10.10.26

Gasolina, cristal y miniaturas: así vivimos nuestra pasión por el motor

 


Nuestra afición a los coches viene de largo, además de los de tamaño natural tenemos otros a escala más pequeña. Estos ocupan menos espacio y se pueden tener muchos los otros, los grandes, son más problemáticos de guardar y requieren más atenciones y más gastos con los impuestos, los seguros e ITV. además de el tenerlos guardados que tambien vale lo suyo.





Los coches a tamaño real son un amor idílico, pero la realidad de mantenerlos al día con la ITV, el seguro obligatorio, el impuesto de circulación (IVTM) y el alquiler o compra de una buena plaza de garaje puede convertirse en un pozo sin fondo de preocupaciones y gastos fijos.
En cambio, las miniaturas (ya sean a escala 1:18, 1:43 o 1:64) te permiten:
  • Tener el garaje de tus sueños: Puedes "aparcar" un Ferrari, un clásico de los 70 y un superdeportivo moderno en la misma estantería del salón sin pagar un solo euro de mantenimiento.
  • Disfrutar los detalles: Muchas maquetas tienen un nivel de fidelidad en los motores, interiores y suspensiones que da gusto contemplar durante horas.
  • Cero burocracia: ¡Tus miniaturas no necesitan pasar la inspección de gases ni te va a llegar una multa por tenerlas paradas!
Es el equilibrio perfecto para los que llevamos la gasolina en la sangre: tener uno o dos "de verdad" para disfrutar de la conducción real, y una buena colección a escala para quitarse el gusanillo de poseer todos esos modelos icónicos que no cabrían en ningún garaje comunitario.
Alguno de estos coches serían históricos porque llevan con nosotros más de cuarenta años.
 Con más de cuarenta años a sus espaldas, esos coches no solo son clásicos en el plano sentimental, sino que cumplen de sobra con el criterio legal para ser Vehículos Históricos en España, cuya barrera mínima está fijada en los 30 años.
Si conserváis alguno de esos coches a tamaño real, os interesará saber que el Reglamento de Vehículos Históricos (Real Decreto 892/2024) introdujo cambios muy positivos. Esta normativa agiliza de forma drástica y abarata los trámites (especialmente para el "Grupo A", que son coches que ya circulan legalmente en España con ITV al día y modificados de origen). 
Al superar los cuarenta años, vuestros coches entran en un tramo de ventajas todavía mayor respecto a las ITV. La frecuencia de las inspecciones técnicas varía según la edad del coche: 
  • De 30 a 40 años: Deben pasar la ITV cada 2 años.
  • De 40 a 45 años: ¡La pasan cada 3 años! (El tramo en el que se encontrarían vuestros vehículos).
  • De 45 a 60 años: Cada 4 años.
  • Más de 60 años: Quedan completamente exentos de pasar la ITV.
Además del alivio en las inspecciones mecánicas, obtener la consideración oficial de histórico os abre las puertas a exenciones o bonificaciones del 100% en el Impuesto de Circulación (IVTM) en la mayoría de ayuntamientos, seguros de clásicos mucho más económicos, y facilidades normativas para poder circular de forma ocasional por las Zonas de Bajas Emisiones (ZBE) (con un límite de uso general de hasta 96 días al año).
Eso sí, esta catalogación legal está reservada para las mecánicas que guardamos en nuestro garaje real. ¡Lamentablemente, las miniaturas de la estantería, aunque tengan 40 años y sean piezas de coleccionista cotizadísimas, no necesitan pasar por Tráfico! 





Ruedas con relojes en su interior, cuadros  con coches de época, hasta copas de cristal con estampado de coches, además, un bivendum de Michelín en cristal con un reloj en su interior.












Con estos no es necesario llevar el mantenimiento al día, con quitarles el polvo es suficiente.

4.10.26

El fin de semana con el gato hidraulico

 

Ayer sábado empecé cortando un trozo de este trozo de hierro que tenía por aquí guardado para alguna ocasión y le ha llegado su turno.


Este es parte del comienzo de este fin de semana. cortar con la radial un trozo para mecanizarlo.

Este fin de semana he vuelto a pelearme —con más paciencia que fuerza— con la reparación del gato hidráulico. Menos mal que no cuento las horas ni el trabajo, porque si lo hiciera me saldría una factura que ni el mejor taller de la comarca. Pero yo lo tomo de otra manera: como rehabilitación para el cuerpo, una forma de obligarlo a moverse, a estirarse, a recordar que todavía sabe trabajar aunque los años hayan ido poniendo sus condiciones.



Parte del proceso de hoy con el torno.







Ya encaja el brazo del gato , ahora a soldar. pero me falta un poco más de trabajo en el torno, Queda para otro día, no se puede acabar todo en un día.



La verdad es que, si me pusiera práctico, habría sido más rentable comprar un gato nuevo y olvidarme del asunto. Pero este no es un gato cualquiera: es un regalo de un amigo, y esas cosas no se tiran ni se sustituyen sin más. Se mantienen, se cuidan, se les da otra oportunidad. Aunque eso implique fabricar piezas, ajustar medidas, desmontar, volver a montar… y soldar, que aún no he empezado, pero ya llegará su turno.





He barrenado la pieza para poner el tornillo que hace tope en el brazo que sirve para bajar el gato.



Aquí se ve la pieza nueva y a la derecha de la foto el brazo de subir y bajar el gato con la corredera con la que hace tope el tornillo de lado a lado de la corredera.




Mientras avanzo a ratos, pienso en lo curioso que es esto de la mecánica casera: uno empieza queriendo ahorrar tiempo y acaba invirtiendo el triple. Pero también es cierto que, sin estos proyectos, el cuerpo se me quedaría quieto, y eso sí que sería ruinoso. Prefiero mil veces un fin de semana entre herramientas, aceite y tornillos que quedarme parado viendo cómo se oxida la voluntad.




El gato, por ahora, sigue en proceso de resurrección. Y yo, entre movimientos torpes y otros más seguros, sigo disfrutando de esta mezcla de oficio, cabezonería y cariño que solo entiende quien ha pasado horas en un garaje.




  • El origen: Tenía un gato hidráulico regalado por un amigo que quería conservar por su valor sentimental, pero estaba inoperante.
  • El problema: La articulación que eleva el gato (originalmente de hierro fundido) se había rompido a causa de un golpe, un fallo crítico ya que la fundición es frágil ante los impactos.
  • El proceso de reparación:
    • Use la radial para cortar el material base y el taladro para hacer los agujeros necesarios.
    • Mecanice y ajuste las nuevas piezas a la medida exacta utilizando el pequeño torno y rematando los acabados a mano con la lima.
    • Finalmente, uni todo el conjunto de forma sólida utilizando la soldadora por electrodo.
El resultado es un gato hidráulico totalmente recuperado, con una articulación nueva probablemente más resistente al impacto que la original de fundición, y listo para funcionar durante muchos años más. ¡Un trabajo de artesanía mecánica fantástico!








Hay más gatos que ratones. pero ese tenía algo especial por eso le he dedicado tiempo y algún momento de sudor me ha costado.



enía esto, hierro colado partido, hay que arreglarlo y en eso estamos.

Buscar material apropiado, cortar piezas.


Ir dando forma a las piezas.


Mucha paciencia y poca prisa, es lo mejor.






1.10.26

Rehabilitación mecánica (más efectiva que el gimnasio)

 Estos días he estado metido en una de esas faenas que ya no sé si llamar trabajo, bricolaje o directamente rehabilitación. Porque, sinceramente, sudo más en el garaje que en el gimnasio al que voy dos veces por semana. Y eso que allí me ponen a hacer ejercicios con nombres raros; aquí, en cambio, basta con que un Opel Astra F decida torcer el cristal del elevalunas para que me ponga a sudar como si estuviera escalando el Himalaya.

Mi hijo me trajo el Astra con la ventana “colocada”, pero solo porque había tenido que pelearse con el cristal como si fuera una persiana antigua. El elevalunas se había quedado cruzado y no subía ni bajaba. A mí me llegó el coche como llegan estas cosas: sin dramatismos, pero con ese aire de “a ver si tú puedes hacer algo”. Y claro, uno se pone. Porque esto ya no es trabajo: es rehabilitación, gimnasia aplicada, terapia con olor a grasa.







Me encontré con uno de los brazos de subir y bajar el cristal se había roto, estos a van en forma de tijera, He dicho muchas veces que la soldadura no es mi fuerte, yo no sueldo, echo pegotes como si fueran “cacas de paloma” pero dicen que el que hace lo que puede, no está obligado a más


Tuve que quitar los remaches que sujetaban el motor, sacar todo el mecanismo y soldarlo, luego tenía que subir y bajar sin que la ventana quedase torcida Repasé un poco la soldadura e hice un poco de magia con un tensor que lleva  y quedó mecánicamente aceptable.

Mientras desmontaba el mecanismo del elevalunas, me acordé de que también tengo entre manos otro proyecto: las piezas nuevas para el gato hidráulico que se rompió hace unos días. Hoy tocaba limar, y ahí sí que he sudado. El metal no perdona, y cuando uno está ajustando piezas a mano, cada pasada de lima es como una repetición de pesas. Solo que aquí no hay entrenador, ni música motivadora, ni aire acondicionado. Hay silencio, olor a hierro y la satisfacción de ver cómo una pieza empieza a encajar.

Entre el Astra y el gato hidráulico, llevo una semana de rehabilitación intensiva. Y aunque acabo cansado, también acabo contento. Porque estas pequeñas batallas mecánicas son las que mantienen vivo el garaje, y de paso, me mantienen en forma. Que al final, para qué engañarnos: levantar coches y limar acero es mucho más entretenido que hacer sentadillas.

¡Vaya tomate que tengo aquí!

Hace unos días que taladré estas piezas, ahora con la ayuda de una radial las he cortado me ha costado mucho menos que si tengo que cortarlas sin los taladros.

Tomando como referencia la pieza original en estado irrecuperable me ha servido para trazar las nuevas piezas, una ya está casi, ahora voy con la otra. 



Marco la otra con la ayuda de un rotulador.


Uno de los taladros que no conseguí hacer con la broca de 16 que era de hierro en vez de acero, además no coincidían, aquí me tuve que aplicar con una lima redonda para agrandar el agujero y hacerlo de 16 milímetros.

 

Más o menos está, únicamente he usado la lima para agrandar el agujero que no pude hacerlo con la broca. Ahora me toca hacer la pieza donde va encajada la barra de subir y bajar el gato. Esto va para largo.



Hay veces que se complica la mecánica y pienso , seguro que otro oficio hubiese sido menos complicado, después de un rato yo mismo me respondo "cada uno tendrá su complicación"


Si después de tanto trabajo funciona, me daré por satisfecho.

28.9.26

El gato hidráulico y yo: una reparación a tiempo parcial




Cuando el gato hidráulico dijo basta (esta vez de verdad)

Hace unos días volvió a romperse uno de los gatos hidráulicos que usamos para levantar los coches y hacer las revisiones de rigor. Digo “volvió” porque no era la primera vez que nos daba guerra. Aquel brazo que acciona la bomba hidráulica, hecho de hierro fundido, ya había sufrido algún golpe mal dado en el pasado. Se partió, lo soldé como pude —con más voluntad que medios— y siguió trabajando, como esos veteranos que aguantan porque saben que aún hacen falta.

Pero esta vez ha dicho claramente: “hasta aquí hemos llegado”.

El brazo cedió, la soldadura improvisada no quiso seguir fingiendo, y el gato quedó inútil, tumbado como un animal cansado después de demasiadas batallas. Y claro, en un garaje como el nuestro, perder un gato hidráulico es como perder una mano: de repente todo cuesta el doble.

Así que, fieles a nuestra costumbre, nos hemos puesto a intentar una reparación con lo que tenemos a mano. No contamos con las herramientas adecuadas, ni con maquinaria moderna, ni con esos equipos que hoy parecen imprescindibles. Pero sí tenemos algo que vale más: afición, ingenio y los conocimientos de mecánica que se aprendían hace 60 años, cuando todo se arreglaba con paciencia, maña y un poco de imaginación.

Miramos el gato, miramos el material disponible, y nos decimos lo de siempre: “Bueno… algo haremos”. Y es que en este garaje, si no existe la herramienta, se fabrica; si no existe la pieza, se adapta; y si no existe la solución, se inventa.

Ahora toca ponerse manos a la obra, despacio, con calma, disfrutando del proceso. Porque al final, más allá de levantar coches, lo que levantamos es la satisfacción de seguir haciendo mecánica como antes: con las manos, con la cabeza y con ese gusto por resolver problemas que nunca se pierde.

Vamos a tirar de ingenio. A trabajar.


Para esta reparación hemos encontrado una chapa de unos veinte milímetros que nos va a servir de base para fabricar varias piezas nuevas. Esta vez no trabajamos con hierro fundido —que ya sabemos que pide más técnica, más medios y más paciencia— sino con acero normal, que se deja cortar, moldear y soldar sin tantos remilgos. Y eso, para un garaje como el nuestro, es casi un regalo.

La idea es sencilla: fabricar un nuevo brazo para la bomba hidráulica, más robusto y mejor pensado que el original. Y como siempre, con las herramientas que tenemos, no con las que nos gustaría tener. Aquí no hay fresadora, ni limadora, ni cortadora de plasma. Pero sí hay afición, ingenio y esos conocimientos de mecánica que se aprendían hace sesenta años, cuando todo se resolvía con taladro, lima y paciencia.

Volvemos a recurrir al método clásico: taladro y brocas para quitar la mayor parte del material, agujero tras agujero, como si fuéramos escultores del metal. Después, cincel para perfilar y la rotafléx para darle forma definitiva. Es un trabajo lento, de banco, de esos que te obligan a pensar cada golpe y cada corte. Pero también es un trabajo que reconcilia con la mecánica de verdad, la que se hace con las manos y no con pantallas.

Cuando tengamos las piezas listas, las uniremos con soldadura. Esta vez sí: la chapa aguantará. No es hierro fundido, no se partirá por capricho, y la soldadura quedará fuerte, limpia y duradera. Será una reparación hecha en casa, con medios modestos, pero con la satisfacción de haber resuelto el problema sin depender de nadie.

Y así, entre virutas, olor a metal caliente y ese silencio concentrado del taller, seguimos adelante. Porque aquí, cuando algo se rompe, no nos lamentamos: tiramos de ingenio y nos ponemos a trabajar.




Las virutas metálicas salían despedidas con fuerza desde la broca, saltando en todas direcciones como si aquello fuera una lluvia de confeti en plena celebración. Cada chispa de metal rebotaba en la camisa, en los brazos, en la mesa… y yo allí, impasible, como si estuviera viendo pasar palomas en una plaza. Ni un gesto, ni una queja: solo la concentración de quien sabe que si la broca se calienta, el trabajo se complica.

Entre viruta y viruta, iba refrigerando la broca con ese ritual antiguo que aprendimos hace sesenta años, cuando las máquinas no perdonaban y el metal había que tratarlo con respeto. El taladro vibraba, el hierro gruñía, y las virutas seguían saltando como si celebraran que, pese a todo, seguimos haciendo mecánica a la vieja usanza.








Reutilizaremos los bulones, que por suerte están en buenas condiciones. Para eso he tenido que hacer agujeros de doce milímetros, y ahí no hubo ningún problema: la broca cortaba como debe cortar, sin protestar, sin calentarse, sin ese chirrido que te pone los nervios de punta. Pero luego llegó el otro agujero, el de dieciséis milímetros, y ahí empezó la fiesta.

Antes de usar la broca de dieciséis, tocó pasar un par de brocas intermedias, como manda la mecánica de toda la vida. Y hasta ahí, bien. El problema vino cuando saqué aquellas cuatro brocas nuevas que había comprado hace poco, hasta veinte milímetros, pensando que me iban a sacar del apuro. Pero resulta que son de hierro, no de acero del bueno. En cuanto empezaron a morder la chapa, se notó: vibración rara, corte pobre, calentamiento rápido… una decepción.

Hay veces que lo barato sale caro. Y en el taller, eso se nota enseguida: una broca mala no solo trabaja mal, también te roba tiempo, paciencia y buen humor. Pero aun así seguimos, porque aquí la mecánica se hace con lo que hay, no con lo que nos gustaría tener.



Ahí está el gato, esperando la reparación como quien aguarda turno en la consulta. Y yo, que estoy empleado a tiempo parcial —jajajaja— tampoco puedo prometerle milagros. Esto no se hará de hoy para mañana. Lleva trabajo, lleva horas, y con los medios que tenemos… pues lleva todavía más.

Pero no pasa nada. El trabajo es para nosotros, sin prisas, sin jefes, sin reloj marcando el paso. Y al final no deja de ser un entretenimiento: una excusa perfecta para volver al banco, al taladro, a las brocas y a ese olor a hierro que tanto reconforta. El gato espera, yo preparo herramientas, y el taller se llena de ese silencio que anuncia que pronto habrá faena.


 

Gasolina, cristal y miniaturas: así vivimos nuestra pasión por el motor

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