1.10.26

Rehabilitación mecánica (más efectiva que el gimnasio)

 Estos días he estado metido en una de esas faenas que ya no sé si llamar trabajo, bricolaje o directamente rehabilitación. Porque, sinceramente, sudo más en el garaje que en el gimnasio al que voy dos veces por semana. Y eso que allí me ponen a hacer ejercicios con nombres raros; aquí, en cambio, basta con que un Opel Astra F decida torcer el cristal del elevalunas para que me ponga a sudar como si estuviera escalando el Himalaya.

Mi hijo me trajo el Astra con la ventana “colocada”, pero solo porque había tenido que pelearse con el cristal como si fuera una persiana antigua. El elevalunas se había quedado cruzado y no subía ni bajaba. A mí me llegó el coche como llegan estas cosas: sin dramatismos, pero con ese aire de “a ver si tú puedes hacer algo”. Y claro, uno se pone. Porque esto ya no es trabajo: es rehabilitación, gimnasia aplicada, terapia con olor a grasa.




Me encontré con uno de los brazos de subir y bajar el cristal se había roto, estos a van en forma de tijera, He dicho muchas veces que la soldadura no es mi fuerte, yo no sueldo, echo pegotes como si fueran “cacas de paloma” pero dicen que el que hace lo que puede, no está obligado a más


Tuve que quitar los remaches que sujetaban el motor, sacar todo el mecanismo y soldarlo, luego tenía que subir y bajar sin que la ventana quedase torcida Repasé un poco la soldadura e hice un poco de magia con un tensor que lleva  y quedó mecánicamente aceptable.

Mientras desmontaba el mecanismo del elevalunas, me acordé de que también tengo entre manos otro proyecto: las piezas nuevas para el gato hidráulico que se rompió hace unos días. Hoy tocaba limar, y ahí sí que he sudado. El metal no perdona, y cuando uno está ajustando piezas a mano, cada pasada de lima es como una repetición de pesas. Solo que aquí no hay entrenador, ni música motivadora, ni aire acondicionado. Hay silencio, olor a hierro y la satisfacción de ver cómo una pieza empieza a encajar.

Entre el Astra y el gato hidráulico, llevo una semana de rehabilitación intensiva. Y aunque acabo cansado, también acabo contento. Porque estas pequeñas batallas mecánicas son las que mantienen vivo el garaje, y de paso, me mantienen en forma. Que al final, para qué engañarnos: levantar coches y limar acero es mucho más entretenido que hacer sentadillas.

¡Vaya tomate que tengo aquí!

Hace unos días que taladré estas piezas, ahora con la ayuda de una radial las he cortado me ha costado mucho menos que si tengo que cortarlas sin los taladros.

Tomando como referencia la pieza original en estado irrecuperable me ha servido para trazar las nuevas piezas, una ya está casi, ahora voy con la otra. 



Marco la otra con la ayuda de un rotulador.


Uno de los taladros que no conseguí hacer con la broca de 16 que era de hierro en vez de acero, además no coincidían, aquí me tuve que aplicar con una lima redonda para agrandar el agujero y hacerlo de 16 milímetros.

 

Más o menos está, únicamente he usado la lima para agrandar el agujero que no pude hacerlo con la broca. Ahora me toca hacer la pieza donde va encajada la barra de subir y bajar el gato. Esto va para largo.



Hay veces que se complica la mecánica y pienso , seguro que otro oficio hubiese sido menos complicado, después de un rato yo mismo me respondo "cada uno tendrá su complicación"


Si después de tanto trabajo funciona, me daré por satisfecho.

28.9.26

El gato hidráulico y yo: una reparación a tiempo parcial




Cuando el gato hidráulico dijo basta (esta vez de verdad)

Hace unos días volvió a romperse uno de los gatos hidráulicos que usamos para levantar los coches y hacer las revisiones de rigor. Digo “volvió” porque no era la primera vez que nos daba guerra. Aquel brazo que acciona la bomba hidráulica, hecho de hierro fundido, ya había sufrido algún golpe mal dado en el pasado. Se partió, lo soldé como pude —con más voluntad que medios— y siguió trabajando, como esos veteranos que aguantan porque saben que aún hacen falta.

Pero esta vez ha dicho claramente: “hasta aquí hemos llegado”.

El brazo cedió, la soldadura improvisada no quiso seguir fingiendo, y el gato quedó inútil, tumbado como un animal cansado después de demasiadas batallas. Y claro, en un garaje como el nuestro, perder un gato hidráulico es como perder una mano: de repente todo cuesta el doble.

Así que, fieles a nuestra costumbre, nos hemos puesto a intentar una reparación con lo que tenemos a mano. No contamos con las herramientas adecuadas, ni con maquinaria moderna, ni con esos equipos que hoy parecen imprescindibles. Pero sí tenemos algo que vale más: afición, ingenio y los conocimientos de mecánica que se aprendían hace 60 años, cuando todo se arreglaba con paciencia, maña y un poco de imaginación.

Miramos el gato, miramos el material disponible, y nos decimos lo de siempre: “Bueno… algo haremos”. Y es que en este garaje, si no existe la herramienta, se fabrica; si no existe la pieza, se adapta; y si no existe la solución, se inventa.

Ahora toca ponerse manos a la obra, despacio, con calma, disfrutando del proceso. Porque al final, más allá de levantar coches, lo que levantamos es la satisfacción de seguir haciendo mecánica como antes: con las manos, con la cabeza y con ese gusto por resolver problemas que nunca se pierde.

Vamos a tirar de ingenio. A trabajar.


Para esta reparación hemos encontrado una chapa de unos veinte milímetros que nos va a servir de base para fabricar varias piezas nuevas. Esta vez no trabajamos con hierro fundido —que ya sabemos que pide más técnica, más medios y más paciencia— sino con acero normal, que se deja cortar, moldear y soldar sin tantos remilgos. Y eso, para un garaje como el nuestro, es casi un regalo.

La idea es sencilla: fabricar un nuevo brazo para la bomba hidráulica, más robusto y mejor pensado que el original. Y como siempre, con las herramientas que tenemos, no con las que nos gustaría tener. Aquí no hay fresadora, ni limadora, ni cortadora de plasma. Pero sí hay afición, ingenio y esos conocimientos de mecánica que se aprendían hace sesenta años, cuando todo se resolvía con taladro, lima y paciencia.

Volvemos a recurrir al método clásico: taladro y brocas para quitar la mayor parte del material, agujero tras agujero, como si fuéramos escultores del metal. Después, cincel para perfilar y la rotafléx para darle forma definitiva. Es un trabajo lento, de banco, de esos que te obligan a pensar cada golpe y cada corte. Pero también es un trabajo que reconcilia con la mecánica de verdad, la que se hace con las manos y no con pantallas.

Cuando tengamos las piezas listas, las uniremos con soldadura. Esta vez sí: la chapa aguantará. No es hierro fundido, no se partirá por capricho, y la soldadura quedará fuerte, limpia y duradera. Será una reparación hecha en casa, con medios modestos, pero con la satisfacción de haber resuelto el problema sin depender de nadie.

Y así, entre virutas, olor a metal caliente y ese silencio concentrado del taller, seguimos adelante. Porque aquí, cuando algo se rompe, no nos lamentamos: tiramos de ingenio y nos ponemos a trabajar.




Las virutas metálicas salían despedidas con fuerza desde la broca, saltando en todas direcciones como si aquello fuera una lluvia de confeti en plena celebración. Cada chispa de metal rebotaba en la camisa, en los brazos, en la mesa… y yo allí, impasible, como si estuviera viendo pasar palomas en una plaza. Ni un gesto, ni una queja: solo la concentración de quien sabe que si la broca se calienta, el trabajo se complica.

Entre viruta y viruta, iba refrigerando la broca con ese ritual antiguo que aprendimos hace sesenta años, cuando las máquinas no perdonaban y el metal había que tratarlo con respeto. El taladro vibraba, el hierro gruñía, y las virutas seguían saltando como si celebraran que, pese a todo, seguimos haciendo mecánica a la vieja usanza.








Reutilizaremos los bulones, que por suerte están en buenas condiciones. Para eso he tenido que hacer agujeros de doce milímetros, y ahí no hubo ningún problema: la broca cortaba como debe cortar, sin protestar, sin calentarse, sin ese chirrido que te pone los nervios de punta. Pero luego llegó el otro agujero, el de dieciséis milímetros, y ahí empezó la fiesta.

Antes de usar la broca de dieciséis, tocó pasar un par de brocas intermedias, como manda la mecánica de toda la vida. Y hasta ahí, bien. El problema vino cuando saqué aquellas cuatro brocas nuevas que había comprado hace poco, hasta veinte milímetros, pensando que me iban a sacar del apuro. Pero resulta que son de hierro, no de acero del bueno. En cuanto empezaron a morder la chapa, se notó: vibración rara, corte pobre, calentamiento rápido… una decepción.

Hay veces que lo barato sale caro. Y en el taller, eso se nota enseguida: una broca mala no solo trabaja mal, también te roba tiempo, paciencia y buen humor. Pero aun así seguimos, porque aquí la mecánica se hace con lo que hay, no con lo que nos gustaría tener.



Ahí está el gato, esperando la reparación como quien aguarda turno en la consulta. Y yo, que estoy empleado a tiempo parcial —jajajaja— tampoco puedo prometerle milagros. Esto no se hará de hoy para mañana. Lleva trabajo, lleva horas, y con los medios que tenemos… pues lleva todavía más.

Pero no pasa nada. El trabajo es para nosotros, sin prisas, sin jefes, sin reloj marcando el paso. Y al final no deja de ser un entretenimiento: una excusa perfecta para volver al banco, al taladro, a las brocas y a ese olor a hierro que tanto reconforta. El gato espera, yo preparo herramientas, y el taller se llena de ese silencio que anuncia que pronto habrá faena.


 

20.9.26

Una mañana de clásicos en Pangua

 



Pangua en movimiento: una mañana de clásicos y anécdotas

Esta mañana había concentración de coches clásicos en Pangua, en pleno Condado de Treviño, provincia de Burgos y a un paso de Vitoria. El plan era sencillo: salir de casa, ir al garaje y escoger cuál de los veteranos nos acompañaría. Pero claro… siempre hay alguno delante, siempre toca maniobrar, y siempre —cómo no— ya vamos tarde.

Después de unas cuantas maniobras, las menos posibles porque el reloj apretaba, conseguimos sacar del garaje al Austin Victoria, nuestro compañero de aventuras con más de medio siglo a cuestas. Dejamos el coche de uso diario en la puerta, cerramos, y “rápido, que vamos tarde” pusimos rumbo a Burgos.

A la salida de Vitoria, sorpresa: control de alcoholemia. La Sra. al volante, le dan el alto y allá vamos. Ella, que solo había desayunado un café con leche sin nada de orujo, JAJAJAJA. Primer intento… poco fuelle. Segundo… tampoco. Al tercero, por fin, “bien”: 0,0. Ya podíamos seguir camino sin más aventuras policiales.


Nos desviamos de la N-1 a la altura de La Puebla de Arganzón, y de ahí a Pangua. Había muchos coches, una buena representación de clásicos de todas las épocas, pero aun así nos asignaron un sitio para aparcar. Nos entregaron un par de tickets para un pincho y una bebida —“sin alcohol, por favor”, que después del control ya parecía un lema del día.

Empezamos a ver los coches, saludando a conocidos, comentando detalles, compartiendo anécdotas… lo de siempre en estos encuentros, donde cada capó guarda una historia y cada dueño tiene otra para contar.




Además de los coches, en Pangua había música y danzas vascas, que siempre dan un aire festivo a estos encuentros. Entre el olor a gasolina antigua, los cromados brillando al sol y las conversaciones entre aficionados, de pronto sonaron los primeros acordes y aparecieron los dantzaris.

Las danzas vascas tienen esa mezcla de fuerza y elegancia que encaja de maravilla en cualquier celebración. Allí, entre clásicos de todas las épocas, los bailes aportaban color, ritmo y tradición. La gente se acercaba, algunos grababan con el móvil, otros simplemente disfrutaban del ambiente. El contraste era precioso: motores veteranos y pasos que llevan siglos en la cultura vasca, todo compartiendo el mismo espacio.

Ese toque musical hizo que la mañana fuera más completa, más viva. No solo era una concentración de coches: era una pequeña fiesta popular, con historia, con movimiento y con ese espíritu de pueblo que tanto se agradece.




l pintxo típico de tortilla no podía faltar, ese clásico que aparece en todas las concentraciones como si fuera parte del parque móvil. Nos dieron el ticket y allá fuimos, tortilla recién hecha, jugosa, de las que entran solas después de una mañana de coches y saludos.

Para beber, agua. No íbamos a tentar la suerte después del episodio del control de alcoholemia, que ya nos había dado suficiente emoción por hoy. La Sra. miró el vaso como diciendo: “mejor no provocar al destino”, y yo asentí, que bastante aventura habíamos tenido ya con el soplido del 0,0.

Entre el pintxo, la música, las danzas vascas y el ambiente de pueblo, la mañana quedó redonda. Un día sencillo, lleno de detalles, de esos que luego recuerdas con una sonrisa mientras guardas el Austin en el garaje.






































Cuando llegó la hora de volver a casa, emprendimos el regreso sin paradas, sin controles y sin contratiempos. Una mañana completa: coches, amigos, anécdotas y el Austin Victoria cumpliendo, como siempre, con elegancia y buen humor mecánico.


Me gustan las casas con escudos, bien merece una foto.



Rumbo a Vitoria: el Austin y los túneles de Peña María

Nos vamos dirección Vitoria por la N-1, con el Austin avanzando a su paso elegante, ese paso que nunca es rápido pero siempre es seguro. La tarde está tranquila y la carretera, conocida de memoria, nos acompaña como un viejo amigo.

En este momento estamos llegando a los túneles de Peña María, ese punto que ya es casi un símbolo de nuestras idas y venidas. El paisaje se encajona, la luz cambia y el sonido del motor se recoge dentro del túnel como si el Austin se escuchara a sí mismo. No hay retenciones, no hay obras, no hay sorpresas: solo el túnel, la carretera y esa sensación de volver a casa después de una mañana de clásicos, saludos y anécdotas.

El Austin rueda con dignidad, como diciendo: “Misión cumplida por hoy”. Y nosotros, con la calma de quien ya ha vivido la aventura del día, seguimos hacia Vitoria sin prisa, disfrutando del tramo final del camino




Entramos en el garaje, ese pequeño santuario donde cada coche tiene su sitio y su historia. El Austin se acomoda en su hueco, apagando el motor con ese suspiro mecánico que parece decir “hasta la próxima”. Cerramos la puerta, recogemos lo justo y nos vamos a casa, con la calma de quien ha vivido una mañana completa: carretera, amigos, anécdotas y un clásico que ha vuelto a rodar.

Una jornada sencilla, de las que dejan buen sabor. Y mañana, quién sabe… quizá otro coche, otra ruta, otra historia para el blog.

Rehabilitación mecánica (más efectiva que el gimnasio)

  Estos días he estado metido en una de esas faenas que ya no sé si llamar trabajo, bricolaje o directamente rehabilitación . Porque, sincer...