19.8.26

“Ribeira Sacra: el viaje que ahora hago desde la memoria”

 


Volver a la Ribeira Sacra

Hace unos años caminé por la Ribeira Sacra como quien regresa a un lugar que nunca ha vivido, pero siempre ha llevado dentro. No era un viaje turístico, ni una excursión improvisada: era una vuelta a la tierra de mis ancestros, a ese rincón de Galicia donde los apellidos de mi familia se enredan con los bancales de viña y las curvas imposibles del Sil.

La memoria tiene su propia manera de medir el tiempo. A veces basta un olor a humedad, un silencio entre castaños, para que el pasado se siente a tu lado como un viejo conocido. Eso me ocurrió allí, en aquellas laderas que parecen hechas para que el mundo se contemple desde arriba.

Recuerdo el descenso hacia los cañones: el río abajo, oscuro y sereno; las viñas colgadas como si desafiaran la gravedad; los monasterios escondidos que parecen observarlo todo desde siglos de distancia. Caminaba despacio, no por cansancio, sino por respeto. Cada piedra parecía tener algo que contar, y yo no quería perder ni una sílaba.

Pensé en mi padre, en mi abuelo, en todos los que llevaron estos paisajes en la sangre mucho antes de que yo los viera. Imaginé a mis antepasados trabajando la tierra, cruzando caminos, quizá soñando con horizontes que yo ahora pisaba. Hay lugares que no se visitan: se reconocen.

La Ribeira Sacra tiene esa mezcla de belleza y gravedad que te obliga a mirar hacia dentro. No es un paisaje que se admire, es un paisaje que te interroga. Y mientras avanzaba entre terrazas y miradores, sentí que algo se alineaba: como si la geografía y la genealogía se dieran la mano por un instante.

Volví de aquel viaje con la sensación de haber recuperado algo que no sabía que me faltaba. Una raíz, una historia, un hilo invisible que une generaciones. Desde entonces, cada vez que pienso en la Ribeira Sacra, no recuerdo solo un lugar: recuerdo un origen.

El coche —en esta ocasión el Subaru Legacy, ya forma parte en nuestro garaje de coches clásicos. Fiel compañero de rutas largas— nos llevó hasta allí sin protestar conducido por nuestro  hijo. Yo, unos años más viejo y con la movilidad ya negociando cada jornada, agradecí esa docilidad mecánica. Hay viajes que hoy solo puedo hacer gracias a las ruedas, y otros que hago gracias a la memoria; este tenía un poco de ambos.





Monte Furado: primera parada en la tierra paterna

Dejamos atrás la provincia de León, tierra de mis ancestros maternos, nos adentramos en Galicia como quien cruza un umbral. El paisaje cambia, la luz cambia, incluso el aire parece tener otra cadencia. Y la primera parada fue en Monte Furado, ese lugar donde la historia romana se mezcla con la geografía como si ambos hubieran decidido convivir para siempre.


Monte Furado apareció ante nosotros como una herida antigua en la montaña, un túnel excavado por los romanos para desviar el Sil y extraer oro. Lo había visto en fotos, lo había leído en documentos, pero estar allí, aunque fuese apoyado en el coche y sin poder bajar por los senderos como antes, tuvo algo de revelación. La historia no siempre necesita que uno camine: a veces basta con mirar.

Me quedé un rato observando el río, imaginando el estruendo del agua cuando los romanos lo obligaron a cambiar de curso, pensando en cómo esta tierra —la de mis ancestros paternos— ha sido moldeada por manos humanas y por siglos de paciencia. El Subaru, quieto a mi lado, parecía entender que aquel momento no era de carretera, sino de recogimiento. Hoy, cuando las piernas ya no me permiten ciertas aventuras, recurro a la documentación gráfica que conservo: fotos, mapas, notas. Pero aquel día, en Monte Furado, tuve la suerte de estar allí

físicamente, aunque fuese de manera limitada. Y eso basta para que la memoria haga el resto.


La carretera de Monte Furado a Puebla de Trives

Desde Monte Furado tomamos la carretera que asciende hacia Puebla de Trives, una vía que no concede tregua. Es estrecha, serpenteante, con pendientes que parecen querer medir la paciencia del conductor y curvas que obligan a tomarse el viaje con calma. Pero qué importa la dificultad cuando el paisaje compensa cada esfuerzo.

El Subaru Legacy, noble como siempre, se agarraba al asfalto con esa serenidad que solo tienen los coches que ya han visto mundo. Yo, que hoy camino menos y observo más, agradecí cada metro que el coche hacía por mí. La movilidad ya no me permite aventuras a pie, pero estas carreteras gallegas —aunque exigentes— siguen siendo accesibles desde el asiento del copiloto, y eso es un regalo.

A medida que ascendíamos, el valle se abría a la derecha como un libro desplegable: laderas verdes, terrazas de viñedo que parecían colgar del aire, y el Sil abajo, avanzando con esa elegancia silenciosa que siempre impresiona. Cada curva ofrecía un encuadre distinto, como si la carretera estuviera diseñada por un fotógrafo.

Había momentos en los que la pendiente obligaba al Legacy a bajar una marcha, y otros en los que la estrechez del camino hacía que nos pegáramos a la roca. Pero incluso en esos tramos más tensos, el paisaje seguía mandando. Galicia tiene esa capacidad: te exige, pero te recompensa.

Y así, entre curvas y miradores improvisados, fuimos dejando atrás Monte Furado para acercarnos a Trives, con la sensación de estar recorriendo una ruta que no solo une lugares, sino también memorias.


Castro Caldelas: el castillo, la bica y un respiro necesario

Unos kilómetros más adelante, tras dejar atrás las curvas y pendientes que nos habían acompañado desde Monte Furado, llegamos a Castro Caldelas, que nos esperaba con su castillo vigilando el valle como siempre. Esa fortaleza, recortada contra el cielo, tiene algo de bienvenida solemne, como si quisiera recordarte que estás entrando en una tierra donde la historia nunca duerme. Allí casi siempre hacemos parada obligatoria. El Subaru Legacy quedó aparcado a la sombra, descansando de la carretera estrecha y serpenteante, mientras nosotros buscábamos ese café que ya es tradición. Y, por supuesto, la bica: ese bizcocho tan especial que en Castro Caldelas bordan como en pocos sitios. Es suave, esponjosa, con ese sabor que parece hecho para acompañar conversaciones tranquilas y miradas al castillo. Nos sentamos un rato, dejando que el cuerpo recuperara el ritmo y que la memoria hiciera su trabajo. Yo, que hoy viajo con más limitaciones y más años encima, agradecí ese descanso. La movilidad ya no me permite ciertos paseos, pero sí me permite disfrutar de estos momentos: el café caliente, la bica recién cortada, el murmullo del pueblo y la presencia del castillo, que parece observarlo todo con paciencia.

Después de reposar un poco, retomamos la ruta. La Ribeira Sacra nos esperaba más adelante, con sus cañones, sus viñas y esa mezcla de belleza y gravedad que siempre me toca por dentro. Pero Castro Caldelas, como siempre, nos regaló ese pequeño alto en el camino que convierte un viaje en un recuerdo.

Castro Caldelas y tres coches clásicos a la vista.


Villarino Frío y la vieja carretera hacia Parada do Sil

En Villarino Frío tomamos la carretera que lleva a Parada do Sil, una vía que para mí no es solo un tramo más del mapa: es un recuerdo de juventud, de mi primer coche, de aquellos tiempos en los que las rutas no estaban pensadas para facilitar la vida, sino para poner a prueba la paciencia del conductor.

Hoy la carretera está asfaltada, afortunadamente. Pero yo la conocí cuando era otra cosa: un camino áspero, lleno de piedras sueltas que las ruedas despedían con furia, golpeando la carrocería como si quisieran dejar su firma. Cada curva era una pequeña aventura, cada subida un ejercicio de confianza en aquel primer coche que, aunque modesto, me enseñó a entender el terreno y a respetarlo.

Mientras avanzábamos ahora, muchos años después, en el Subaru Legacy, no pude evitar comparar sensaciones. La carretera sigue siendo estrecha, sigue teniendo ese aire de montaña que obliga a conducir con atención, pero ya no es la lucha de antes. El asfalto ha suavizado el trayecto, y eso, en mi situación actual, es un regalo. La movilidad ya no me permite ciertos esfuerzos, pero sí me permite volver a estos lugares sin que el cuerpo proteste demasiado. Y aun así, cada vez que el Legacy tomaba una curva, yo recordaba el sonido de las piedras golpeando mi primer coche, el olor a polvo, la emoción de sentir que estaba descubriendo un camino casi salvaje. La memoria, como siempre, hace su trabajo: trae lo que falta, completa lo que el presente ya no puede ofrecer.

La carretera hacia Parada do Sil ha cambiado, sí, pero sigue teniendo ese encanto que mezcla paisaje, historia y un punto de desafío. Y yo, unos años más viejo, la recorro ahora desde dos lugares: el asiento del coche… y el recuerdo.



Llegamos a Casa do Vento y A Lama ya estamos próximos al destino, visita familiar y ahora a ver todos los puntos de mi interés.


A Lama.


Camino hacia la ribera del Sil

Dejamos atrás Parada do Sil, ese balcón natural que siempre invita a quedarse un poco más, y nos acercamos poco a poco a la ribera. La carretera empieza a descender, el paisaje cambia de tono y el aire parece hacerse más profundo, más húmedo, como si el río ya estuviera anunciando su presencia antes de aparecer. El Subaru Legacy avanzaba con calma, como si también supiera que estábamos entrando en territorio especial. Yo, desde el asiento, sentía esa mezcla de nostalgia y expectación que solo se da cuando uno regresa a un lugar que le pertenece por historia y por memoria. La movilidad ya no me permite bajar por los senderos como antes, pero la carretera —esta carretera que tantas veces recorrí en otros tiempos— sigue siendo un puente hacia lo que fui y hacia lo que aún soy. A medida que nos acercábamos a la ribera, el paisaje se abría en terrazas de viñedo que parecían colgar del aire. Las laderas se inclinaban con esa geometría imposible que solo la Ribeira Sacra sabe dibujar. El Sil, todavía oculto entre curvas, enviaba reflejos que se colaban entre los árboles, como si jugara a aparecer y desaparecer. Había algo de ceremonia en ese descenso: dejar atrás la altura de Parada do Sil para buscar el fondo del valle, donde el río se convierte en protagonista absoluto. Y mientras avanzábamos, yo recurría a mis recuerdos y a las fotos que guardo, esas que hoy me ayudan a completar lo que el cuerpo ya no puede recorrer. Pero incluso así, el paisaje seguía entrando por los ojos con la misma fuerza de siempre. La ribera nos esperaba, y yo sentía que estaba volviendo a un origen.





La necrópolis de San Lorenzo: un alto entre siglos

Al dejar atrás Parada do Sil y acercarnos a la ribera, hicimos una parada en la necrópolis de San Lorenzo, un lugar que siempre me ha impresionado por su serenidad y su carga histórica. Allí, entre rocas y vegetación, descansan tumbas excavadas en la piedra que parecen mirar hacia el valle como si aún esperaran a quienes las tallaron hace siglos.

El Subaru Legacy quedó aparcado unos metros más arriba, y yo, sin mis limitaciones actuales, me acerqué despacio, apoyándome en lo que podía. Ya no camino como cuando era joven, pero estos lugares tienen la virtud de no exigir prisa. La necrópolis está ahí, quieta, paciente, como si supiera que cada visitante llega con su propio ritmo.

Las tumbas antropomorfas, abiertas en la roca, tienen algo de sobrecogedor y de íntimo a la vez. No son grandes monumentos, no buscan imponerse: son huellas. Huellas de vidas que se apagaron hace siglos, de comunidades que habitaron estas montañas cuando la Ribeira Sacra era aún más remota y más dura. Mirarlas es como escuchar un susurro antiguo.

Me quedé un rato observando el paisaje desde allí. El valle del Sil se extendía abajo, profundo y solemne, y el viento traía ese olor a piedra y humedad que tanto reconozco de Galicia. En ese momento, sentí que la necrópolis no era solo un lugar arqueológico: era un recordatorio de que todos somos tránsito, de que la tierra guarda más historias de las que podemos imaginar.

Hoy, que viajo con más años y menos movilidad, estos lugares me hablan de otra manera. Ya no los recorro. las limitaciones funcionales me lo impiden, pero los contemplo con una profundidad nueva. La memoria, la documentación gráfica que conservo, y estos instantes de presencia física —aunque breves— completan un viaje que ya no es solo geográfico, sino también interior.

Desde San Lorenzo seguimos descendiendo hacia la ribera, con la sensación de haber tocado un fragmento de tiempo detenido.


Las uvas de la viticultura heroica

Nos acercamos a ver cómo estaban las uvas este año, esas que dan vida a los vinos de la viticultura heroica, llamada así por la situación imposible de las viñas: colgadas en terrazas que parecen desafiar la gravedad, inclinadas sobre el Sil como si quisieran mirarse en él.

Las viñas estaban verdes, vigorosas, aferradas a la tierra como siempre, y los racimos empezaban a mostrar ese tono que anuncia la maduración. No pude evitar recordar otras visitas, cuando yo mismo bajaba por los senderos para ver las cepas de cerca y pescar en el Sil. Hoy ya no puedo hacerlo, pero la memoria y las fotos que guardo completan lo que el cuerpo ya no alcanza.





Buena cosecha ese año.












Santa Cristina de Ribas de Sil: el monasterio escondido en el bosque

Desde la ribera seguimos la ruta hacia Santa Cristina de Ribas de Sil, el monasterio que se esconde en Parada do Sil como un secreto bien guardado. La carretera, estrecha y rodeada de árboles, parecía conducirnos no solo a un lugar, sino a otro tiempo. El Subaru Legacy avanzaba despacio, respetando la sombra de los castaños y el murmullo del bosque, como si también sintiera que estábamos entrando en territorio sagrado. Santa Cristina aparece siempre de golpe: una curva, un claro entre los árboles, y ahí está, con su torre románica recortada contra el cielo y sus muros de piedra que han visto pasar siglos sin perder su serenidad.

Yo en aquella época ya caminaba menos y observé más, me quedé un momento en silencio, dejando que el lugar me recibiera a su manera.

El monasterio tiene esa cualidad de los sitios antiguos que no necesitan imponerse: basta con estar. Las piedras, gastadas por el tiempo, parecen guardar historias de monjes, de peregrinos, de generaciones que encontraron aquí un refugio espiritual. El claustro, pequeño y recogido, invita a la calma. Y el bosque que lo rodea —ese bosque que parece abrazarlo— añade una sensación de protección, como si la naturaleza hubiera decidido conservarlo. Ya no puedo recorrer cada rincón como antes, pero la memoria y las fotos que guardo completan lo que el cuerpo ya no alcanza. Recordé visitas pasadas, cuando subía y bajaba por los senderos sin pensar en la movilidad, cuando el monasterio era una aventura física además de emocional. Hoy es más contemplación, más recogimiento, más escucha. Desde Santa Cristina se siente el Sil aunque no se vea: el aire cambia, la luz se vuelve más profunda, y el silencio tiene un peso distinto. Es uno de esos lugares donde uno entiende por qué la Ribeira Sacra se llama así: hay algo sagrado en la forma en que la piedra, el bosque y el río se relacionan.



















Rumbo a los miradores del Sil

Dejamos atrás el monasterio de Santa Cristina de Ribas de Sil, que quedó escondido entre los castaños como un recuerdo que se guarda en la sombra. Nos dirigimos a ver algún mirador, esos balcones naturales desde los que la Ribeira Sacra se muestra sin reservas. La carretera serpenteaba entre árboles y claros, y cada curva dejaba entrever un pedazo de valle, como si el paisaje jugara a revelarse poco a poco. Yo, desde el asiento, sentía esa mezcla de expectación y serenidad que solo aparece cuando sabes que estás a punto de ver algo grande.

El aire se volvió más luminoso a medida que nos acercábamos. El bosque se abría, la luz entraba con más fuerza, y el Sil empezaba a insinuarse abajo, profundo y solemne. Recordé otras veces, cuando yo mismo bajaba por los senderos para buscar estos miradores a pie. Hoy ya no puedo hacerlo, pero la memoria y las fotos que guardo completan lo que el cuerpo ya no alcanza.

Llegar a un mirador en la Ribeira Sacra es siempre un pequeño ritual: uno se detiene, respira, y deja que el valle haga su trabajo. Las laderas, cubiertas de viñedos heroicos, se despliegan como un anfiteatro natural. El río, oscuro y brillante a la vez, avanza silencioso entre paredes de roca que parecen talladas por gigantes. Y el viento trae ese olor a humedad y piedra que tanto reconozco de Galicia. Allí, frente al paisaje, uno entiende por qué esta tierra marca. No es solo belleza: es profundidad. Es historia. Es origen. Después de un rato, volvimos al coche. El Legacy esperaba tranquilo, como si supiera que aquel alto había sido necesario. Y seguimos la ruta, con la sensación de haber tocado uno de esos lugares que se quedan para siempre.






El viaje toca a su fin, el coche nos espera para el regreso, me ha encantado revivirlo.





Vamos a celebrarlo con un vino de la zona.





















17.8.26

Cárter fuera: sudor, paciencia y un clásico que manda.

 Seguimos con el Toyota Supra MK3

Hace unos días iniciamos el trabajo para desmontar el cárter del Toyota Supra MK3. No ha sido una tarea rápida ni cómoda, pero ya sabes cómo es esto: cuando se mete mano a un clásico, el tiempo deja de medirse en horas y pasa a medirse en paciencia.

Ha sido costoso en tiempo y en esfuerzos. Primero hubo que despejar toda la zona, retirar piezas que parecían empeñadas en no moverse, y preparar el terreno como quien abre paso en una selva mecánica. Después tocó subir un poco el motor, bajar un poco la cuna… y todo ello milímetro a milímetro, como si estuviéramos afinando un instrumento delicado.

Pero lo conseguimos. Y punto.

Ese momento en el que, por fin, el cárter queda accesible y puedes empezar a trabajar de verdad, tiene algo de victoria silenciosa. No hace falta celebrarlo con trompetas: basta con mirarse con tu hijo, soltar un “bueno, ya está” y seguir adelante. Porque en el fondo, este tipo de trabajos no se hacen corriendo para acabar pronto. Se hacen despacio, disfrutando del proceso, sabiendo que cada tornillo aflojado es parte del entretenimiento.

Si se acabara muy rápido, tendríamos que estar buscando otro coche para restaurar, otra excusa para seguir liados en el garaje. Mejor así: lentamente, con calma, y dejando que el Supra quede bien, como merece un clásico que ya forma parte de la familia.




Después de haber dejado la parte alta del motor de nuestro Toyota Supra MK3 Turbo impecable, mi hijo y yo hemos decidido dar el paso definitivo. Los que conocéis bien el mítico motor 7M-GTE sabéis que tiene una reputación... delicada. La culata suele llevarse la fama de los problemas, pero la verdadera "zona cero" de este bloque está abajo del todo. Mi hijo se empeñó en que no podíamos dormir tranquilos sin revisar la salud de la parte baja.

Así que después del fin de semana nos hemos puesto el mono de trabajo, nos hemos armado de paciencia y hemos soltado el cárter. El objetivo: inspeccionar el estado general de la zona y, sobre todo, comprobar los casquillos de biela.

Para cualquier entusiasta del motor, quitar el cárter de un Supra clásico es un momento de máxima tensión y emoción a partes iguales. Es el momento de la verdad para saber si el motor ha sufrido por falta de presión de aceite o sobrecalentamientos en el pasado.





¿El resultado real? Una auténtica delicia:
  • Sin rayas ni surcos: Al pasar la uña por la superficie de los casquillos y del propio cigüeñal, se deslizaba con total suavidad. No hay marcas de impurezas ni de falta de engrase.
  • Color perfecto: Los casquillos mantienen su tono gris claro original, sin zonas desgastadas ni saltos en el material.


Al retirar el cárter y limpiar la zona, lo primero que nos llamó la atención fue la limpieza. Nada de lodos negros pesados ni sedimentos extraños acumulados en el fondo. Pero la verdadera prueba de fuego venía ahora: buscar el brillo delator de las virutas de metal. Pasamos el imán, revisamos el fondo milímetro a milímetro y... ¡limpio! Ni rastro de desgaste catastrófico



¿Qué buscamos al mirar los casquillos?

Para los que estéis pensando en hacer este mismo mantenimiento en vuestro proyecto, os dejamos las cuatro claves que estamos usando para evaluar el desgaste:

1.     El color del metal: Un casquillo en buen estado debe lucir un color gris claro o plateado mate uniforme. Si al desmontar empezamos a ver tonos dorados o cobrizos, significa que la capa antifricción se ha evaporado y el desastre está cerca.

2.     Rayas y surcos: Pasar la uña por el casquillo y las muñequillas del cigüeñal es la prueba del algodón. Si la uña se engancha, significa que las impurezas del aceite han hecho de las suyas.

3.     Desgaste asimétrico: Si un lado del casquillo está más fino que el otro, ojo, porque podría alertarnos de una biela ligeramente revirada.


Los casquillos se ven bien. En la siguiente foto se ven muy sucios, pero también las manos, ese ha sido el problema, se han tocado con las manos suciaas no, lo siguiente, la emoción nos puede.


En esta foto si de aprecia bien que no hay rayas ni colores azulados de calentamiento.

Tener el cárter fuera también nos da la oportunidad perfecta para revisar la bomba de aceite —otro punto débil de estos coches que conviene mejorar para subir la presión de serie— y plantearnos si daremos el salto a unos tornillos de biela ARP para asegurar el tiro.




Encontrar la parte baja en este estado nos da una tranquilidad tremenda. Significa que el cigüeñal no necesita ser rectificado y que la base de este motor es increíblemente sólida. Ahora que la parte alta está reparada y la baja tiene el "visto bueno" de salud, el proyecto va sobre ruedas.
Aprovechando que está todo abierto, limpiaremos a fondo, pensaremos en montar casquillos nuevos para curarnos en salud (manteniendo las medidas originales estrictamente), revisaremos la bomba de aceite y cerraremos el bloque con la tranquilidad de saber que este Supra va a rugir como se merece. ¡El trabajo en equipo entre padre e hijo sigue dando sus frutos!

Siempre se encuentra algo que reparar al desmontar, hoy nos hemos encontrado un soporte motor roto, además los bajos del coche están sucios, lo limpiaremos y un poco de pintura no le vendrá nada mal.

Estamos de vacaciones, por hoy ya vale de trabajo, ahora fiesta. 😉






15.8.26

Cuando los clásicos descansan y la ciudad habla.

 

Aún no hemos salido de vacaciones. No descartamos hacerlo —la idea siempre ronda, como una golondrina indecisa— pero los calores que hemos padecido hasta ahora nos han frenado más de lo que pensábamos. Cuando el termómetro se empeña en subir y el aire parece quedarse quieto, uno empieza a valorar lo que tiene cerca: la sombra de casa, la rutina tranquila y ese frescor que Vitoria sabe regalar incluso en los días más testarudos.

Y la verdad es que estamos mejor aquí. La ciudad, con su ritmo pausado y sus rincones que nunca se agotan, ofrece más de lo que a veces recordamos. Paseos por el casco viejo, parques que parecen diseñados para respirar mejor, terrazas donde el tiempo se estira… Vitoria tiene ese encanto discreto que no presume, pero acompaña.

Quizá más adelante nos animemos a hacer las maletas. Es posible que llegue un día menos abrasador y nos dé por buscar mar, montaña o simplemente otro horizonte. Pero de momento, este verano se vive bien así: sin prisas, sin agobios, disfrutando de lo que tenemos a mano y dejando que la decisión llegue cuando quiera.

Porque al final, las vacaciones no siempre están en el destino. A veces están en la manera de mirar el día.

 

Pasamos muchos días con nuestros coches clásicos. Son parte de nuestra rutina, de nuestras escapadas y de ese placer sencillo que da escuchar un motor antiguo responder con nobleza. Pero hasta ellos se merecen un descanso. Después de tantas mañanas de ruta, de puertos, de paisajes y de conversaciones mecánicas, llega un momento en que conviene levantar el pie del acelerador y mirar alrededor.

Y Vitoria invita a hacerlo. La ciudad, con su calma elegante y su historia bien guardada, ofrece un verano distinto: sin prisas, sin agobios, sin necesidad de hacer kilómetros para sentir que el día merece la pena. Sus calles, siempre amables; sus parques, que parecen diseñados para respirar mejor; sus monumentos, que cuentan siglos sin levantar la voz; y ese sinfín de rincones que uno descubre solo cuando decide quedarse.

A veces pensamos en irnos de vacaciones, pero luego llega una tarde templada, un paseo por el casco viejo, una terraza con sombra, y la decisión se aplaza sin remordimientos. Porque aquí también se vive bien. Aquí también se descansa. Aquí también se encuentran historias.

Quizá más adelante volvamos a arrancar los clásicos y a buscar horizontes nuevos. Pero hoy, este verano se escribe desde casa, desde Vitoria, desde la tranquilidad de saber que no hace falta ir lejos para disfrutar.

Hoy dejamos los coches. Después de tantos días entre carburadores, cromados y pequeñas batallas mecánicas, tocaba darle descanso a la flota clásica y a nosotros mismos. El día amaneció más fresco de lo habitual —un regalo inesperado en pleno agosto— y nos ha parecido la ocasión perfecta para hacer una pequeña gira por la ciudad, pero esta vez a pie, sin prisa y sin volante.

Vitoria, cuando baja unos grados, se vuelve todavía más amable. Las calles del casco viejo recuperan su encanto silencioso, los parques respiran mejor y uno se descubre mirando detalles que, desde el coche, pasan desapercibidos: una fachada que nunca habíamos observado, una sombra que invita a detenerse, un aroma de panadería que se escapa por una esquina.

La ciudad tiene ese don: cuando el calor afloja, se abre como un libro. Monumentos que cuentan historias sin necesidad de guía, plazas que parecen hechas para sentarse un rato, rincones que uno cree conocer y que siempre guardan algo nuevo. Hoy, sin motores, sin rutas y sin mapas, Vitoria nos ha llevado de la mano. A veces las mejores excursiones son las que no necesitan carretera.

Salimos de casa sin prisa pero sin pausa, dispuestos a aprovechar el día más fresco que hemos tenido en semanas. Hoy los coches clásicos descansan en el garaje; toca caminar y descubrir la ciudad con otros ojos. La primera parada: el Museo de Ciencias Naturales de Álava, ese edificio de piedra que parece sacado de otro tiempo, con su torre robusta y sus ventanas que cuentan siglos.

No llevamos cámara, pero el móvil cumple su papel. La primera foto del día captura el contraste entre la historia y el presente: un museo que celebra sus 40 años dentro de una torre que ha visto pasar muchos más. A su alrededor, las calles de Vitoria se abren como un mapa de historias, invitando a seguir caminando, a mirar arriba, a detenerse en los detalles.

El aire fresco acompaña, y la ciudad parece agradecida por la tregua del calor. Hoy no hay motores ni rutas, solo pasos y curiosidad. Y así empieza nuestra pequeña gira urbana, con una foto, una sonrisa y la sensación de que cada rincón tiene algo que contar.



Después del museo, seguimos caminando sin prisa, disfrutando del aire fresco que hoy parece más amable. La siguiente foto la hicimos frente a la Iglesia de San Pedro Apóstol, uno de esos templos que imponen respeto por su historia y su arquitectura. La piedra, trabajada con paciencia durante siglos, guarda el eco de muchas generaciones. Su torre se alza sobre el barrio como un faro de serenidad, y el silencio del interior invita a detenerse un momento.






Desde allí nos acercamos hasta la Plaza de la Provincia, donde se levanta la Diputación Foral de Álava, un edificio que combina elegancia y sobriedad, símbolo de la vida institucional de la ciudad. La plaza, amplia y luminosa, es un punto de encuentro entre pasado y presente: los muros antiguos dialogan con el bullicio de quienes pasean, trabajan o simplemente disfrutan del día. Hoy, sin coches ni motores, la ciudad se nos muestra distinta. Cada paso revela un detalle que antes pasaba desapercibido: una cornisa, una inscripción, una sombra que cambia con la hora. Y así, entre piedra y historia, seguimos descubriendo que Vitoria tiene mucho que ofrecer cuando uno decide caminarla.


La Diputación Foral de Álava, con sus jardines cuidados y ese aire solemne que combina historia y serenidad, bien merece una parada y una foto. Es uno de esos rincones donde el ritmo de la ciudad se suaviza, donde el verde abraza la arquitectura y donde uno siente que el paseo se convierte en un pequeño homenaje al propio territorio. Un lugar que invita a detenerse, respirar y capturar el momento antes de seguir camino.



En ese momento que estábamos junto a la Diputación pasó un tren turístico que recorre calles y lugares de Vitoria


Por fin llegamos a la plaza de la Virgen Blanca, ese lugar donde Vitoria parece concentrar su memoria y su carácter. En el centro se alza el imponente monumento a la Batalla de Vitoria, recordando aquel enfrentamiento decisivo contra las tropas francesas durante la Guerra de la Independencia. La escultura, con su dinamismo de bronce y piedra, parece seguir librando la batalla en silencio, como si el tiempo no hubiera logrado apagar del todo el eco de aquel día.

La plaza, siempre viva, siempre punto de encuentro, nos recibe con su mezcla de historia y cotidianeidad. Tras una mañana entretenida, llegar aquí es como cerrar un círculo: un lugar que invita a detenerse, mirar alrededor y sentir que esta vida, al final, se compone de momentos buenos como este, y que los malos conviene dejarlos atrás con la misma rapidez con la que se cruza la plaza.





La Batalla de Vitoria se libró el 21 de junio de 1813, un día que quedó grabado para siempre en la historia de la ciudad. Aquel enfrentamiento, decisivo contra las tropas francesas que escoltaban a José Bonaparte, marcó el principio del fin del dominio napoleónico en España. Las fuerzas aliadas —españolas, británicas y portuguesas— avanzaron con determinación, y en estas tierras alavesas lograron una victoria que resonó en toda Europa.

Hoy, al contemplar el monumento en la Virgen Blanca, uno siente que ese 21 de junio sigue vivo: un recordatorio de resistencia, de estrategia y de un pueblo que no se resignó. Caminar por la plaza es casi como escuchar el eco lejano de aquella jornada que cambió el rumbo de la guerra y devolvió la esperanza a toda una nación.









En 1202, Vitoria sufrió un pavoroso incendio que prácticamente destruyó la villa medieval. Las crónicas señalan que el fuego afectó de forma tan extensa al núcleo urbano que el rey Alfonso VIII emprendió inmediatamente una reconstrucción y ampliación hacia el flanco occidental, creando tres nuevas calles: Correría, Zapatería y Herrería.

No había visto esta placa nunca antes, siempre se descubren cosas nuevas aunque lleven mucho tiempo ahí



Después de disfrutar la plaza de la Virgen Blanca, con su historia y su pulso siempre vivo, nos fuimos caminando hacia la plaza España, ese espacio amplio y elegante donde se levanta el Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz. La arquitectura sobria del edificio, con su fachada equilibrada y su aire de casa grande de la ciudad, marca el centro administrativo y también uno de los puntos más reconocibles del casco urbano.

Desde allí, apenas unos pasos nos llevaron al edificio de Correos, otro clásico del paisaje vitoriano. Con su presencia sólida y ese estilo que mezcla funcionalidad y carácter, es uno de esos edificios que parecen haber visto pasar generaciones enteras de vecinos, cartas, historias y rutinas. Un lugar que, aunque cotidiano, siempre merece una mirada. Así, entre plazas, instituciones y edificios con alma, el paseo fue tomando forma, como si la ciudad nos fuera contando su historia a través de cada fachada.




Luego llegó la plaza de Los Fueros, ese espacio tan particular donde Vitoria mezcla modernidad y tradición con una naturalidad sorprendente. Su diseño geométrico, casi escultórico, invita a recorrerla despacio, a fijarse en las líneas, en las sombras y en cómo la gente la habita. Es una plaza que parece hecha para respirar, para sentarse un momento y dejar que la ciudad siga su ritmo alrededor.

Aquí, entre volúmenes y perspectivas, uno siente que Vitoria sabe reinventarse sin perder su esencia. Cada paso conecta pasado y presente, como si la plaza fuera un puente silencioso entre la historia foral y la vida diaria de quienes la cruzan.


Junto a la plaza de Los Fueros encontramos una placa de acero inoxidable que muestra una imagen aérea del conjunto. Es como si la plaza, tan geométrica y tan viva, quisiera presentarse desde otra perspectiva, revelando su diseño completo y la intención arquitectónica que a pie de calle se intuye pero no siempre se aprecia.

Esa vista aérea grabada en metal invita a detenerse un momento, a mirar la plaza como si la observáramos desde arriba, entendiendo sus líneas, sus volúmenes y la manera en que se integra en el corazón de Vitoria. Es un gesto sencillo, pero añade profundidad al paseo: no solo caminamos la ciudad, también la contemplamos desde otras alturas.




Además, junto a la plaza de la Virgen Blanca hay unos setos verdes recortados en los que se puede leer claramente Vitoria-Gasteiz. Es un emblema vegetal que se ha convertido en una de las imágenes más queridas de la ciudad: sencillo, fotogénico y lleno de orgullo.

Ese letrero verde, siempre bien cuidado, parece dar la bienvenida a quienes llegan a la plaza y recordar que esta ciudad sabe combinar naturaleza y urbanismo con una elegancia muy suya. Es imposible pasar por allí sin detenerse un momento, sin mirar cómo el sol juega con las hojas y sin sentir que Vitoria, en cada detalle, se presenta con cariño.




Llegamos a la Catedral Nueva, ese templo que domina la ciudad con su presencia solemne y su verticalidad. Allí pude admirar de cerca los labrados de las columnas exteriores, auténticas filigranas de piedra que parecen hechas con la paciencia de siglos. Cada columna cuenta una historia, cada relieve guarda un gesto, y uno no puede evitar detenerse a mirar cómo la luz resbala por las aristas y despierta los detalles.

En el alero del tejado, las gárgolas observan desde lo alto con su aspecto maléfico, como criaturas que vigilan la ciudad desde tiempos remotos. Algunas muestran expresiones feroces, otras parecen casi burlonas, pero todas cumplen su función ancestral: proteger, drenar, espantar lo que no debe entrar. Verlas allí arriba, recortadas contra el cielo, añade un toque de misterio al paseo, como si la catedral tuviera vida propia.






Las gárgolas.



Detrás de la Catedral Nueva nos encontramos con ese rinoceronte tan peculiar, una escultura que parece plantada allí para recordarnos que el arte también puede ser juguetón y desconcertante. A su lado debería estar el cocodrilo, pero ese se me ha escapado del teléfono: no lo encuentro por ningún lado, como si hubiera decidido volver al río o esconderse entre las sombras de la catedral.

Entre animales de bronce, columnas labradas y gárgolas vigilantes, seguimos avanzando. Ya va siendo hora de reponer fuerzas, así que nos vamos desplazando hacia el domicilio, con esa sensación de paseo bien hecho, de ciudad recorrida y de historias que se quedan en la memoria para contarlas después



Llegamos al Palacio de Congresos Europa, en plena Avenida de Gasteiz, un edificio que sorprende desde el primer vistazo. Buena parte de su fachada está cubierta por hierbas y vegetación, como si la arquitectura hubiera decidido convivir con la naturaleza en lugar de imponerse sobre ella. Ese manto verde le da un aire fresco, casi orgánico, que contrasta con el ritmo urbano de la avenida.

Es un lugar que invita a detenerse un momento, a observar cómo las plantas trepan por las paredes y cómo el edificio parece cambiar con las estaciones. Un gesto moderno, sostenible y muy propio de Vitoria, que siempre ha sabido integrar el verde en su identidad.



El dólmen de la calle Chile no es solo una pieza evocadora de tiempos prehistóricos: está dedicado a José Miguel de Barandiaran, el gran etnólogo y antropólogo vasco. Su labor fue decisiva para comprender la historia, las creencias y las raíces del País Vasco. Barandiaran recorrió montes, pueblos y cuevas, recogiendo testimonios, estudiando restos arqueológicos y preservando tradiciones que, sin él, quizá se habrían perdido.

Este dolmen urbano es un gesto de reconocimiento a su trabajo incansable, una forma de recordar que la identidad vasca se construye tanto en los grandes monumentos como en las pequeñas huellas del pasado. Encontrarlo al final del paseo es casi simbólico: después de recorrer plazas, edificios y rincones de Vitoria, la ciudad te despide con un homenaje a quien dedicó su vida a entenderla.




Aquí finalizó este día en el que he cambiado los coches clásicos por un buen paseo, descubriendo rincones nuevos de Vitoria y recordando otros que ya había visto con anterioridad. A veces conviene dejar los motores en reposo y dejar que sea la ciudad la que marque el ritmo, paso a paso, detalle a detalle.

Mis disculpas a quienes entráis al blog buscando historias de carburadores,
cromados y rutas. Este espacio es de temas variados, según el ánimo y las ganas de trabajar de un servidor. Unas veces toca grasa y herramientas; otras, como hoy, toca calle, historia y curiosidad.

Gracias por acompañarme en este paseo. Pasen un buen día.









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