14.8.26

Vacaciones bajo el Supra

 Yo ya estaba feliz con el Toyota Supra MKIII. Pensaba que, por fin, habíamos terminado de preparar el motor: culata lista, junta nueva, tornillería reforzada… todo en su sitio. Ya me veía disfrutando del coche, sin más sobresaltos, convencido de que el capítulo mecánico estaba cerrado.

Pero claro, a mi hijo se le ocurre ahora que quizá deberíamos cambiar la bomba de engrase y revisar los casquillos de biela y bancada. Y todo ello —dice él tan tranquilo— sin sacar el motor. Como si fuese abrir una lata de sardinas.

Así que ya me veo: todas las vacaciones bajo el coche, con la linterna en la boca, el gato hidráulico mirándome con sorna y el Supra esperando que le hagamos otro tratamiento rejuvenecedor. Porque esto de los clásicos es así: cuando crees que has terminado, aparece una nueva aventura mecánica que te reclama.

Y, al final, uno no se enfada. Porque estos ratos, aunque te dejen la espalda tiesa, también son parte del disfrute: trabajar juntos, aprender, improvisar, pelearse con tornillos imposibles y, sobre todo, seguir dando vida a un coche que ya es parte de la familia.

Con lo bien que había quedado pintado y la parte alta reparada.

En esta foto estábamos ya dando el último retoque al motor del Supra. Todo parecía encajar: culata preparada, juntas nuevas, el coche respirando como si acabara de salir de fábrica. Lo llevamos a la ITV y, para mi sorpresa, todo fue satisfactorio. Salimos de allí con la pegatina puesta y yo con una sonrisa de oreja a oreja.

Pensé: “Estas vacaciones las voy a disfrutar dando paseos y viajecitos con el Toyota, sin preocupaciones, sin manchas de aceite, sin dolores de espalda.” Vamos, que ya me veía rodando por la costa como un señor.

Pues va a ser que no.

Porque cuando uno cree que ha terminado, aparece el hijo —ese espíritu inquieto, mecánico de corazón— y dice que todavía queda faena. Pero eso ya es otra historia… y otro verano bajo el coche.

Antes de iniciar el trabajo, recopilamos toda la información posible. Manuales, esquemas, vídeos, experiencias de otros locos del Supra… todo lo que pudiera darnos una pista de por dónde atacar sin acabar desmontando medio coche. Ya con todo prácticamente en el coco, como si hubiéramos hecho un curso intensivo de mecánica japonesa, nos miramos y asentimos.

Es ese momento en el que sabes que ya no hay vuelta atrás: toca empezar.

El coche espera, las herramientas brillan, y nosotros —con más ilusión que sentido común— nos lanzamos a la aventura mecánica que, seguro, nos tendrá entretenidos más de lo previsto.


Con nuestro método rudimentario de elevación del coche —ese sistema artesanal que ya es casi tradición familiar— empezamos la faena. El Supra sube lo justo, lo necesario, y nosotros nos miramos como quien se prepara para una operación de precisión hecha con herramientas de andar por casa.

De momento, yo me mantengo fuera del coche. Que lo haga el hijo, que es más joven, más flexible y todavía no protesta la espalda. Yo superviso desde fuera, con esa mezcla de orgullo y alivio que da ver cómo la nueva generación se mete debajo del coche sin miedo, mientras uno ya calcula cada movimiento para no quedarse atascado entre el gato y el diferencial.

Pero así empieza todo: con el coche elevado a nuestra manera, las herramientas listas y la sensación de que, una vez más, las vacaciones van a oler a aceite, metal y complicidad mecánica.



Me asomo bajo el coche y veo lo que hay … y digo: “aquí hay tomate.” No es una frase técnica, pero es la que mejor describe la escena. Para hacer lo que queremos, tendremos que levantar el motor, descolgar la cuna y despegar la tapa del cárter, que está pegada con silicona de juntas como si la hubieran sellado para que no la abriera nadie jamás.

El espacio es mínimo, casi claustrofóbico. El coche encima de nosotros, el calor agobiante de estos días que convierte el garaje en un horno, y cada herramienta que toca el suelo parece calentarse sola. Todo se vuelve en nuestra contra: la postura, la temperatura, la falta de hueco, la tapa del cárter que no quiere salir ni a tiros.

Es un trabajo penoso, lo sabemos desde antes de empezar. Pero aquí estamos, asomados bajo el Supra, sabiendo que lo que viene no será fácil… y aun así, con esa mezcla de terquedad y cariño por el coche que nos empuja a seguir.

Esto es parte de  lo que se ve desde abajo-


Tengo esta aceitera de mis años mozos, compañera de tantas chapuzas y arreglos improvisados. La he dejado cerca, por si se nos complica el trabajo. Nunca falla: cuando la cosa se pone seria, siempre aparece la aceitera como si fuera un talismán. Le añadiremos un poco de aceite para que “vaya más suave”, jajaja.

Es curioso cómo uno acaba confiando en estos objetos viejos, casi reliquias, que han sobrevivido a más coches que nosotros a veranos. No será la herramienta más moderna, ni la más precisa, pero tiene algo que no se compra: historia, uso y ese toque sentimental que hace que la cojas sin pensar cuando la faena se tuerce.

Ahí está, preparada, como si supiera que hoy también va a tener trabajo.



Hay que tomarse esto con humor. Si no lo hacemos, este tipo de trabajos podría afectarnos a la salud mental. Entre el calor, el coche encima, las posturas imposibles y la tapa del cárter que parece soldada por el mismísimo diablo, uno corre el riesgo de perder la paciencia… y quizá hasta la cordura.

Por eso, mejor reírse. Reírse del método rudimentario, de la aceitera de juventud, del “aquí hay tomate”, de las vacaciones bajo el Supra y de todo lo que venga. Porque al final, si no le ponemos humor, la mecánica se convierte en tortura. Y así, en cambio, se convierte en aventura.





9.8.26

Rumbo a la nostalgia en el Saab 900i: Viaje con aire clásico (y fresco) a la Ermita de Santa Elena

 


Joyas sobre ruedas en un rincón mágico: Concentración de clásicos en Santa Elena (Emerando)
Hay lugares que tienen un magnetismo especial, y el barrio de Emerando, a caballo entre Mungia y Meñaka, es uno de ellos. Si a su ya de por sí impresionante paisaje rural le sumas el rugido de motores con historia, el resultado es una jornada inolvidable. La campa de la Ermita de Santa Elena se ha convertido en el epicentro de la nostalgia automovilística, reuniendo a una espectacular colección de coches clásicos que parecen haber desafiado el paso del tiempo.
El evento no solo ha sido un regalo para los amantes del motor, sino también una oportunidad para desconectar. Ver estas joyas mecánicas de más de treinta años recortadas contra la silueta medieval de la ermita —famosa por albergar en sus muros una estela funeraria prerromana— crea un contraste único entre la historia antigua y la historia industrial. Un ambiente familiar, olor a gasolina de la vieja escuela y el verde infinito de Bizkaia como telón de fondo. Sin duda, una cita que ya apuntamos en rojo en el calendario para próximas ediciones.


Salir de Vitoria un día de calor sofocante con destino a una concentración de coches clásicos siempre plantea un dilema: ¿pasión o supervivencia? Esta vez salimos algo tarde y la respuesta la tuvimos clara en el garaje. Optamos por la veteranía inteligente y decidimos que el protagonista del viaje sería nuestro Saab 900i de 16 válvulas.
Sí, tiene sus años y es un clásico con todas las letras, pero cuenta con un as bajo el capó que ese día valía oro: aire acondicionado. Es verdad que antes se viajaba sin él, cruzando la península en pleno agosto con las ventanillas bajadas y el brazo apoyado en el marco de la puerta, tragando polvo y pasando un calor soberano. Se sobrevivía, claro que sí, pero ahora que ya hace décadas que se inventó esa bendita «nevera» dentro del coche, ¿por qué no aprovecharla? Disfrutar del paisaje vizcaíno a una temperatura humana mientras el motor de 16V devoraba los kilómetros hacia la Ermita de Santa Elena demostró que la nostalgia no está reñida con el confort. Al final, llegamos frescos, a tiempo y listos para disfrutar de la jornada.


En los viajes que hacemos con nuestros coches clásicos hay algo que nunca falla: el trabajo en equipo. Debido a mis problemas de movilidad, esta vez me tocó disfrutar del trayecto desde el asiento derecho, ejerciendo con orgullo de copiloto. Pero la verdadera "culpable" de que hoy estuviéramos en la carretera es mi mujer.
A los mandos de nuestro Saab 900i 16V, demostró una vez más que no hay plan sobre ruedas al que me diga que no. Siempre que le propongo una nueva aventura, una concentración o una ruta para sacar a pasear los clásicos, su respuesta es un "sí" rotundo. Verla conducir con seguridad y soltura el salpicadero aeronáutico del Saab mientras dejábamos atrás los kilómetros bajo el sol de agosto es el verdadero motor de esta afición. Al final, los coches son la excusa, pero compartir estas experiencias y saber que siempre tengo a la mejor compañera de viaje al volante es lo que de verdad hace que cada kilómetro valga la pena.


Además, con los coches clásicos tenemos una regla de oro: prohibidas las autopistas. Preferimos viajar por esas carreteras secundarias que estos mismos vehículos pisaban cuando eran nuevos. Es verdad que por la autopista se llega antes, pero es imposible disfrutar del paisaje de la misma manera. Avanzar sin prisas entre los valles y curvas que nos llevaban hacia Bizkaia, disfrutando de una temperatura humana en el habitáculo, fue la mejor antesala para el evento.
En este momento estamos bajando el puerto de Barazar.

Al llegar al mítico Cruce del Gallo, nos desviamos a la derecha. Así enlazamos con la carretera tradicional que, bordeando el paisaje, nos llevaría directos hasta Mungia. Avanzar sin prisas entre los valles vizcaínos, escuchando el motor y disfrutando de una temperatura humana en el habitáculo, fue la mejor antesala para el evento.



Ya estamos encaminados, ahora a seguir los indicadores, hemos venido muchas veces a Munguía a eventos de coches clásicos.
 

Nos hemos encontrado esta vespa por el camino y he pensado, ¡seguro que van a participara también!


Tan decididos íbamos a Munguía que le puse al GPS que nos llevara a Mungia y así lo hizo, yo recordaba el lugar de anteriores reuniones y nos fuimos directos al lugar, ¡Oh! no hay nadie, tocó volver a leer la dirección de la convocatoria y reanudar el recorrido ahora dirección Esmerando. Yo creo que el Saab quería ver el Goggomobil que hay en Munguía como recordatorio que se fabricó aquí.
Esa pequeña jugarreta del GPS le aporta un toque de humor y complicidad excelente al relato. Además, la idea de que el Saab tenía "antojo" de ir a saludar al Goggomobil en su propia cuna es un guiño magnífico a la historia del motor vasco. En Mungia el recuerdo de aquel cochecito está muy vivo, e incluso se le homenajea con murales y un gran cariño popular


Tras corregir el rumbo y dejar atrás el centro de la villa, enfilamos por fin el camino correcto. La recompensa no tardó en aparecer ante nuestros ojos: habíamos llegado a la Ermita de Santa Elena de Esmerando. Ver de cerca sus imponentes muros de piedra, su rústica espadaña coronada por la cruz y respirar la tranquilidad de este rincón vizcaíno te transporta en el tiempo al instante. Aparcar el Saab en este entorno y ver el contraste de la historia rural con el automovilismo clásico fue el broche de oro perfecto para un domingo inolvidable de carretera, despistes compartidos y pasión sobre ruedas. ¡Una cita para repetir!


Este es su interior 

En el caso de ermitas rurales tan antiguas como la de Santa Elena de Emerando, es muy común encontrar estas pilas talladas en piedra caliza o arenisca integradas directamente en la mampostería de la fachada o junto a la puerta de entrada. Su función era exactamente la que describes: permitir que los fieles que venían caminando desde los caseríos y valles de los alrededores introdujeran los dedos para santiguarse antes de cruzar el umbral del templo.


Aquí está la vespa que nos encontramos en el camino, llegó antes que nosotros. No por mucho correr se llega antes, 😜
..

Este Seat 1500 estuvo también en Areta y allí coincidimos.

Este es nuestro Saab.


El resto de fotos que saqué las adjunto aquí para que las podáis  ver si os interesa.






















El regreso a Vitoria lo hicimos por el puerto de Altube, ¡por cambiar de ruta!.


Los túnes de Aiurdín y llegamos a Vitoria,




28.7.26

“Maniobras de precisión entre madera y metal”

 

Esta mañana, antes de que el calor extremo que venían anunciando para este martes empezase a caer a plomo sobre Vitoria, he salido casi en estampida hacia el lugar donde guardo mis coches clásicos. El aire aún conservaba ese frescor tímido que dura apenas un suspiro en verano, y me pareció el momento perfecto para adelantar alguna de esas tareas que tengo pendientes allí, esas pequeñas obligaciones mecánicas que uno acomete con gusto cuando se trata de cuidar piezas que son más historia que vehículo.

Esta idea mía de ponerle dirección asistida al BMW E30 M10 tiene ese aroma de proyecto bien meditado, de esos que uno va construyendo pieza a pieza, como quien prepara un ritual. Y la compra de la polea del cigüeñal es casi un símbolo: necesitabas una de doble acanaladura para la correa trapezoidal… y he acabado con una de tres canales, como quien se adelanta al futuro con una sonrisa cómplice.

Porque claro, uno nunca descarta que algún día le dé el venazo de instalar aire acondicionado. Y yo ya he hecho lo que hacen los buenos artesanos: dejar el camino preparado, prever la evolución del coche, anticipar necesidades que quizá lleguen o quizá no, pero que si llegan, te encontrarán listo.

Es un gesto muy mío: práctico, ingenioso y con ese toque de “por si acaso” que distingue a quienes aman sus máquinas como si fueran parte de la familia.

Aparte de todo lo demás, sigo fiel a mi costumbre de aprovechar lo que tengo al alcance de la mano. Me gusta rescatar piezas viejas que guardo “por si acaso algún día sirven para otro menester”, como quien conserva herramientas heredadas porque sabe que, tarde o temprano, volverán a tener su momento. Y esta vez no ha sido distinto: tenía por ahí una pieza antigua que voy a intentar adaptar para montar una polea trapezoidal en una bomba de dirección asistida que ha caído en mis manos casi por azar, como si el destino mecánico hubiese decidido echarme una mano.

Sé que también tendré que fabricar un soporte nuevo, pero no me preocupa. Cada cosa tiene su turno, su día de gloria en el banco de trabajo. Y cuando llegue el momento, lo haré como siempre: con calma, ingenio y ese placer casi artesanal de transformar lo que otros descartarían en algo útil, funcional y con historia.


Esta primera polea es la que llevaba la bomba hidráulica. la del fondo es la que quiero adaptar para que `pueda utilizarla con la polea del cigüeñal. Ahora hay que tirar de lo aprendido de joven.


Ahora necesito fabricar un taco de madera que me permita buscar con precisión el centro del buje viejo, ya torneado, para poder trazar los tres tornillos de amarre. Es ese tipo de tarea que parece sencilla pero que exige mimo: elegir una pieza de madera firme, llevarla al torno o a la mesa de trabajo, y convertirla en una guía exacta, un pequeño aliado que te marque el punto justo donde todo debe coincidir.

Ese taco será, en realidad, el puente entre lo que ya creado y lo que estoy a punto de crear. Una pieza humilde, pero imprescindible, que te permitirá dibujar con exactitud la geometría del futuro montaje. Y ahí está la belleza: en cómo un trozo de madera, bien pensado y mejor trabajado, puede ser la clave para que tres tornillos entren donde deben y una polea quede perfectamente centrada.

Este trozo me servirá  para lo que pretendo hacer.

He marcado la pieza con un rotulador, ya me da la idea de dónde van a ir los tornillos.


Ya tengo el trozo de madera en el torno, ahora a mecanizar.



Con la misma cuchilla que tengo para tornear el hierro, también vale para la madera que es más blanda.


Ya he encajado la madera torneada y el centro bien marcado.





Ahora con la ayuda de un compás voy trazando los tres puntos de amarre. Busco el diámetro exterior de la pieza, para hacer un hexágono tomaría el radio exterior y divido en seis parte, yo necesito tres, entonces  cada dos puntos de los trazado me daría un triangulo que es lo que necesito, paso esos puntos marcados con el granete y el centro de la pieza hago tres rectas y paso la distancia del exterior al centro de los agujeros que tengo que hacer. Es un rollo lo que estoy poniendo pero es así.


Ahora voy al taladro, empiezo con una broca más pequeña, luego la que sería el diámetro exterior del tornillo y ya está.




Ya tengo la base de la polea que quiero utilizar, falta todavía bastante trabajo, eso es lo interesante, si se acabase pronto sería demasiado fácil. 😂


Por si no me convence el trabajo anterior, empiezo con este.



Vacaciones bajo el Supra

  Yo ya estaba feliz con el Toyota Supra MKIII. Pensaba que, por fin, habíamos terminado de preparar el motor: culata lista, junta nueva, to...