20.8.26

Treinta y seis años con mi Kadett: la ITV, la vida y el camino

 


La ITV del Opel Kadett 1.8i: ese examen que siempre inquieta

Hoy le ha tocado el turno al Opel Kadett 1.8i, que en mayo cumplió treinta y seis años
con nosotros. Treinta y seis. Dicho así parece una cifra, pero en realidad es una vida entera de andanzas, recuerdos y kilómetros que ya no se pueden contar sin que aparezca una sonrisa. Es un coche que ha visto crecer a la familia, que ha pasado por manos jóvenes y manos ya más sabias, que ha subido montes, bajado valles y sobrevivido a modas, crisis y tecnologías que iban llegando mientras él seguía ahí, firme, sin pedir nada.

Y aun así, cuando llega la ITV, aparece ese pequeño temblor. Da igual que lo tengas
revisado, mimado y con todo en orden: la duda siempre surge, como si el Kadett también se preguntara si este año seguirá teniendo permiso oficial para seguir contando historias.

Camino de la estación de ITV en Miranda de Ebro, avanzaba con su estilo de siempre: discreto, seguro, sin alardes. Y yo repasando mentalmente cada detalle, como quien acompaña a un viejo amigo a un reconocimiento médico. En la línea de inspección, el Kadett se comportó como lo que es: un veterano curtido. Frenadas limpias, gases dentro de lo esperado, dirección sin sorpresas. Y ese momento final, cuando el técnico se acerca con la Tablet y yo contengo el aire… hasta que aparece la pegatina.

Aprobado.
Treinta y seis años y sigue pasando la ITV con la dignidad de quien sabe que aún tiene carretera por delante. Salí de allí con esa mezcla de alivio y orgullo que solo entiende quien cuida un coche con historia. El Kadett, por su parte, parecía rodar más ligero, como si también él sintiera que ha superado otro capítulo más de su larga biografía.

Un año más de vida oficial. Un año más de recuerdos que seguir sumando





 

Tenemos un coche por delante; somos los siguientes en entrar. Y ahí, justo en ese pequeño paréntesis de tiempo, me tiemblan las piernas. No es miedo, no es inseguridad… es ese respeto que uno le tiene a las máquinas y a los años compartidos con ellas. Me sobrepongo, respiro hondo y me digo para mis adentros, casi como un mantra de viejo conductor: ¡Quién dijo miedo! Ese es mi Opel Kadett. Treinta y seis años conmigo, treinta y seis años de historias, y sé que superará la prueba.

En ese momento, el Kadett parece entenderlo. Se queda quieto, sereno, como un veterano
que sabe que no tiene que demostrar nada. Y cuando por fin nos hacen la señal para avanzar, el temblor desaparece. Solo queda la certeza de que, pase lo que pase, este coche ya ha ganado su sitio en nuestra vida.



Antes de entrar, mientras espero mi turno, miro de reojo la pegatina del año pasado, ya vencida, ya con ese color apagado que parece decir “mi tiempo ha pasado”. Y pienso, casi con ternura mecánica:

En cuanto salga de aquí, te voy a sustituir.

No es un gesto cualquiera. Es como cambiar una medalla por otra, renovar el permiso de
seguir rodando juntos. Esa pegatina vieja ha sido testigo de doce meses de rutas, arranques, silencios y alguna que otra aventura inesperada. Pero hoy toca despedirla. Hoy, si todo va bien, habrá una nueva, brillante, recién otorgada, que dirá que el Kadett sigue siendo digno de carretera.

La miro un segundo más, como quien se despide de un objeto que ha cumplido su misión. Y luego vuelvo a centrarme: queda la prueba por delante.


Ya tengo la nueva pegatina, brillante, recién puesta, validando que puedo andar un año más con mi Kadett. La miro un instante, con esa satisfacción tranquila que solo entiende quien lleva media vida compartida con un coche. Y no puedo evitar decirle, casi en voz baja, como quien felicita a un viejo compañero de fatigas: ¡Muy bien, viejo amigo!

Treinta y seis años y sigue pasando pruebas, sigue rodando, sigue contando historias. Y yo, orgulloso, ya pensando en los kilómetros que nos quedan por delante.

Tú, vieja pegatina, ya eres pasado. Has acompañado al Kadett durante un año entero, soportando sol, lluvia, frío y calor en silencio, como un pequeño escudo que decía: “este coche está en regla”. Pero hoy te toca retirarte. Te miro un instante antes de arrancarla y pienso: te sustituyo por una nueva que mi Kadett ha conseguido. No por casualidad, no por suerte: por mérito propio. Por seguir frenando recto, por mantener los gases a raya, por demostrar que treinta y seis años no pesan cuando se han vivido con dignidad mecánica.

La nueva pegatina ya está en su sitio, brillante, orgullosa, diciendo que seguimos en la carretera. La vieja, en cambio, pasa a ser recuerdo… como tantas cosas que este coche ha ido dejando atrás sin perder nunca su esencia.




Tu marcador ya ha dado dos vueltas y media. Es verdad que solo llega hasta los 99.999 kilómetros, pero tú y yo sabemos que ese número no cuenta la historia completa. Cada vuelta es una etapa, cada cifra un recuerdo, cada cero que vuelve a aparecer es como empezar de nuevo sin olvidar nada.

La corrosión te ha atacado, sí, como a todos los veteranos que han vivido mucho y bien. Pero siempre te he cuidado como te mereces: con paciencia, con respeto, con ese cariño que solo se tiene por los coches que han compartido más que kilómetros.

Solo me has dejado tirado una vez, en medio de un viaje corto. Y fue culpa mía. Tu bomba de gasolina llevaba tiempo pidiendo auxilio, enviando señales, avisando como buen compañero. Pero yo, cabezota, no quise hacerte caso hasta que dijiste basta. Ahí entendí que incluso los viejos amigos tienen un límite.

Te cambié la bomba, te di lo que necesitabas, y desde entonces vas como un coche nuevo. No porque lo seas, sino porque tienes esa nobleza mecánica que, cuando se le da lo justo, responde con ganas de seguir viviendo.

Dos vueltas y media en el marcador. Treinta y seis años a tu lado. Y todavía te queda carretera.



Por problemas de salud he tenido que dejar de conducir el Opel Kadett. No es automático, ya lo sabemos, y ahora mismo mis piernas y mi cuerpo no están para embragues ni maniobras. Pero aun así, desde el asiento del copiloto, sigo disfrutando de él como siempre.

Me siento, cierro la puerta, y el Kadett arranca con ese ronroneo suyo que conozco desde hace décadas. Ese sonido que no es ruido: es identidad. Es historia. Es compañía. Aunque no lleve mis manos en el volante, sigo sintiendo que el coche me habla, que me reconoce, que sabe que estoy ahí.

Y pienso que, si la salud me lo permite, seguiremos juntos mucho tiempo. Porque un coche así no es solo un vehículo: es un amigo viejo que no te abandona aunque tú tengas que soltar el volante por un tiempo. Él sigue ahí, fiel, esperando a que mi Sra. o mi hijo nos saquen de paseo a ambos.

Mientras tanto, yo disfruto del viaje desde el otro lado, escuchando su motor como quien escucha a un viejo compañero contar historias.

 













19.8.26

“Ribeira Sacra: el viaje que ahora hago desde la memoria”

 


Volver a la Ribeira Sacra

Hace unos años caminé por la Ribeira Sacra como quien regresa a un lugar que nunca ha vivido, pero siempre ha llevado dentro. No era un viaje turístico, ni una excursión improvisada: era una vuelta a la tierra de mis ancestros, a ese rincón de Galicia donde los apellidos de mi familia se enredan con los bancales de viña y las curvas imposibles del Sil.

La memoria tiene su propia manera de medir el tiempo. A veces basta un olor a humedad, un silencio entre castaños, para que el pasado se siente a tu lado como un viejo conocido. Eso me ocurrió allí, en aquellas laderas que parecen hechas para que el mundo se contemple desde arriba.

Recuerdo el descenso hacia los cañones: el río abajo, oscuro y sereno; las viñas colgadas como si desafiaran la gravedad; los monasterios escondidos que parecen observarlo todo desde siglos de distancia. Caminaba despacio, no por cansancio, sino por respeto. Cada piedra parecía tener algo que contar, y yo no quería perder ni una sílaba.

Pensé en mi padre, en mi abuelo, en todos los que llevaron estos paisajes en la sangre mucho antes de que yo los viera. Imaginé a mis antepasados trabajando la tierra, cruzando caminos, quizá soñando con horizontes que yo ahora pisaba. Hay lugares que no se visitan: se reconocen.

La Ribeira Sacra tiene esa mezcla de belleza y gravedad que te obliga a mirar hacia dentro. No es un paisaje que se admire, es un paisaje que te interroga. Y mientras avanzaba entre terrazas y miradores, sentí que algo se alineaba: como si la geografía y la genealogía se dieran la mano por un instante.

Volví de aquel viaje con la sensación de haber recuperado algo que no sabía que me faltaba. Una raíz, una historia, un hilo invisible que une generaciones. Desde entonces, cada vez que pienso en la Ribeira Sacra, no recuerdo solo un lugar: recuerdo un origen.

El coche —en esta ocasión el Subaru Legacy, ya forma parte en nuestro garaje de coches clásicos. Fiel compañero de rutas largas— nos llevó hasta allí sin protestar conducido por nuestro  hijo. Yo, unos años más viejo y con la movilidad ya negociando cada jornada, agradecí esa docilidad mecánica. Hay viajes que hoy solo puedo hacer gracias a las ruedas, y otros que hago gracias a la memoria; este tenía un poco de ambos.





Monte Furado: primera parada en la tierra paterna

Dejamos atrás la provincia de León, tierra de mis ancestros maternos, nos adentramos en Galicia como quien cruza un umbral. El paisaje cambia, la luz cambia, incluso el aire parece tener otra cadencia. Y la primera parada fue en Monte Furado, ese lugar donde la historia romana se mezcla con la geografía como si ambos hubieran decidido convivir para siempre.


Monte Furado apareció ante nosotros como una herida antigua en la montaña, un túnel excavado por los romanos para desviar el Sil y extraer oro. Lo había visto en fotos, lo había leído en documentos, pero estar allí, aunque fuese apoyado en el coche y sin poder bajar por los senderos como antes, tuvo algo de revelación. La historia no siempre necesita que uno camine: a veces basta con mirar.

Me quedé un rato observando el río, imaginando el estruendo del agua cuando los romanos lo obligaron a cambiar de curso, pensando en cómo esta tierra —la de mis ancestros paternos— ha sido moldeada por manos humanas y por siglos de paciencia. El Subaru, quieto a mi lado, parecía entender que aquel momento no era de carretera, sino de recogimiento. Hoy, cuando las piernas ya no me permiten ciertas aventuras, recurro a la documentación gráfica que conservo: fotos, mapas, notas. Pero aquel día, en Monte Furado, tuve la suerte de estar allí

físicamente, aunque fuese de manera limitada. Y eso basta para que la memoria haga el resto.


La carretera de Monte Furado a Puebla de Trives

Desde Monte Furado tomamos la carretera que asciende hacia Puebla de Trives, una vía que no concede tregua. Es estrecha, serpenteante, con pendientes que parecen querer medir la paciencia del conductor y curvas que obligan a tomarse el viaje con calma. Pero qué importa la dificultad cuando el paisaje compensa cada esfuerzo.

El Subaru Legacy, noble como siempre, se agarraba al asfalto con esa serenidad que solo tienen los coches que ya han visto mundo. Yo, que hoy camino menos y observo más, agradecí cada metro que el coche hacía por mí. La movilidad ya no me permite aventuras a pie, pero estas carreteras gallegas —aunque exigentes— siguen siendo accesibles desde el asiento del copiloto, y eso es un regalo.

A medida que ascendíamos, el valle se abría a la derecha como un libro desplegable: laderas verdes, terrazas de viñedo que parecían colgar del aire, y el Sil abajo, avanzando con esa elegancia silenciosa que siempre impresiona. Cada curva ofrecía un encuadre distinto, como si la carretera estuviera diseñada por un fotógrafo.

Había momentos en los que la pendiente obligaba al Legacy a bajar una marcha, y otros en los que la estrechez del camino hacía que nos pegáramos a la roca. Pero incluso en esos tramos más tensos, el paisaje seguía mandando. Galicia tiene esa capacidad: te exige, pero te recompensa.

Y así, entre curvas y miradores improvisados, fuimos dejando atrás Monte Furado para acercarnos a Trives, con la sensación de estar recorriendo una ruta que no solo une lugares, sino también memorias.


Castro Caldelas: el castillo, la bica y un respiro necesario

Unos kilómetros más adelante, tras dejar atrás las curvas y pendientes que nos habían acompañado desde Monte Furado, llegamos a Castro Caldelas, que nos esperaba con su castillo vigilando el valle como siempre. Esa fortaleza, recortada contra el cielo, tiene algo de bienvenida solemne, como si quisiera recordarte que estás entrando en una tierra donde la historia nunca duerme. Allí casi siempre hacemos parada obligatoria. El Subaru Legacy quedó aparcado a la sombra, descansando de la carretera estrecha y serpenteante, mientras nosotros buscábamos ese café que ya es tradición. Y, por supuesto, la bica: ese bizcocho tan especial que en Castro Caldelas bordan como en pocos sitios. Es suave, esponjosa, con ese sabor que parece hecho para acompañar conversaciones tranquilas y miradas al castillo. Nos sentamos un rato, dejando que el cuerpo recuperara el ritmo y que la memoria hiciera su trabajo. Yo, que hoy viajo con más limitaciones y más años encima, agradecí ese descanso. La movilidad ya no me permite ciertos paseos, pero sí me permite disfrutar de estos momentos: el café caliente, la bica recién cortada, el murmullo del pueblo y la presencia del castillo, que parece observarlo todo con paciencia.

Después de reposar un poco, retomamos la ruta. La Ribeira Sacra nos esperaba más adelante, con sus cañones, sus viñas y esa mezcla de belleza y gravedad que siempre me toca por dentro. Pero Castro Caldelas, como siempre, nos regaló ese pequeño alto en el camino que convierte un viaje en un recuerdo.

Castro Caldelas y tres coches clásicos a la vista.


Villarino Frío y la vieja carretera hacia Parada do Sil

En Villarino Frío tomamos la carretera que lleva a Parada do Sil, una vía que para mí no es solo un tramo más del mapa: es un recuerdo de juventud, de mi primer coche, de aquellos tiempos en los que las rutas no estaban pensadas para facilitar la vida, sino para poner a prueba la paciencia del conductor.

Hoy la carretera está asfaltada, afortunadamente. Pero yo la conocí cuando era otra cosa: un camino áspero, lleno de piedras sueltas que las ruedas despedían con furia, golpeando la carrocería como si quisieran dejar su firma. Cada curva era una pequeña aventura, cada subida un ejercicio de confianza en aquel primer coche que, aunque modesto, me enseñó a entender el terreno y a respetarlo.

Mientras avanzábamos ahora, muchos años después, en el Subaru Legacy, no pude evitar comparar sensaciones. La carretera sigue siendo estrecha, sigue teniendo ese aire de montaña que obliga a conducir con atención, pero ya no es la lucha de antes. El asfalto ha suavizado el trayecto, y eso, en mi situación actual, es un regalo. La movilidad ya no me permite ciertos esfuerzos, pero sí me permite volver a estos lugares sin que el cuerpo proteste demasiado. Y aun así, cada vez que el Legacy tomaba una curva, yo recordaba el sonido de las piedras golpeando mi primer coche, el olor a polvo, la emoción de sentir que estaba descubriendo un camino casi salvaje. La memoria, como siempre, hace su trabajo: trae lo que falta, completa lo que el presente ya no puede ofrecer.

La carretera hacia Parada do Sil ha cambiado, sí, pero sigue teniendo ese encanto que mezcla paisaje, historia y un punto de desafío. Y yo, unos años más viejo, la recorro ahora desde dos lugares: el asiento del coche… y el recuerdo.



Llegamos a Casa do Vento y A Lama ya estamos próximos al destino, visita familiar y ahora a ver todos los puntos de mi interés.


A Lama.


Camino hacia la ribera del Sil

Dejamos atrás Parada do Sil, ese balcón natural que siempre invita a quedarse un poco más, y nos acercamos poco a poco a la ribera. La carretera empieza a descender, el paisaje cambia de tono y el aire parece hacerse más profundo, más húmedo, como si el río ya estuviera anunciando su presencia antes de aparecer. El Subaru Legacy avanzaba con calma, como si también supiera que estábamos entrando en territorio especial. Yo, desde el asiento, sentía esa mezcla de nostalgia y expectación que solo se da cuando uno regresa a un lugar que le pertenece por historia y por memoria. La movilidad ya no me permite bajar por los senderos como antes, pero la carretera —esta carretera que tantas veces recorrí en otros tiempos— sigue siendo un puente hacia lo que fui y hacia lo que aún soy. A medida que nos acercábamos a la ribera, el paisaje se abría en terrazas de viñedo que parecían colgar del aire. Las laderas se inclinaban con esa geometría imposible que solo la Ribeira Sacra sabe dibujar. El Sil, todavía oculto entre curvas, enviaba reflejos que se colaban entre los árboles, como si jugara a aparecer y desaparecer. Había algo de ceremonia en ese descenso: dejar atrás la altura de Parada do Sil para buscar el fondo del valle, donde el río se convierte en protagonista absoluto. Y mientras avanzábamos, yo recurría a mis recuerdos y a las fotos que guardo, esas que hoy me ayudan a completar lo que el cuerpo ya no puede recorrer. Pero incluso así, el paisaje seguía entrando por los ojos con la misma fuerza de siempre. La ribera nos esperaba, y yo sentía que estaba volviendo a un origen.





La necrópolis de San Lorenzo: un alto entre siglos

Al dejar atrás Parada do Sil y acercarnos a la ribera, hicimos una parada en la necrópolis de San Lorenzo, un lugar que siempre me ha impresionado por su serenidad y su carga histórica. Allí, entre rocas y vegetación, descansan tumbas excavadas en la piedra que parecen mirar hacia el valle como si aún esperaran a quienes las tallaron hace siglos.

El Subaru Legacy quedó aparcado unos metros más arriba, y yo, sin mis limitaciones actuales, me acerqué despacio, apoyándome en lo que podía. Ya no camino como cuando era joven, pero estos lugares tienen la virtud de no exigir prisa. La necrópolis está ahí, quieta, paciente, como si supiera que cada visitante llega con su propio ritmo.

Las tumbas antropomorfas, abiertas en la roca, tienen algo de sobrecogedor y de íntimo a la vez. No son grandes monumentos, no buscan imponerse: son huellas. Huellas de vidas que se apagaron hace siglos, de comunidades que habitaron estas montañas cuando la Ribeira Sacra era aún más remota y más dura. Mirarlas es como escuchar un susurro antiguo.

Me quedé un rato observando el paisaje desde allí. El valle del Sil se extendía abajo, profundo y solemne, y el viento traía ese olor a piedra y humedad que tanto reconozco de Galicia. En ese momento, sentí que la necrópolis no era solo un lugar arqueológico: era un recordatorio de que todos somos tránsito, de que la tierra guarda más historias de las que podemos imaginar.

Hoy, que viajo con más años y menos movilidad, estos lugares me hablan de otra manera. Ya no los recorro. las limitaciones funcionales me lo impiden, pero los contemplo con una profundidad nueva. La memoria, la documentación gráfica que conservo, y estos instantes de presencia física —aunque breves— completan un viaje que ya no es solo geográfico, sino también interior.

Desde San Lorenzo seguimos descendiendo hacia la ribera, con la sensación de haber tocado un fragmento de tiempo detenido.


Las uvas de la viticultura heroica

Nos acercamos a ver cómo estaban las uvas este año, esas que dan vida a los vinos de la viticultura heroica, llamada así por la situación imposible de las viñas: colgadas en terrazas que parecen desafiar la gravedad, inclinadas sobre el Sil como si quisieran mirarse en él.

Las viñas estaban verdes, vigorosas, aferradas a la tierra como siempre, y los racimos empezaban a mostrar ese tono que anuncia la maduración. No pude evitar recordar otras visitas, cuando yo mismo bajaba por los senderos para ver las cepas de cerca y pescar en el Sil. Hoy ya no puedo hacerlo, pero la memoria y las fotos que guardo completan lo que el cuerpo ya no alcanza.





Buena cosecha ese año.












Santa Cristina de Ribas de Sil: el monasterio escondido en el bosque

Desde la ribera seguimos la ruta hacia Santa Cristina de Ribas de Sil, el monasterio que se esconde en Parada do Sil como un secreto bien guardado. La carretera, estrecha y rodeada de árboles, parecía conducirnos no solo a un lugar, sino a otro tiempo. El Subaru Legacy avanzaba despacio, respetando la sombra de los castaños y el murmullo del bosque, como si también sintiera que estábamos entrando en territorio sagrado. Santa Cristina aparece siempre de golpe: una curva, un claro entre los árboles, y ahí está, con su torre románica recortada contra el cielo y sus muros de piedra que han visto pasar siglos sin perder su serenidad.

Yo en aquella época ya caminaba menos y observé más, me quedé un momento en silencio, dejando que el lugar me recibiera a su manera.

El monasterio tiene esa cualidad de los sitios antiguos que no necesitan imponerse: basta con estar. Las piedras, gastadas por el tiempo, parecen guardar historias de monjes, de peregrinos, de generaciones que encontraron aquí un refugio espiritual. El claustro, pequeño y recogido, invita a la calma. Y el bosque que lo rodea —ese bosque que parece abrazarlo— añade una sensación de protección, como si la naturaleza hubiera decidido conservarlo. Ya no puedo recorrer cada rincón como antes, pero la memoria y las fotos que guardo completan lo que el cuerpo ya no alcanza. Recordé visitas pasadas, cuando subía y bajaba por los senderos sin pensar en la movilidad, cuando el monasterio era una aventura física además de emocional. Hoy es más contemplación, más recogimiento, más escucha. Desde Santa Cristina se siente el Sil aunque no se vea: el aire cambia, la luz se vuelve más profunda, y el silencio tiene un peso distinto. Es uno de esos lugares donde uno entiende por qué la Ribeira Sacra se llama así: hay algo sagrado en la forma en que la piedra, el bosque y el río se relacionan.



















Rumbo a los miradores del Sil

Dejamos atrás el monasterio de Santa Cristina de Ribas de Sil, que quedó escondido entre los castaños como un recuerdo que se guarda en la sombra. Nos dirigimos a ver algún mirador, esos balcones naturales desde los que la Ribeira Sacra se muestra sin reservas. La carretera serpenteaba entre árboles y claros, y cada curva dejaba entrever un pedazo de valle, como si el paisaje jugara a revelarse poco a poco. Yo, desde el asiento, sentía esa mezcla de expectación y serenidad que solo aparece cuando sabes que estás a punto de ver algo grande.

El aire se volvió más luminoso a medida que nos acercábamos. El bosque se abría, la luz entraba con más fuerza, y el Sil empezaba a insinuarse abajo, profundo y solemne. Recordé otras veces, cuando yo mismo bajaba por los senderos para buscar estos miradores a pie. Hoy ya no puedo hacerlo, pero la memoria y las fotos que guardo completan lo que el cuerpo ya no alcanza.

Llegar a un mirador en la Ribeira Sacra es siempre un pequeño ritual: uno se detiene, respira, y deja que el valle haga su trabajo. Las laderas, cubiertas de viñedos heroicos, se despliegan como un anfiteatro natural. El río, oscuro y brillante a la vez, avanza silencioso entre paredes de roca que parecen talladas por gigantes. Y el viento trae ese olor a humedad y piedra que tanto reconozco de Galicia. Allí, frente al paisaje, uno entiende por qué esta tierra marca. No es solo belleza: es profundidad. Es historia. Es origen. Después de un rato, volvimos al coche. El Legacy esperaba tranquilo, como si supiera que aquel alto había sido necesario. Y seguimos la ruta, con la sensación de haber tocado uno de esos lugares que se quedan para siempre.






El viaje toca a su fin, el coche nos espera para el regreso, me ha encantado revivirlo.





Vamos a celebrarlo con un vino de la zona.





















17.8.26

Cárter fuera: sudor, paciencia y un clásico que manda.

 Seguimos con el Toyota Supra MK3

Hace unos días iniciamos el trabajo para desmontar el cárter del Toyota Supra MK3. No ha sido una tarea rápida ni cómoda, pero ya sabes cómo es esto: cuando se mete mano a un clásico, el tiempo deja de medirse en horas y pasa a medirse en paciencia.

Ha sido costoso en tiempo y en esfuerzos. Primero hubo que despejar toda la zona, retirar piezas que parecían empeñadas en no moverse, y preparar el terreno como quien abre paso en una selva mecánica. Después tocó subir un poco el motor, bajar un poco la cuna… y todo ello milímetro a milímetro, como si estuviéramos afinando un instrumento delicado.

Pero lo conseguimos. Y punto.

Ese momento en el que, por fin, el cárter queda accesible y puedes empezar a trabajar de verdad, tiene algo de victoria silenciosa. No hace falta celebrarlo con trompetas: basta con mirarse con tu hijo, soltar un “bueno, ya está” y seguir adelante. Porque en el fondo, este tipo de trabajos no se hacen corriendo para acabar pronto. Se hacen despacio, disfrutando del proceso, sabiendo que cada tornillo aflojado es parte del entretenimiento.

Si se acabara muy rápido, tendríamos que estar buscando otro coche para restaurar, otra excusa para seguir liados en el garaje. Mejor así: lentamente, con calma, y dejando que el Supra quede bien, como merece un clásico que ya forma parte de la familia.




Después de haber dejado la parte alta del motor de nuestro Toyota Supra MK3 Turbo impecable, mi hijo y yo hemos decidido dar el paso definitivo. Los que conocéis bien el mítico motor 7M-GTE sabéis que tiene una reputación... delicada. La culata suele llevarse la fama de los problemas, pero la verdadera "zona cero" de este bloque está abajo del todo. Mi hijo se empeñó en que no podíamos dormir tranquilos sin revisar la salud de la parte baja.

Así que después del fin de semana nos hemos puesto el mono de trabajo, nos hemos armado de paciencia y hemos soltado el cárter. El objetivo: inspeccionar el estado general de la zona y, sobre todo, comprobar los casquillos de biela.

Para cualquier entusiasta del motor, quitar el cárter de un Supra clásico es un momento de máxima tensión y emoción a partes iguales. Es el momento de la verdad para saber si el motor ha sufrido por falta de presión de aceite o sobrecalentamientos en el pasado.





¿El resultado real? Una auténtica delicia:
  • Sin rayas ni surcos: Al pasar la uña por la superficie de los casquillos y del propio cigüeñal, se deslizaba con total suavidad. No hay marcas de impurezas ni de falta de engrase.
  • Color perfecto: Los casquillos mantienen su tono gris claro original, sin zonas desgastadas ni saltos en el material.


Al retirar el cárter y limpiar la zona, lo primero que nos llamó la atención fue la limpieza. Nada de lodos negros pesados ni sedimentos extraños acumulados en el fondo. Pero la verdadera prueba de fuego venía ahora: buscar el brillo delator de las virutas de metal. Pasamos el imán, revisamos el fondo milímetro a milímetro y... ¡limpio! Ni rastro de desgaste catastrófico



¿Qué buscamos al mirar los casquillos?

Para los que estéis pensando en hacer este mismo mantenimiento en vuestro proyecto, os dejamos las cuatro claves que estamos usando para evaluar el desgaste:

1.     El color del metal: Un casquillo en buen estado debe lucir un color gris claro o plateado mate uniforme. Si al desmontar empezamos a ver tonos dorados o cobrizos, significa que la capa antifricción se ha evaporado y el desastre está cerca.

2.     Rayas y surcos: Pasar la uña por el casquillo y las muñequillas del cigüeñal es la prueba del algodón. Si la uña se engancha, significa que las impurezas del aceite han hecho de las suyas.

3.     Desgaste asimétrico: Si un lado del casquillo está más fino que el otro, ojo, porque podría alertarnos de una biela ligeramente revirada.


Los casquillos se ven bien. En la siguiente foto se ven muy sucios, pero también las manos, ese ha sido el problema, se han tocado con las manos suciaas no, lo siguiente, la emoción nos puede.


En esta foto si de aprecia bien que no hay rayas ni colores azulados de calentamiento.

Tener el cárter fuera también nos da la oportunidad perfecta para revisar la bomba de aceite —otro punto débil de estos coches que conviene mejorar para subir la presión de serie— y plantearnos si daremos el salto a unos tornillos de biela ARP para asegurar el tiro.




Encontrar la parte baja en este estado nos da una tranquilidad tremenda. Significa que el cigüeñal no necesita ser rectificado y que la base de este motor es increíblemente sólida. Ahora que la parte alta está reparada y la baja tiene el "visto bueno" de salud, el proyecto va sobre ruedas.
Aprovechando que está todo abierto, limpiaremos a fondo, pensaremos en montar casquillos nuevos para curarnos en salud (manteniendo las medidas originales estrictamente), revisaremos la bomba de aceite y cerraremos el bloque con la tranquilidad de saber que este Supra va a rugir como se merece. ¡El trabajo en equipo entre padre e hijo sigue dando sus frutos!

Siempre se encuentra algo que reparar al desmontar, hoy nos hemos encontrado un soporte motor roto, además los bajos del coche están sucios, lo limpiaremos y un poco de pintura no le vendrá nada mal.

Estamos de vacaciones, por hoy ya vale de trabajo, ahora fiesta. 😉






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