Volver a la Ribeira Sacra
Hace unos años caminé por la Ribeira Sacra como quien
regresa a un lugar que nunca ha vivido, pero siempre ha llevado dentro. No era
un viaje turístico, ni una excursión improvisada: era una vuelta a la tierra de
mis ancestros, a ese rincón de Galicia donde los apellidos de mi familia se
enredan con los bancales de viña y las curvas imposibles del Sil.
La memoria tiene su propia manera de medir el tiempo.
A veces basta un olor a humedad, un silencio entre castaños, para que el pasado
se siente a tu lado como un viejo conocido. Eso me ocurrió allí, en aquellas
laderas que parecen hechas para que el mundo se contemple desde arriba.
Recuerdo el descenso hacia los cañones: el río abajo,
oscuro y sereno; las viñas colgadas como si desafiaran la gravedad; los monasterios
escondidos que parecen observarlo todo desde siglos de distancia. Caminaba
despacio, no por cansancio, sino por respeto. Cada piedra parecía tener algo
que contar, y yo no quería perder ni una sílaba.
Pensé en mi padre, en mi abuelo, en todos los que
llevaron estos paisajes en la sangre mucho antes de que yo los viera. Imaginé a
mis antepasados trabajando la tierra, cruzando caminos, quizá soñando con
horizontes que yo ahora pisaba. Hay lugares que no se visitan: se reconocen.
La Ribeira Sacra tiene esa mezcla de belleza y
gravedad que te obliga a mirar hacia dentro. No es un paisaje que se admire, es
un paisaje que te interroga. Y mientras avanzaba entre terrazas y miradores,
sentí que algo se alineaba: como si la geografía y la genealogía se dieran la
mano por un instante.
Volví de aquel viaje con la sensación de haber
recuperado algo que no sabía que me faltaba. Una raíz, una historia, un hilo
invisible que une generaciones. Desde entonces, cada vez que pienso en la
Ribeira Sacra, no recuerdo solo un lugar: recuerdo un origen.
El coche —en esta
ocasión el Subaru Legacy, ya forma parte en nuestro garaje de coches clásicos. Fiel
compañero de rutas largas— nos llevó hasta allí sin protestar conducido por nuestro hijo. Yo, unos años
más viejo y con la movilidad ya negociando cada jornada, agradecí esa docilidad
mecánica. Hay viajes que hoy solo puedo hacer gracias a las ruedas, y otros que
hago gracias a la memoria; este tenía un poco de ambos.
Monte
Furado: primera parada en la tierra paterna
Dejamos atrás la provincia de León, tierra de mis ancestros maternos, nos adentramos en Galicia como quien cruza un umbral. El paisaje cambia, la luz cambia, incluso el aire parece tener otra cadencia. Y la primera parada fue en Monte Furado, ese lugar donde la historia romana se mezcla con la geografía como si ambos hubieran decidido convivir para siempre.
Monte Furado
apareció ante nosotros como una herida antigua en la montaña, un túnel excavado
por los romanos para desviar el Sil y extraer oro. Lo había visto en fotos, lo
había leído en documentos, pero estar allí, aunque fuese apoyado en el coche y
sin poder bajar por los senderos como antes, tuvo algo de revelación. La
historia no siempre necesita que uno camine: a veces basta con mirar.
Me quedé un rato observando el río, imaginando el estruendo del agua cuando los romanos lo obligaron a cambiar de curso, pensando en cómo esta tierra —la de mis ancestros paternos— ha sido moldeada por manos humanas y por siglos de paciencia. El Subaru, quieto a mi lado, parecía entender que aquel momento no era de carretera, sino de recogimiento. Hoy, cuando las piernas ya no me permiten ciertas aventuras, recurro a la documentación gráfica que conservo: fotos, mapas, notas. Pero aquel día, en Monte Furado, tuve la suerte de estar allí
físicamente, aunque fuese de manera limitada. Y eso basta para que la memoria
haga el resto.
Desde Monte Furado tomamos la carretera que asciende hacia Puebla de Trives, una vía que no concede tregua. Es estrecha, serpenteante, con pendientes que parecen querer medir la paciencia del conductor y curvas que obligan a tomarse el viaje con calma. Pero qué importa la dificultad cuando el paisaje compensa cada esfuerzo.
El Subaru Legacy, noble como siempre, se agarraba al asfalto con esa serenidad que solo tienen los coches que ya han visto mundo. Yo, que hoy camino menos y observo más, agradecí cada metro que el coche hacía por mí. La movilidad ya no me permite aventuras a pie, pero estas carreteras gallegas —aunque exigentes— siguen siendo accesibles desde el asiento del copiloto, y eso es un regalo.
A medida que ascendíamos, el valle se abría a la derecha como un libro desplegable: laderas verdes, terrazas de viñedo que parecían colgar del aire, y el Sil abajo, avanzando con esa elegancia silenciosa que siempre impresiona. Cada curva ofrecía un encuadre distinto, como si la carretera estuviera diseñada por un fotógrafo.
Había momentos en los que la pendiente obligaba al Legacy a bajar una marcha, y otros en los que la estrechez del camino hacía que nos pegáramos a la roca. Pero incluso en esos tramos más tensos, el paisaje seguía mandando. Galicia tiene esa capacidad: te exige, pero te recompensa.
Y así, entre curvas y miradores improvisados, fuimos
dejando atrás Monte Furado para acercarnos a Trives, con la sensación de estar
recorriendo una ruta que no solo une lugares, sino también memorias.
Castro
Caldelas: el castillo, la bica y un respiro necesario
Unos kilómetros más adelante, tras dejar atrás las curvas y pendientes que nos habían acompañado desde Monte Furado, llegamos a Castro Caldelas, que nos esperaba con su castillo vigilando el valle como siempre. Esa fortaleza, recortada contra el cielo, tiene algo de bienvenida solemne, como si quisiera recordarte que estás entrando en una tierra donde la historia nunca duerme. Allí casi siempre hacemos parada obligatoria. El Subaru Legacy quedó aparcado a la sombra, descansando de la carretera estrecha y serpenteante, mientras nosotros buscábamos ese café que ya es tradición. Y, por supuesto, la bica: ese bizcocho tan especial que en Castro Caldelas bordan como en pocos sitios. Es suave, esponjosa, con ese sabor que parece hecho para acompañar conversaciones tranquilas y miradas al castillo. Nos sentamos un rato, dejando que el cuerpo recuperara el ritmo y que la memoria hiciera su trabajo. Yo, que hoy viajo con más limitaciones y más años encima, agradecí ese descanso. La movilidad ya no me permite ciertos paseos, pero sí me permite disfrutar de estos momentos: el café caliente, la bica recién cortada, el murmullo del pueblo y la presencia del castillo, que parece observarlo todo con paciencia.
Después de reposar un poco, retomamos la ruta. La Ribeira Sacra nos esperaba más adelante, con sus cañones, sus viñas y esa mezcla de belleza y gravedad que siempre me toca por dentro. Pero Castro Caldelas, como siempre, nos regaló ese pequeño alto en el camino que convierte un viaje en un recuerdo.
Castro
Caldelas y tres coches clásicos a la vista.
Villarino
Frío y la vieja carretera hacia Parada do Sil
En Villarino Frío tomamos la carretera que lleva a Parada do Sil, una vía que para mí no es solo un tramo más del mapa: es un recuerdo de juventud, de mi primer coche, de aquellos tiempos en los que las rutas no estaban pensadas para facilitar la vida, sino para poner a prueba la paciencia del conductor.
Hoy la carretera está asfaltada, afortunadamente. Pero yo la conocí cuando era otra cosa: un camino áspero, lleno de piedras sueltas que las ruedas despedían con furia, golpeando la carrocería como si quisieran dejar su firma. Cada curva era una pequeña aventura, cada subida un ejercicio de confianza en aquel primer coche que, aunque modesto, me enseñó a entender el terreno y a respetarlo.
Mientras avanzábamos ahora, muchos años después, en el Subaru Legacy, no pude evitar comparar sensaciones. La carretera sigue siendo estrecha, sigue teniendo ese aire de montaña que obliga a conducir con atención, pero ya no es la lucha de antes. El asfalto ha suavizado el trayecto, y eso, en mi situación actual, es un regalo. La movilidad ya no me permite ciertos esfuerzos, pero sí me permite volver a estos lugares sin que el cuerpo proteste demasiado. Y aun así, cada vez que el Legacy tomaba una curva, yo recordaba el sonido de las piedras golpeando mi primer coche, el olor a polvo, la emoción de sentir que estaba descubriendo un camino casi salvaje. La memoria, como siempre, hace su trabajo: trae lo que falta, completa lo que el presente ya no puede ofrecer.
La carretera hacia Parada do Sil ha cambiado, sí, pero sigue teniendo ese encanto que mezcla paisaje, historia y un punto de desafío. Y yo, unos años más viejo, la recorro ahora desde dos lugares: el asiento del coche… y el recuerdo.
Llegamos a Casa do Vento y A Lama ya estamos próximos al
destino, visita familiar y ahora a ver todos los puntos de mi interés.
Camino
hacia la ribera del Sil
Dejamos atrás Parada do Sil, ese balcón natural que siempre invita a quedarse un poco más, y nos acercamos poco a poco a la ribera. La carretera empieza a descender, el paisaje cambia de tono y el aire parece hacerse más profundo, más húmedo, como si el río ya estuviera anunciando su presencia antes de aparecer. El Subaru Legacy avanzaba con calma, como si también supiera que estábamos entrando en territorio especial. Yo, desde el asiento, sentía esa mezcla de nostalgia y expectación que solo se da cuando uno regresa a un lugar que le pertenece por historia y por memoria. La movilidad ya no me permite bajar por los senderos como antes, pero la carretera —esta carretera que tantas veces recorrí en otros tiempos— sigue siendo un puente hacia lo que fui y hacia lo que aún soy. A medida que nos acercábamos a la ribera, el paisaje se abría en terrazas de viñedo que parecían colgar del aire. Las laderas se inclinaban con esa geometría imposible que solo la Ribeira Sacra sabe dibujar. El Sil, todavía oculto entre curvas, enviaba reflejos que se colaban entre los árboles, como si jugara a aparecer y desaparecer. Había algo de ceremonia en ese descenso: dejar atrás la altura de Parada do Sil para buscar el fondo del valle, donde el río se convierte en protagonista absoluto. Y mientras avanzábamos, yo recurría a mis recuerdos y a las fotos que guardo, esas que hoy me ayudan a completar lo que el cuerpo ya no puede recorrer. Pero incluso así, el paisaje seguía entrando por los ojos con la misma fuerza de siempre. La ribera nos esperaba, y yo sentía que estaba volviendo a un origen.
La necrópolis de San Lorenzo: un alto entre siglos
Al dejar atrás Parada do Sil y acercarnos a la ribera, hicimos una parada en la necrópolis de San Lorenzo, un lugar que siempre me ha impresionado por su serenidad y su carga histórica. Allí, entre rocas y vegetación, descansan tumbas excavadas en la piedra que parecen mirar hacia el valle como si aún esperaran a quienes las tallaron hace siglos.
El Subaru Legacy quedó aparcado unos metros más arriba, y yo, sin mis limitaciones actuales, me acerqué despacio, apoyándome en lo que podía. Ya no camino como cuando era joven, pero estos lugares tienen la virtud de no exigir prisa. La necrópolis está ahí, quieta, paciente, como si supiera que cada visitante llega con su propio ritmo.
Las tumbas antropomorfas, abiertas en la roca, tienen algo de sobrecogedor y de íntimo a la vez. No son grandes monumentos, no buscan imponerse: son huellas. Huellas de vidas que se apagaron hace siglos, de comunidades que habitaron estas montañas cuando la Ribeira Sacra era aún más remota y más dura. Mirarlas es como escuchar un susurro antiguo.
Me quedé un rato observando el paisaje desde allí. El valle del Sil se extendía abajo, profundo y solemne, y el viento traía ese olor a piedra y humedad que tanto reconozco de Galicia. En ese momento, sentí que la necrópolis no era solo un lugar arqueológico: era un recordatorio de que todos somos tránsito, de que la tierra guarda más historias de las que podemos imaginar.
Hoy, que viajo con más años y menos movilidad, estos lugares me hablan de otra manera. Ya no los recorro. las limitaciones funcionales me lo impiden, pero los contemplo con una profundidad nueva. La memoria, la documentación gráfica que conservo, y estos instantes de presencia física —aunque breves— completan un viaje que ya no es solo geográfico, sino también interior.
Desde San Lorenzo seguimos descendiendo hacia la ribera, con la sensación de haber tocado un fragmento de tiempo detenido.
Las uvas de la viticultura heroica
Las viñas estaban verdes, vigorosas, aferradas a la tierra como siempre, y los racimos empezaban a mostrar ese tono que anuncia la maduración. No pude evitar recordar otras visitas, cuando yo mismo bajaba por los senderos para ver las cepas de cerca y pescar en el Sil. Hoy ya no puedo hacerlo, pero la memoria y las fotos que guardo completan lo que el cuerpo ya no alcanza.
Santa
Cristina de Ribas de Sil: el monasterio escondido en el bosque
Desde la ribera seguimos la ruta hacia Santa Cristina de Ribas de Sil, el monasterio que se esconde en Parada do Sil como un secreto bien guardado. La carretera, estrecha y rodeada de árboles, parecía conducirnos no solo a un lugar, sino a otro tiempo. El Subaru Legacy avanzaba despacio, respetando la sombra de los castaños y el murmullo del bosque, como si también sintiera que estábamos entrando en territorio sagrado. Santa Cristina aparece siempre de golpe: una curva, un claro entre los árboles, y ahí está, con su torre románica recortada contra el cielo y sus muros de piedra que han visto pasar siglos sin perder su serenidad.
Yo en aquella época ya caminaba menos y observé más, me quedé un momento en silencio, dejando que el lugar me recibiera a su manera.
El monasterio tiene esa cualidad de los sitios antiguos que no necesitan imponerse: basta con estar. Las piedras, gastadas por el tiempo, parecen guardar historias de monjes, de peregrinos, de generaciones que encontraron aquí un refugio espiritual. El claustro, pequeño y recogido, invita a la calma. Y el bosque que lo rodea —ese bosque que parece abrazarlo— añade una sensación de protección, como si la naturaleza hubiera decidido conservarlo. Ya no puedo recorrer cada rincón como antes, pero la memoria y las fotos que guardo completan lo que el cuerpo ya no alcanza. Recordé visitas pasadas, cuando subía y bajaba por los senderos sin pensar en la movilidad, cuando el monasterio era una aventura física además de emocional. Hoy es más contemplación, más recogimiento, más escucha. Desde Santa Cristina se siente el Sil aunque no se vea: el aire cambia, la luz se vuelve más profunda, y el silencio tiene un peso distinto. Es uno de esos lugares donde uno entiende por qué la Ribeira Sacra se llama así: hay algo sagrado en la forma en que la piedra, el bosque y el río se relacionan.
Rumbo a los miradores del Sil
Dejamos atrás el monasterio de Santa Cristina de Ribas de Sil, que quedó escondido entre los castaños como un recuerdo que se guarda en la sombra. Nos dirigimos a ver algún mirador, esos balcones naturales desde los que la Ribeira Sacra se muestra sin reservas. La carretera serpenteaba entre árboles y claros, y cada curva dejaba entrever un pedazo de valle, como si el paisaje jugara a revelarse poco a poco. Yo, desde el asiento,
sentía esa mezcla de expectación y serenidad que solo aparece cuando sabes que estás a punto de ver algo grande.
El aire se volvió más luminoso a medida que nos acercábamos. El bosque se abría, la luz
entraba con más fuerza, y el Sil empezaba a insinuarse abajo, profundo y solemne. Recordé otras veces, cuando yo mismo bajaba por los senderos para buscar estos miradores a pie. Hoy ya no puedo hacerlo, pero la memoria y las fotos que guardo completan lo que el cuerpo ya no alcanza.
Llegar a un mirador en la Ribeira Sacra es siempre un pequeño ritual: uno se detiene, respira, y deja que el valle haga su trabajo. Las laderas, cubiertas de viñedos heroicos, se despliegan como un anfiteatro natural. El río, oscuro y brillante a la vez, avanza silencioso entre paredes de roca que parecen talladas por gigantes. Y el viento trae ese olor a humedad y piedra que tanto reconozco de Galicia. Allí, frente al paisaje, uno entiende por qué esta tierra marca. No es solo belleza: es profundidad. Es historia. Es origen. Después de un rato, volvimos al coche. El Legacy esperaba tranquilo, como si supiera que aquel alto había sido necesario. Y seguimos la ruta, con la sensación de haber tocado uno de esos lugares que se quedan para siempre.
El viaje toca a su fin, el coche nos espera para el regreso,
me ha encantado revivirlo.
Vamos a celebrarlo con un vino de la zona.










