28.6.26

El Quadrifoglio Oro que sigue contando historias

Alfa Romeo 90 V6 Quadrifoglio Oro Zender: la elegancia discreta de los ochenta

Hay coches que no necesitan levantar la voz para hacerse notar. No buscan la estridencia ni el protagonismo fácil; simplemente existen, con esa elegancia silenciosa que solo los clásicos auténticos saben sostener. El Alfa Romeo 90 V6 Quadrifoglio Oro Zender pertenece a esa estirpe: la de los vehículos que se ganan el respeto sin pedirlo.

Nacido en 1984 bajo la pluma de Bertone, el Alfa 90 fue siempre un coche peculiar, casi un secreto bien guardado dentro de la familia Alfa. Pero en su versión V6 Iniezione Quadrifoglio Oro, y más aún en la rarísima preparación Zender, alcanza una dimensión distinta: la de los sedanes que combinan sobriedad, músculo y una personalidad que hoy resulta irrepetible.

El corazón del coche es el mítico V6 Busso 2.5, un motor que no se arranca: se despierta. Su sonido metálico, casi operístico, acompaña cada aceleración como si el coche quisiera recordarte que, aunque parezca un señor serio de traje y corbata, lleva dentro un alma deportiva. Con sus 156 caballos y una suavidad mecánica que enamora, el Busso convierte cada kilómetro en una pequeña ceremonia.

La edición Zender añade ese toque ochentero que tanto nos gusta: parachoques pintados en el color de la carrocería, llantas exclusivas, faldones y detalles que le dan una presencia más baja, más ancha, más segura de sí misma. No es un coche que grite; es un coche que insinúa. Y eso, en un mundo lleno de estridencias, es casi un acto de elegancia.

Hoy, encontrar uno es casi como encontrar un trébol de cuatro hojas en un prado inmenso. Los Quadrifoglio Oro ya son escasos; los Zender, directamente, piezas de colección. Cada unidad que sobrevive es un pedazo de historia de Alfa Romeo, un testimonio de una época en la que la marca aún jugaba con líneas rectas, interiores futuristas y motores que parecían hechos a mano.

Quizá por eso, cuando uno se cruza con un Alfa 90 Zender, no ve solo un coche. Ve una forma de entender la conducción, una manera de mirar el mundo desde detrás de un volante que ya no se fabrica. Ve un pedazo de memoria mecánica, un guiño a los años en los que la carretera era un lugar para sentir, no solo para llegar.





Conducir un Alfa Romeo 90 V6 Quadrifoglio Oro Zender no es solo una experiencia mecánica; es una forma de relación. Estos coches, tan discretos como singulares, no se limitan a llevarte de un punto a otro. Te acompañan. Te hablan. Te enseñan cosas que los coches modernos ya no saben decir.

Lo primero que uno aprende es que el Alfa 90 no tiene prisa. No porque sea lento, sino porque invita a disfrutar del tiempo. En un mundo que corre sin mirar atrás, él te recuerda que la carretera también puede ser un lugar para pensar, para escuchar, para sentir cómo el Busso respira bajo el capó. Cada vibración, cada cambio de marcha, cada sonido metálico es un recordatorio de que la conducción puede ser un acto íntimo.

La edición Zender, con su estética más baja y más afilada, añade un matiz curioso: la gente no sabe exactamente qué está viendo. No es un coche famoso, no es un modelo que aparezca en las listas de “clásicos imprescindibles”, y sin embargo, cuando lo aparcas, siempre hay alguien que se queda mirando. No con la admiración ruidosa que despierta un deportivo moderno, sino con esa curiosidad silenciosa de quien descubre algo que no esperaba.

Y ahí está la magia: el Alfa 90 Zender no presume, pero intriga.

Convivir con él también significa aceptar sus manías. Los clásicos tienen carácter, y este no es la excepción. A veces te pide paciencia, otras te recompensa con una suavidad que parece imposible para un coche de su época. Hay días en los que el Busso ruge como si quisiera recordarte que fue diseñado por gente que amaba los motores, no por algoritmos. Y hay otros en los que simplemente se deja llevar, como un viejo amigo que te acompaña sin hacer ruido.

Pero lo mejor llega cuando lo miras desde fuera, después de apagar el contacto. Ese momento en el que el motor se enfría y el silencio llena el garaje. Ahí entiendes que no tienes un coche: tienes una historia. Una pieza de una época en la que Alfa Romeo aún jugaba con la elegancia, la innovación y la audacia. Una época en la que Zender podía transformar un sedán sobrio en un objeto de deseo para quienes sabían mirar.

Quizá por eso, cada vez que cierras la puerta, sientes que estás cuidando algo más que metal. Estás preservando una forma de entender la conducción que ya casi no existe. Una forma que, como tantas cosas buenas, se ha vuelto rara, valiosa y profundamente personal.

En el Alfa Romeo 90, especialmente en las versiones más equipadas como el Quadrifoglio Oro, el salpicadero escondía una sorpresa que hoy parece casi un guiño humorístico de la ingeniería italiana: una maleta extraíble, integrada en la parte baja del salpicadero, justo donde otros coches llevan una guantera convencional.

Una maleta de verdad, con asa, forma rectangular y tamaño suficiente para documentos, mapas, herramientas pequeñas o incluso el maletín del trabajo.

Hoy, encontrar un Alfa 90 con la maleta original es casi un milagro. Muchos se perdieron, se rompieron o simplemente se tiraron cuando el coche envejeció.

Las unidades completas se buscan como pieza de colección, igual que las llantas Zender o el cuadro digital.


En Alfa Romeo, el trébol de cuatro hojas siempre ha sido símbolo de prestaciones y nobleza mecánica. Pero en el Alfa 90, el Quadrifoglio Oro no era la versión deportiva: era la versión de lujo, la más equipada, la más cuidada, la que Alfa reservaba para quienes querían un sedán elegante sin renunciar al carácter.

El “Oro” hacía referencia al nivel de acabado:

  • Materiales de mayor calidad

  • Equipamiento superior

  • Detalles exclusivos

  • Presentación más refinada

Era, en esencia, el Alfa 90 “para señores”, el que se veía en despachos oficiales, en manos de directivos, y sí, también en cuerpos policiales de alto rango.




Hay coches que llegan a tu vida por casualidad, y otros que llegan porque detrás de ellos hay una persona que te ha acompañado siempre. Este Alfa Romeo 90 Quadrifoglio Oro Zender no es solo un clásico raro, ni un sedán elegante de los ochenta, ni un Busso que canta como pocos. Este coche perteneció a un buen amigo, de esos que no se eligen: se encuentran en la infancia y se quedan para siempre.

Nos conocemos desde niños. Compartimos el instituto, horas de trabajo, risas, proyectos, y esos domingos de monte que eran casi un ritual. Caminábamos entre senderos, hablando de todo y de nada, con esa confianza que solo se construye cuando la vida te ha visto crecer al lado de la misma persona.

Y mientras nosotros hacíamos camino, él tenía este coche. Un Alfa 90 que, como él, era discreto por fuera y especial por dentro. Un coche que no presumía, pero que tenía carácter. Un coche que, igual que nuestro amigo, sabía estar sin hacer ruido, pero siempre estaba.

Hoy, tantos años después, seguimos juntándonos muchos domingos. El monte sigue ahí, nosotros seguimos ahí, y este Alfa 90 también sigue ahí, como un testigo silencioso de todo lo que hemos vivido. Cuando lo ves, no ves solo un clásico italiano: ves la historia de una amistad que ha resistido décadas, trabajos, caminos, cambios y domingos enteros de conversación.

Quizá por eso este coche tiene algo distinto. No es solo metal, ni solo mecánica, ni solo nostalgia. Es un puente entre lo que fuimos y lo que seguimos siendo. Un recordatorio de que hay personas —y coches— que forman parte de tu vida de una manera que no se puede explicar con fichas técnicas.

El Quadrifoglio Oro Zender es raro, sí. Pero más raro aún es encontrar amistades que duren tanto como él. Y cuando ambas cosas coinciden, el coche deja de ser un clásico: se convierte en memoria sobre ruedas.





Hoy, 28 de junio de 2026, el Alfa Romeo 90 ha vuelto a salir a respirar.
Pero esta vez no lo he llevado yo.
Lo ha conducido mi hijo, que es —aunque el coche esté a mi nombre— su verdadero propietario. Porque al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios. Y este Alfa 90, este viejo conocido, este compañero de historias, ya es suyo por derecho propio.

Nos ha llevado a dar un paseo, como quien devuelve a la vida un recuerdo.
Y mientras avanzábamos, sentí algo que solo los coches con historia pueden provocar: la sensación de que el tiempo no pasa igual cuando el motor que te acompaña ha visto tantas cosas.

Y mientras avanzábamos, pensé que algunos motores no solo mueven coches.

También mueven historias.


"Agárrate que nos vamos"

Iniciamos el pequeño recorrido desde Vitoria, dejando atrás la ciudad que tantas veces nos ha visto salir y volver. El día estaba claro, de esos que invitan a rodar sin prisa, y el Alfa Romeo 90 parecía agradecer que lo despertáramos de nuevo. Ese coche, que ya es casi un viejo amigo más, volvió a ponerse en marcha como si reconociera el camino.

Mi hijo al volante, nosotros acompañando, y el Busso marcando el ritmo con esa voz metálica que nunca envejece. Salimos por la carretera que nos lleva hacia el Condado de Treviño, ese enclave curioso que siempre ha sido como una pequeña isla dentro de Álava. Lo hemos recorrido tantas veces que casi podríamos hacerlo con los ojos cerrados, pero hoy tenía algo distinto: el coche que nos llevaba era parte de nuestra historia.

En este punto entramos en el Condado de Treviño (Burgos)




Subimos por el puerto de Vitoria, dejando atrás la ciudad y entrando en Burgos por esa puerta natural que tantas veces hemos cruzado. El día estaba templado, con esa luz que hace brillar los montes y suaviza los contornos de los pueblos. El Alfa Romeo 90, fiel a su estilo, avanzaba sin prisa, como si reconociera cada curva desde hace décadas.

Entramos en el Condado de Treviño, ese enclave que siempre parece un pequeño mundo aparte. Pasamos por las Ventas de Uzquiano, donde el paisaje empieza a abrirse y los campos se extienden como páginas de un libro antiguo. Luego Uzquiano, con sus casas de piedra que resisten el tiempo, y más adelante Albaina, tranquila, recogida, casi detenida en una postal.

Mientras rodábamos, fuimos observando los campos. Algunos ya tenían la mies recogida: surcos limpios, ordenados, como si la tierra hubiera respirado después del trabajo. Otros, en cambio, seguían esperando la siega, dorados y altos, moviéndose con el viento como un mar pausado. Esa mezcla —lo ya hecho y lo que aún queda por hacer— siempre da una sensación de continuidad, de ciclo, de vida que no se detiene.

El Alfa 90 parecía encajar en ese paisaje como si hubiera nacido para él. Su motor Busso sonaba firme, sin estridencias, acompañando la ruta como un viejo narrador que conoce cada detalle. Mi hijo al volante, nosotros disfrutando del paseo, y el coche —ese viejo conocido que perteneció a un amigo de la infancia— avanzando como si quisiera mostrarnos que todavía tiene mucho que decir.

Cada pueblo, cada campo, cada curva era un pequeño recordatorio de que esta tierra y este coche han sido parte de nuestra historia. Y hoy, mientras atravesábamos Treviño, sentí que el Alfa 90 no solo nos llevaba por la carretera: nos llevaba también por los recuerdos, por los años compartidos, por los domingos de monte, por la amistad que nunca se ha roto.

Y así seguimos, entre mies recogida y mies por recoger, entre pueblos que parecen detener el tiempo y un coche que lo guarda todo en silencio. Un paseo sencillo, sí. Pero lleno de significado.





En Uzquiano hicimos una de esas paradas que no necesitan explicación. El pueblo apareció entre los campos dorados, discreto, silencioso, casi escondido, y allí, como siempre, la iglesia románica nos llamó la atención. No importa cuántas veces pasemos por aquí: esa iglesia tiene algo que obliga a detenerse, a bajar del coche y a mirar.

Mi hijo detuvo el Alfa Romeo 90 junto a la plaza, y mientras el motor Busso se quedaba en silencio, salimos a respirar el aire del pueblo. La piedra de la iglesia, dorada por el sol de la tarde, parecía contar siglos de historia. Es pequeña, humilde, pero tiene esa presencia que solo los edificios antiguos conservan: una mezcla de serenidad y firmeza que te hace sentir que estás ante algo auténtico.




Después de recorrer Treviño, Uzquiano, Albaina y esos campos que alternaban la mies ya recogida con otras aún esperando la siega, emprendimos el camino de vuelta. Tocaba subir de nuevo el puerto de Vitoria, esta vez dirección Vitoria, valga la redundancia, porque hay rutas que se nombran dos veces para que quede claro que son parte de nuestra vida.

El Alfa Romeo 90 afrontó la subida con esa serenidad que solo tienen los coches que ya han visto muchas carreteras. Mi hijo mantenía el ritmo, sin prisas, dejando que el Busso respirara a su manera, firme y metálico, como si el motor estuviera disfrutando tanto como nosotros del regreso.

El puerto, con sus curvas amplias y su paisaje que se abre hacia Álava, parecía recibirnos como un viejo conocido. A un lado, los montes; al otro, los campos que ya empezaban a cambiar de color con la tarde. Y en medio, nosotros tres, avanzando en ese coche que une generaciones, amistades y recuerdos.

Mientras subíamos, pensé en lo curioso que es volver por el mismo camino por el que uno ha ido. La carretera es la misma, sí, pero el regreso siempre tiene un tono distinto: más tranquilo, más reflexivo, más nuestro. El Alfa 90 lo sabe. Es un coche que acompaña, que no exige, que simplemente está. Y hoy, en esta subida hacia Vitoria, parecía casi orgulloso de seguir formando parte de nuestras rutas.

Al coronar el puerto, la ciudad apareció al fondo, como una bienvenida silenciosa. El sol empezaba a bajar, la luz se hacía más suave, y el Alfa 90 seguía avanzando con esa dignidad que solo tienen los clásicos que han sobrevivido al tiempo y a las modas.

Era el final del paseo, sí. Pero también era una confirmación: este coche, este día, esta ruta… todo sigue vivo, todo sigue en marcha, todo sigue formando parte de nuestra historia.



Entramos en Vitoria con esa sensación tranquila que siempre acompaña el final de una buena ruta. La ciudad nos recibió con su ritmo habitual, como si nada hubiera pasado, pero nosotros veníamos con el corazón un poco más lleno. El Alfa Romeo 90, después de Treviño, Uzquiano, Albaina y los campos dorados, avanzó por las calles conocidas como quien vuelve a casa después de reencontrarse consigo mismo.

Llegamos al garaje y guardamos el coche. El motor Busso se apagó con ese suspiro metálico que parece decir “hasta aquí por hoy”. Pero mientras cerrábamos la puerta, todos sentimos lo mismo: ganas de volver a sacarlo. No dentro de un mes, ni en una fecha especial. No. En una ocasión próxima, en cuanto el día lo permita, en cuanto el cuerpo lo pida, en cuanto el coche lo reclame.

Porque este Alfa 90 no es un coche que se use y se olvide. Es un coche que, cuando lo guardas, ya estás pensando en la próxima salida. Un coche que ha unido generaciones, que ha acompañado amistades, que ha visto domingos de monte, que ha cruzado Treviño tantas veces que casi podría hacerlo solo.

Hoy, 28 de junio de 2026, lo guardamos con la certeza de que volverá a salir pronto. Porque hay máquinas que no se apagan: solo descansan. Y este Alfa 90, este viejo conocido que ahora conduce mi hijo, tiene aún muchos kilómetros de historia por delante.


Hasta pronto.


26.6.26

Hoy otro viaje a la ITV

 Hoy por la mañana nos ha tocado ir de nuevo a la ITV teníamos el Opel Astra a punto de caducarse. Hemos salido de Vitoria y aún se podía andar sin aire acondicionado pero ya de regreso de Miranda de Ebro ya hubiese sido necesario cerrar las ventanas y haber puesto el aire, nos aguantamos el deseo, desafortunadamente no tiene aire.

Allá vamos mi hijo y yo con paso alegre y marcial, bueno no tanto, siempre cabe la duda de si pasará bien o nos encuentran un fallo que nosotros no hayamos detectado.



Ya estamos cerca de Miranda de Ebro, siempre venimos aquí, no se si es que somos como los animales de costumbres o es que  así nos damos un paseo en coche.


Teníamos cita previa pero o había muchos coches o iba retrasado pero pese a que llegamos a la hora tuvimos que esperar un buen rato hasta que nos tocó el turno.


Por fin se pasó la inspección y con resultado satisfactorio, ya pudimos retirar la pegatina del años pasado y poner la de 2027.


Ya vamos de regreso, en este momento llegando a los túneles de Peña María


Todo salió bien y pudimos celebrarlo con un trago de anticongelante humano.😂😅

Después del brindis no nos quedaban ganas de empezar a trabajar, tengo pendiente el cambiarle la dirección y ponerle una asistida. Estuvimos la semana pasada en una concentración de coches, llevé este BMW y era costosísimo el mover la dirección tambien influirá la edad del conductor pero ya no estoy para hacer esfuerzos y le voy a poner asistida. Ahora es asistida por fuertes brazos pero ya me fallan. 



Ya tengo la dirección de un E30 y se la voy a montar a mi coche, me faltan algunas piezas para ponerla como la original necesito la polea doble de salida del cigüeñal, la bomba hidráulica  y la cruceta de dirección.


La dirección la compre de segunda mano, mirando la referencia de BMW es la original de los BMW E30 de la época.



Tengo esta cardan de  un BMW E36 pero no me sirve, la que tiene actualmente tampoco, Ya le buscaré la forma de poder ponerla, en carretera no la echo en falta pero en las maniobras en  parado es agotador.



Esta sería la que necesito, las hay pero a un precio elevado. Esperaré para ver si aparece una milagrosamente barata y buena.


Todo se andará. 




21.6.26

Clásicos en Bedia: una mañana con sabor a motor antiguo

 Hoy, domingo 21 de junio, tocaba actividad de coches clásicos en Bedia. Bedia, para quien no lo conozca, es un municipio de la provincia de Vizcaya, en pleno País Vasco. Apenas 15 kilómetros lo separan de Bilbao, pero conserva ese aire tranquilo de los pueblos de la comarca de Arratia, donde el río Ibaizabal atraviesa el valle como si llevara siglos afinando su propio murmullo.

La mañana amaneció luminosa, de esas que invitan a sacar a pasear a los veteranos de cuatro ruedas. Los coches iban llegando poco a poco, cada uno con su personalidad: cromados que brillaban como espejos, motores que respiraban hondo al ralentí, colores que ya no se fabrican pero que siguen despertando sonrisas. El ambiente era relajado, sin prisas, como debe ser en este mundo donde el tiempo se mide en conversaciones apoyados en un guardabarros.

Y después llegó lo mejor: la ruta.

Hubo una ruta preciosa por los paisajes que se disfrutan en este rincón de Bizkaia. El recorrido discurría por Archanda, pero antes tocaba pasar por Galdácano, ese tramo que parece hecho a propósito para que un clásico se estire, respire y recuerde lo que es sentirse joven. Desde allí comenzó el ascenso al Monte Artxanda, con sus curvas suaves, sus miradores naturales y ese horizonte que se abre poco a poco sobre Bilbao como si la ciudad se quitara el sombrero para saludar a los coches que suben.

El paisaje estaba especialmente animado porque coincidía con las fiestas de San Juan en Bedia, que se celebran del 19 al 24 de junio. Había ambiente en los barrios, música en el aire, gente disfrutando del día. Todo eso añadía un toque festivo a la ruta, como si los clásicos formaran parte del programa oficial de las fiestas.

Entre saludo y saludo, entre anécdota y anécdota, la mañana fue pasando como pasan las buenas mañanas: sin darnos cuenta. Y al final, uno se queda con esa sensación tan tuya, Honorio: que mientras existan lugares como Bedia, carreteras como las de Artxanda y gente dispuesta a mantener vivos estos coches, siempre habrá un rincón del mundo donde sentirse en casa.

El domingo de la semana pasada participamos con los coches clásicos en Amorebieta, llevamos el Saab 900i 16 válvulas. Hoy cambiamos de coche, hay que sacar todos uno cada vez pero alternando para darle oportunidad a todos. Hoy ha sido el BMW E30 M10 este lo he llevado yo, al ser automático de momento  puedo conducirlo el resto no, por problemas de movilidad. No me he sentido cómo con este coche por  no tener la dirección asistida, únicamente es asistida por fuertes brazos y los míos ya flaquean debido al castigo que los he sometido al andar con muletas durante muchos años. Tengo pendiente ponerle una dirección asistida para poder andar con él.  


Dejamos el coche ahí aparcado y ahora hacemos un recorrido para ver todos los clásicos participantes.


He sacado muchas fotos, ahora las comparto con vosotros por si os interesa ver algunos de los participantes.


Os dejo solos para que sigáis viendo las fotos por si es de vuestro interés, yo me entretengo poniéndolas aquí 


























Además de coches también había motos.

















Después del recorrido hubo un lunch para los participantes, posteriormente entrega de premiso


Nuestro recorrido desde Vitoria.



En la ruta no participamos debido al calor y que como he dicho anteriormente me dolían los brazos  por la dureza del volante.


El Quadrifoglio Oro que sigue contando historias

Alfa Romeo 90 V6 Quadrifoglio Oro Zender: la elegancia discreta de los ochenta Hay coches que no necesitan levantar la voz para hacerse nota...