El domingo sacamos el Austin Victoria para ir a una concentración de coches clásicos. Entre saludos, motores veteranos y ese ambiente que solo se respira en estas quedadas, no me fijé en un detalle importante: la ITV estaba caducada. Cosas que pasan cuando uno disfruta más del paseo que de los papeles.
Ayer, sin más demora, lo llevamos a pasar la inspección. El Austin, que aunque veterano sigue siendo un señor coche, salió con resultado satisfactorio. Ni un solo problema, todo en orden, como si quisiera demostrar que los años no le pesan tanto como parece. Así que ya tenemos otro año más para seguir circulando con él, con tranquilidad y orgullo.
La verdad es que no andamos mucho con estos clásicos. Miré la ITV anterior y en un año apenas habíamos recorrido cuatrocientos kilómetros. Pero cada uno de esos kilómetros tiene más historia, más cariño y más sabor que muchos miles hechos con coches modernos. No es cuestión de distancia, sino de compañía.
Salimos de Vitoria dirección Miranda de Ebro, como hacemos cada año por pura tradición. Esa ruta ya la conocemos de memoria: el paisaje que se abre, las curvas suaves y ese sonido de domingo que acompaña a los coches clásicos cuando salen a estirar las piernas.
Pero hoy el camino venía con sorpresa. Al llegar al túnel de Peña María nos encontramos obras dentro del interior. La circulación se estrechaba, las luces de emergencia parpadeaban y, como era de esperar, se formó un buen tapón con retenciones. Paciencia, primera, segunda, y a avanzar a ritmo de procesión, mientras el Austin mantenía su compostura de veterano.
Ahora mismo estamos junto al edificio de la ITV, casi como si el destino quisiera recordarnos la aventura de esta semana. Después del susto de la inspección caducada y del alivio de haberla pasado sin problemas, ver el edificio aquí al lado tiene su gracia: una especie de guiño del camino, como diciendo “no te olvides de mí”.
En el parabrisas aún luce la etiqueta amarilla, la correspondiente al periodo 2025–2026, como un recuerdo de los kilómetros tranquilos que hemos hecho este año. Pero hoy vamos con la mirada puesta en la nueva, la ansiada pegatina del periodo 2026–2027, que en esta ocasión es de color rojo. Ese rojo vivo que parece decir: “otro año más, seguimos en la carretera”.
Es curioso cómo un simple adhesivo puede convertirse en un pequeño trofeo. No es solo una fecha: es la confirmación de que el Austin Victoria sigue en forma, que pasa la inspección con dignidad y que nos permite seguir disfrutando de esas escapadas que, aunque pocas, saben a gloria.
Como el resultado fue favorable, ya tenemos nuestra etiqueta nueva en la mano. Mientras la Sra. conduce, yo voy preparando el pequeño ritual: retirar la pegatina vencida y colocar la recién conseguida, la roja, la que nos da permiso para seguir rodando un año más.
Es un gesto sencillo, casi doméstico, pero tiene su encanto. Busco el borde de la etiqueta antigua, la despego con cuidado —como quien retira una página ya leída— y dejo el hueco listo para la nueva. El Austin, mientras tanto, avanza tranquilo, ajeno a la ceremonia, pero con ese aire de coche veterano que sabe que ha cumplido.
La carretera iba despejada, sin contratiempos, como si el domingo nos hubiera reservado un pasillo libre para disfrutar del paseo. El Austin ronroneaba suave, agradecido por volver a moverse después de tantos días de quietud. Y la Sra., con ese tono suyo entre broma y verdad, decía que le iba a quitar la carbonilla al motor después de su largo letargo.
El coche parecía asentir. Cada cambio de marcha, cada aceleración contenida, era como un estiramiento de músculos viejos que vuelven a recordar lo que es sentirse útiles. El paisaje pasaba sin prisa, el motor recuperaba alegría y nosotros, dentro, disfrutábamos de ese momento sencillo que solo los coches clásicos saben regalar.
Entramos en el túnel de Peña María, esta vez en dirección Vitoria. El interior estaba tranquilo, sin señales de obra ni retenciones en nuestro sentido. El problema, como ya intuíamos, estaba en la dirección Burgos, donde las luces de freno y los conos seguían marcando el paso lento de los coches.
Al salir del túnel miramos de reojo hacia el otro carril, casi por curiosidad, para ver si las retenciones continuaban. Y sí, allí seguían: una hilera de vehículos avanzando a cuentagotas, como si el túnel fuera una garganta estrecha que aún no termina de tragar el tráfico.
Nosotros, mientras tanto, seguimos nuestro camino con el Austin ronroneando y la carretera despejada, disfrutando de esa sensación de volver a casa sin prisa.
Salimos del túnel y, como sospechábamos, ahí sigue el problema: cientos de metros de retenciones en sentido Burgos. Una fila compacta de coches avanzando a paso de tortuga, como si el tráfico estuviera masticando lentamente todo lo que entra por Peña María y no diera abasto.
Desde nuestro carril, despejado y en calma, lo vemos casi como una escena paralela: nosotros rodando sin prisa, con el Austin ronroneando satisfecho y la pegatina roja recién colocada, mientras al otro lado la carretera parece atrapada en un bucle de frenazos y paciencia.
En un momento, casi sin aviso, se desarrolló una tormenta con abundante lluvia. El cielo se cerró de golpe y el agua empezó a caer con fuerza, golpeando el parabrisas como si quisiera borrar la carretera. Las escobillas del Austin, fieles pero ya veteranas, se movían con su barrido lento y característico, incapaces de retirar toda el agua que se acumulaba.
El motor seguía ronroneando, la Sra. mantenía el rumbo con firmeza y yo observaba cómo cada pasada de las escobillas dejaba apenas un respiro de visibilidad antes de que otra ola de lluvia volviera a cubrirlo todo. Era como ver al Austin luchar con dignidad contra una tormenta que le quedaba grande, pero sin perder nunca su compostura de clásico.
La pegatina roja queda finalmente en su sitio, brillante, recién puesta, como un pequeño estandarte que anuncia que seguimos en la carretera.
Hoy jueves he ido un rato por la mañana a la nave donde están los coches. Siempre tengo algo que hacer allí, y si no lo hay, se inventa: un tornillo que ajustar, una pieza que revisar, una idea que probar. Es mi manera de mantener vivos estos clásicos y, de paso, mantenerme yo también en movimiento.
Sigo preparando la bomba de dirección, el soporte y el tensor. Trabajo minucioso, de esos que requieren paciencia y brazos firmes. Pero mis brazos, ya castigados por tantos años de mecánica y acompañados por la edad, empiezan a pedir ayuda. Y esta vez se la voy a conceder. No es rendirse: es saber cuándo toca aflojar un poco y dejar que la herramienta o la asistencia hagan su parte.
El Austin, mientras tanto, espera. Y yo, entre piezas y silencios, disfruto de ese rato en la nave que siempre me da más de lo que me quita.
Tengo que roscar un par de tornillos, así que me pongo a buscar la terraja adecuada. Entre cajas, latas y ese caos ordenado que solo entiende quien trabaja en un banco de taller, aparece también el porta‑terrajas que hice en su momento. El original, el que venía con el juego, era tan débil que acabó partiéndose. Así que fabriqué uno a mi manera: más robusto, más fiable y con ese toque artesanal que tienen las cosas hechas por necesidad y por orgullo.
Lo cojo, lo peso en la mano y me hace gracia pensar que, al final, muchas de las herramientas que uso llevan mi firma, aunque sea en silencio. No son perfectas, pero funcionan, y eso es lo que importa cuando uno sigue peleando con piezas, roscas y hierros que ya tienen más años que algunos mecánicos.
Esa pieza que torneé para el tensor ahora necesita rosca, y ahí empieza el desafío. Mi torno es tan simple que no tiene lira, ni caja Norton, ni avances automáticos ni ninguna de esas comodidades modernas. Es un torno de los de antes: pequeño, artesanal, sincero… y que te obliga a pensar cada paso.
Así que toca hacerlo a la vieja usanza, con paciencia y precisión. Presento la terraja, alineo el inicio de la rosca y dejo que la herramienta haga su trabajo mientras yo acompaño el giro, sintiendo cómo muerde el acero poco a poco. No hay engranajes que marquen el paso, no hay avances sincronizados: solo mis manos, la herramienta y la pieza que pide su rosca como quien pide un traje a medida.
Y en el fondo, eso también tiene su encanto. Porque cuando el torno no te da nada hecho, cada rosca, cada ajuste y cada pieza terminada lleva un poco más de ti.
La varilla roscada que voy a utilizar como tensor estaba entre el material que guardo en reserva, ese cajón de “por si algún día hace falta” que siempre termina salvando el trabajo. La pieza está bien, pero antes de montarla toca darle un repaso: hay que pasarle la terraja para que las tuercas de tensado entren y salgan suaves, sin enganches ni durezas.
La sujeto en el tornillo de banco, preparo la terraja y empiezo a trabajarla con calma. El acero muerde despacio, la rosca se limpia, se afina, y la varilla queda lista para cumplir su función en el tensor. Es un detalle pequeño, pero de esos que marcan la diferencia entre un ajuste tosco y uno que funciona como debe.
En el taller, estas cosas siempre llevan su tiempo… y su satisfacción.
Ya está todo hilvanado. Las piezas encajan, la varilla roscada está lista, el tensor toma forma y el torno —con su humildad de siempre— ha cumplido. Aún habrá que darle algún pequeño retoque, ajustar un detalle aquí, repasar otro allá… pero el reloj empieza a apretar y se me hace la hora del regreso a casa.
Así que lo dejo todo en stand‑by, esperando la próxima visita a la nave. Las herramientas quedan donde deben, las piezas reposan en silencio y el trabajo, aunque no terminado, avanza. Mañana o cuando toque, volveré a darle vida a este proyecto que, como todos los de taller, se hace a ratos, con paciencia y con ganas.
Yo, haciendo estas cosas, disfruto mucho, incluso más que cuando salgo por ahí con los coches. Es un gusto distinto, más íntimo, más mío. Al fin y al cabo, es un trabajo que inicié a una edad muy temprana, casi de crío, cuando la mecánica era descubrimiento, reto y juego a la vez. Y lo sigo disfrutando igual, con la misma curiosidad y la misma satisfacción de ver cómo una pieza encaja, cómo una rosca queda fina, cómo una herramienta hecha por mis manos sigue funcionando.
El taller, la nave, las piezas… todo eso es parte de mi historia. Y cada vez que vuelvo allí, aunque sea un rato, siento que regreso a un lugar donde el tiempo se mueve a otro ritmo y donde sigo siendo el mismo chaval que aprendió a trabajar el metal y nunca dejó de hacerlo.







