalidad y carácter, es uno de esos edificios que parecen haber visto pasar generaciones enteras de vecinos, cartas, historias y rutinas. Un lugar que, aunque cotidiano, siempre merece una mirada. Así, entre plazas, instituciones y edificios con alma, el paseo fue tomando forma, como si la ciudad nos fuera contando su historia a través de cada fachada.




Luego llegó la plaza de Los Fueros, ese espacio tan particular donde Vitoria mezcla modernidad y tradición con una naturalidad sorprendente. Su diseño geométrico, casi escultórico, invita a recorrerla despacio, a fijarse en las líneas, en las sombras y en cómo la gente la habita. Es una plaza que parece hecha para respirar, para sentarse un momento y dejar que la ciudad siga su ritmo alrededor.

Aquí, entre volúmenes y perspectivas, uno siente que Vitoria sabe reinventarse sin perder su esencia. Cada paso conecta pasado y presente, como si la plaza fuera un puente silencioso entre la historia foral y la vida diaria de quienes la cruzan.


Junto a la plaza de Los Fueros encontramos una placa de acero inoxidable que muestra una imagen aérea del conjunto. Es como si la plaza, tan geométrica y tan viva, quisiera presentarse desde otra perspectiva, revelando su diseño completo y la intención arquitectónica que a pie de calle se intuye pero no siempre se aprecia.

Esa vista aérea grabada en metal invita a detenerse un momento, a mirar la plaza como si la observáramos desde arriba, entendiendo sus líneas, sus volúmenes y la manera en que se integra en el corazón de Vitoria. Es un gesto sencillo, pero añade profundidad al paseo: no solo caminamos la ciudad, también la contemplamos desde otras alturas.




Además, junto a la plaza de la Virgen Blanca hay unos setos verdes recortados en los que se puede leer claramente Vitoria-Gasteiz. Es un emblema vegetal que se ha convertido en una de las imágenes más queridas de la ciudad: sencillo, fotogénico y lleno de orgullo.

Ese letrero verde, siempre bien cuidado, parece dar la bienvenida a quienes llegan a la plaza y recordar que esta ciudad sabe combinar naturaleza y urbanismo con una elegancia muy suya. Es imposible pasar por allí sin detenerse un momento, sin mirar cómo el sol juega con las hojas y sin sentir que Vitoria, en cada detalle, se presenta con cariño.




Llegamos a la Catedral Nueva, ese templo que domina la ciudad con su presencia solemne y su verticalidad. Allí pude admirar de cerca los labrados de las columnas exteriores, auténticas filigranas de piedra que parecen hechas con la paciencia de siglos. Cada columna cuenta una historia, cada relieve guarda un gesto, y uno no puede evitar detenerse a mirar cómo la luz resbala por las aristas y despierta los detalles.

En el alero del tejado, las gárgolas observan desde lo alto con su aspecto maléfico, como criaturas que vigilan la ciudad desde tiempos remotos. Algunas muestran expresiones feroces, otras parecen casi burlonas, pero todas cumplen su función ancestral: proteger, drenar, espantar lo que no debe entrar. Verlas allí arriba, recortadas contra el cielo, añade un toque de misterio al paseo, como si la catedral tuviera vida propia.






Las gárgolas.



Detrás de la Catedral Nueva nos encontramos con ese rinoceronte tan peculiar, una escultura que parece plantada allí para recordarnos que el arte también puede ser juguetón y desconcertante. A su lado debería estar el cocodrilo, pero ese se me ha escapado del teléfono: no lo encuentro por ningún lado, como si hubiera decidido volver al río o esconderse entre las sombras de la catedral.

Entre animales de bronce, columnas labradas y gárgolas vigilantes, seguimos avanzando. Ya va siendo hora de reponer fuerzas, así que nos vamos desplazando hacia el domicilio, con esa sensación de paseo bien hecho, de ciudad recorrida y de historias que se quedan en la memoria para contarlas después



Llegamos al Palacio de Congresos Europa, en plena Avenida de Gasteiz, un edificio que sorprende desde el primer vistazo. Buena parte de su fachada está cubierta por hierbas y vegetación, como si la arquitectura hubiera decidido convivir con la naturaleza en lugar de imponerse sobre ella. Ese manto verde le da un aire fresco, casi orgánico, que contrasta con el ritmo urbano de la avenida.

Es un lugar que invita a detenerse un momento, a observar cómo las plantas trepan por las paredes y cómo el edificio parece cambiar con las estaciones. Un gesto moderno, sostenible y muy propio de Vitoria, que siempre ha sabido integrar el verde en su identidad.



El dólmen de la calle Chile no es solo una pieza evocadora de tiempos prehistóricos: está dedicado a José Miguel de Barandiaran, el gran etnólogo y antropólogo vasco. Su labor fue decisiva para comprender la historia, las creencias y las raíces del País Vasco. Barandiaran recorrió montes, pueblos y cuevas, recogiendo testimonios, estudiando restos arqueológicos y preservando tradiciones que, sin él, quizá se habrían perdido.

Este dolmen urbano es un gesto de reconocimiento a su trabajo incansable, una forma de recordar que la identidad vasca se construye tanto en los grandes monumentos como en las pequeñas huellas del pasado. Encontrarlo al final del paseo es casi simbólico: después de recorrer plazas, edificios y rincones de Vitoria, la ciudad te despide con un homenaje a quien dedicó su vida a entenderla.




Aquí finalizó este día en el que he cambiado los coches clásicos por un buen paseo, descubriendo rincones nuevos de Vitoria y recordando otros que ya había visto con anterioridad. A veces conviene dejar los motores en reposo y dejar que sea la ciudad la que marque el ritmo, paso a paso, detalle a detalle.

Mis disculpas a quienes entráis al blog buscando historias de carburadores,
cromados y rutas. Este espacio es de temas variados, según el ánimo y las ganas de trabajar de un servidor. Unas veces toca grasa y herramientas; otras, como hoy, toca calle, historia y curiosidad.

Gracias por acompañarme en este paseo. Pasen un buen día.









14.8.26

Vacaciones bajo el Supra

 Yo ya estaba feliz con el Toyota Supra MKIII. Pensaba que, por fin, habíamos terminado de preparar el motor: culata lista, junta nueva, tornillería reforzada… todo en su sitio. Ya me veía disfrutando del coche, sin más sobresaltos, convencido de que el capítulo mecánico estaba cerrado.

Pero claro, a mi hijo se le ocurre ahora que quizá deberíamos cambiar la bomba de engrase y revisar los casquillos de biela y bancada. Y todo ello —dice él tan tranquilo— sin sacar el motor. Como si fuese abrir una lata de sardinas.

Así que ya me veo: todas las vacaciones bajo el coche, con la linterna en la boca, el gato hidráulico mirándome con sorna y el Supra esperando que le hagamos otro tratamiento rejuvenecedor. Porque esto de los clásicos es así: cuando crees que has terminado, aparece una nueva aventura mecánica que te reclama.

Y, al final, uno no se enfada. Porque estos ratos, aunque te dejen la espalda tiesa, también son parte del disfrute: trabajar juntos, aprender, improvisar, pelearse con tornillos imposibles y, sobre todo, seguir dando vida a un coche que ya es parte de la familia.

Con lo bien que había quedado pintado y la parte alta reparada.

En esta foto estábamos ya dando el último retoque al motor del Supra. Todo parecía encajar: culata preparada, juntas nuevas, el coche respirando como si acabara de salir de fábrica. Lo llevamos a la ITV y, para mi sorpresa, todo fue satisfactorio. Salimos de allí con la pegatina puesta y yo con una sonrisa de oreja a oreja.

Pensé: “Estas vacaciones las voy a disfrutar dando paseos y viajecitos con el Toyota, sin preocupaciones, sin manchas de aceite, sin dolores de espalda.” Vamos, que ya me veía rodando por la costa como un señor.

Pues va a ser que no.

Porque cuando uno cree que ha terminado, aparece el hijo —ese espíritu inquieto, mecánico de corazón— y dice que todavía queda faena. Pero eso ya es otra historia… y otro verano bajo el coche.

Antes de iniciar el trabajo, recopilamos toda la información posible. Manuales, esquemas, vídeos, experiencias de otros locos del Supra… todo lo que pudiera darnos una pista de por dónde atacar sin acabar desmontando medio coche. Ya con todo prácticamente en el coco, como si hubiéramos hecho un curso intensivo de mecánica japonesa, nos miramos y asentimos.

Es ese momento en el que sabes que ya no hay vuelta atrás: toca empezar.

El coche espera, las herramientas brillan, y nosotros —con más ilusión que sentido común— nos lanzamos a la aventura mecánica que, seguro, nos tendrá entretenidos más de lo previsto.


Con nuestro método rudimentario de elevación del coche —ese sistema artesanal que ya es casi tradición familiar— empezamos la faena. El Supra sube lo justo, lo necesario, y nosotros nos miramos como quien se prepara para una operación de precisión hecha con herramientas de andar por casa.

De momento, yo me mantengo fuera del coche. Que lo haga el hijo, que es más joven, más flexible y todavía no protesta la espalda. Yo superviso desde fuera, con esa mezcla de orgullo y alivio que da ver cómo la nueva generación se mete debajo del coche sin miedo, mientras uno ya calcula cada movimiento para no quedarse atascado entre el gato y el diferencial.

Pero así empieza todo: con el coche elevado a nuestra manera, las herramientas listas y la sensación de que, una vez más, las vacaciones van a oler a aceite, metal y complicidad mecánica.



Me asomo bajo el coche y veo lo que hay … y digo: “aquí hay tomate.” No es una frase técnica, pero es la que mejor describe la escena. Para hacer lo que queremos, tendremos que levantar el motor, descolgar la cuna y despegar la tapa del cárter, que está pegada con silicona de juntas como si la hubieran sellado para que no la abriera nadie jamás.

El espacio es mínimo, casi claustrofóbico. El coche encima de nosotros, el calor agobiante de estos días que convierte el garaje en un horno, y cada herramienta que toca el suelo parece calentarse sola. Todo se vuelve en nuestra contra: la postura, la temperatura, la falta de hueco, la tapa del cárter que no quiere salir ni a tiros.

Es un trabajo penoso, lo sabemos desde antes de empezar. Pero aquí estamos, asomados bajo el Supra, sabiendo que lo que viene no será fácil… y aun así, con esa mezcla de terquedad y cariño por el coche que nos empuja a seguir.

Esto es parte de  lo que se ve desde abajo-


Tengo esta aceitera de mis años mozos, compañera de tantas chapuzas y arreglos improvisados. La he dejado cerca, por si se nos complica el trabajo. Nunca falla: cuando la cosa se pone seria, siempre aparece la aceitera como si fuera un talismán. Le añadiremos un poco de aceite para que “vaya más suave”, jajaja.

Es curioso cómo uno acaba confiando en estos objetos viejos, casi reliquias, que han sobrevivido a más coches que nosotros a veranos. No será la herramienta más moderna, ni la más precisa, pero tiene algo que no se compra: historia, uso y ese toque sentimental que hace que la cojas sin pensar cuando la faena se tuerce.

Ahí está, preparada, como si supiera que hoy también va a tener trabajo.



Hay que tomarse esto con humor. Si no lo hacemos, este tipo de trabajos podría afectarnos a la salud mental. Entre el calor, el coche encima, las posturas imposibles y la tapa del cárter que parece soldada por el mismísimo diablo, uno corre el riesgo de perder la paciencia… y quizá hasta la cordura.

Por eso, mejor reírse. Reírse del método rudimentario, de la aceitera de juventud, del “aquí hay tomate”, de las vacaciones bajo el Supra y de todo lo que venga. Porque al final, si no le ponemos humor, la mecánica se convierte en tortura. Y así, en cambio, se convierte en aventura.





9.8.26

Rumbo a la nostalgia en el Saab 900i: Viaje con aire clásico (y fresco) a la Ermita de Santa Elena

 


Joyas sobre ruedas en un rincón mágico: Concentración de clásicos en Santa Elena (Emerando)
Hay lugares que tienen un magnetismo especial, y el barrio de Emerando, a caballo entre Mungia y Meñaka, es uno de ellos. Si a su ya de por sí impresionante paisaje rural le sumas el rugido de motores con historia, el resultado es una jornada inolvidable. La campa de la Ermita de Santa Elena se ha convertido en el epicentro de la nostalgia automovilística, reuniendo a una espectacular colección de coches clásicos que parecen haber desafiado el paso del tiempo.
El evento no solo ha sido un regalo para los amantes del motor, sino también una oportunidad para desconectar. Ver estas joyas mecánicas de más de treinta años recortadas contra la silueta medieval de la ermita —famosa por albergar en sus muros una estela funeraria prerromana— crea un contraste único entre la historia antigua y la historia industrial. Un ambiente familiar, olor a gasolina de la vieja escuela y el verde infinito de Bizkaia como telón de fondo. Sin duda, una cita que ya apuntamos en rojo en el calendario para próximas ediciones.


Salir de Vitoria un día de calor sofocante con destino a una concentración de coches clásicos siempre plantea un dilema: ¿pasión o supervivencia? Esta vez salimos algo tarde y la respuesta la tuvimos clara en el garaje. Optamos por la veteranía inteligente y decidimos que el protagonista del viaje sería nuestro Saab 900i de 16 válvulas.
Sí, tiene sus años y es un clásico con todas las letras, pero cuenta con un as bajo el capó que ese día valía oro: aire acondicionado. Es verdad que antes se viajaba sin él, cruzando la península en pleno agosto con las ventanillas bajadas y el brazo apoyado en el marco de la puerta, tragando polvo y pasando un calor soberano. Se sobrevivía, claro que sí, pero ahora que ya hace décadas que se inventó esa bendita «nevera» dentro del coche, ¿por qué no aprovecharla? Disfrutar del paisaje vizcaíno a una temperatura humana mientras el motor de 16V devoraba los kilómetros hacia la Ermita de Santa Elena demostró que la nostalgia no está reñida con el confort. Al final, llegamos frescos, a tiempo y listos para disfrutar de la jornada.


En los viajes que hacemos con nuestros coches clásicos hay algo que nunca falla: el trabajo en equipo. Debido a mis problemas de movilidad, esta vez me tocó disfrutar del trayecto desde el asiento derecho, ejerciendo con orgullo de copiloto. Pero la verdadera "culpable" de que hoy estuviéramos en la carretera es mi mujer.
A los mandos de nuestro Saab 900i 16V, demostró una vez más que no hay plan sobre ruedas al que me diga que no. Siempre que le propongo una nueva aventura, una concentración o una ruta para sacar a pasear los clásicos, su respuesta es un "sí" rotundo. Verla conducir con seguridad y soltura el salpicadero aeronáutico del Saab mientras dejábamos atrás los kilómetros bajo el sol de agosto es el verdadero motor de esta afición. Al final, los coches son la excusa, pero compartir estas experiencias y saber que siempre tengo a la mejor compañera de viaje al volante es lo que de verdad hace que cada kilómetro valga la pena.


Además, con los coches clásicos tenemos una regla de oro: prohibidas las autopistas. Preferimos viajar por esas carreteras secundarias que estos mismos vehículos pisaban cuando eran nuevos. Es verdad que por la autopista se llega antes, pero es imposible disfrutar del paisaje de la misma manera. Avanzar sin prisas entre los valles y curvas que nos llevaban hacia Bizkaia, disfrutando de una temperatura humana en el habitáculo, fue la mejor antesala para el evento.
En este momento estamos bajando el puerto de Barazar.

Al llegar al mítico Cruce del Gallo, nos desviamos a la derecha. Así enlazamos con la carretera tradicional que, bordeando el paisaje, nos llevaría directos hasta Mungia. Avanzar sin prisas entre los valles vizcaínos, escuchando el motor y disfrutando de una temperatura humana en el habitáculo, fue la mejor antesala para el evento.



Ya estamos encaminados, ahora a seguir los indicadores, hemos venido muchas veces a Munguía a eventos de coches clásicos.
 

Nos hemos encontrado esta vespa por el camino y he pensado, ¡seguro que van a participara también!


Tan decididos íbamos a Munguía que le puse al GPS que nos llevara a Mungia y así lo hizo, yo recordaba el lugar de anteriores reuniones y nos fuimos directos al lugar, ¡Oh! no hay nadie, tocó volver a leer la dirección de la convocatoria y reanudar el recorrido ahora dirección Esmerando. Yo creo que el Saab quería ver el Goggomobil que hay en Munguía como recordatorio que se fabricó aquí.
Esa pequeña jugarreta del GPS le aporta un toque de humor y complicidad excelente al relato. Además, la idea de que el Saab tenía "antojo" de ir a saludar al Goggomobil en su propia cuna es un guiño magnífico a la historia del motor vasco. En Mungia el recuerdo de aquel cochecito está muy vivo, e incluso se le homenajea con murales y un gran cariño popular


Tras corregir el rumbo y dejar atrás el centro de la villa, enfilamos por fin el camino correcto. La recompensa no tardó en aparecer ante nuestros ojos: habíamos llegado a la Ermita de Santa Elena de Esmerando. Ver de cerca sus imponentes muros de piedra, su rústica espadaña coronada por la cruz y respirar la tranquilidad de este rincón vizcaíno te transporta en el tiempo al instante. Aparcar el Saab en este entorno y ver el contraste de la historia rural con el automovilismo clásico fue el broche de oro perfecto para un domingo inolvidable de carretera, despistes compartidos y pasión sobre ruedas. ¡Una cita para repetir!


Este es su interior 

En el caso de ermitas rurales tan antiguas como la de Santa Elena de Emerando, es muy común encontrar estas pilas talladas en piedra caliza o arenisca integradas directamente en la mampostería de la fachada o junto a la puerta de entrada. Su función era exactamente la que describes: permitir que los fieles que venían caminando desde los caseríos y valles de los alrededores introdujeran los dedos para santiguarse antes de cruzar el umbral del templo.


Aquí está la vespa que nos encontramos en el camino, llegó antes que nosotros. No por mucho correr se llega antes, 😜
..

Este Seat 1500 estuvo también en Areta y allí coincidimos.

Este es nuestro Saab.


El resto de fotos que saqué las adjunto aquí para que las podáis  ver si os interesa.






















El regreso a Vitoria lo hicimos por el puerto de Altube, ¡por cambiar de ruta!.


Los túnes de Aiurdín y llegamos a Vitoria,




Cuando los clásicos descansan y la ciudad habla.

  Aún no hemos salido de vacaciones. No descartamos hacerlo —la idea siempre ronda, como una golondrina indecisa— pero los calores que hemos...