Pangua en movimiento: una mañana de clásicos y anécdotas
Esta mañana había concentración de coches clásicos en Pangua, en pleno Condado de Treviño, provincia de Burgos y a un paso de Vitoria. El plan era sencillo: salir de casa, ir al garaje y escoger cuál de los veteranos nos acompañaría. Pero claro… siempre hay alguno delante, siempre toca maniobrar, y siempre —cómo no— ya vamos tarde.
Después de unas cuantas maniobras, las menos posibles porque el reloj apretaba, conseguimos sacar del garaje al Austin Victoria, nuestro compañero de aventuras con más de medio siglo a cuestas. Dejamos el coche de uso diario en la puerta, cerramos, y “rápido, que vamos tarde” pusimos rumbo a Burgos.
A la salida de Vitoria, sorpresa: control de alcoholemia. La Sra. al volante, le dan el alto y allá vamos. Ella, que solo había desayunado un café con leche sin nada de orujo, JAJAJAJA. Primer intento… poco fuelle. Segundo… tampoco. Al tercero, por fin, “bien”: 0,0. Ya podíamos seguir camino sin más aventuras policiales.
Nos desviamos de la N-1 a la altura de La Puebla de Arganzón, y de ahí a Pangua. Había muchos coches, una buena representación de clásicos de todas las épocas, pero aun así nos asignaron un sitio para aparcar. Nos entregaron un par de tickets para un pincho y una bebida —“sin alcohol, por favor”, que después del control ya parecía un lema del día.
Empezamos a ver los coches, saludando a conocidos, comentando detalles, compartiendo anécdotas… lo de siempre en estos encuentros, donde cada capó guarda una historia y cada dueño tiene otra para contar.
Además de los coches, en Pangua había música y danzas vascas, que siempre dan un aire festivo a estos encuentros. Entre el olor a gasolina antigua, los cromados brillando al sol y las conversaciones entre aficionados, de pronto sonaron los primeros acordes y aparecieron los dantzaris.
Las danzas vascas tienen esa mezcla de fuerza y elegancia que encaja de maravilla en cualquier celebración. Allí, entre clásicos de todas las épocas, los bailes aportaban color, ritmo y tradición. La gente se acercaba, algunos grababan con el móvil, otros simplemente disfrutaban del ambiente. El contraste era precioso: motores veteranos y pasos que llevan siglos en la cultura vasca, todo compartiendo el mismo espacio.
Ese toque musical hizo que la mañana fuera más completa, más viva. No solo era una concentración de coches: era una pequeña fiesta popular, con historia, con movimiento y con ese espíritu de pueblo que tanto se agradece.
l pintxo típico de tortilla no podía faltar, ese clásico que aparece en todas las concentraciones como si fuera parte del parque móvil. Nos dieron el ticket y allá fuimos, tortilla recién hecha, jugosa, de las que entran solas después de una mañana de coches y saludos.
Para beber, agua. No íbamos a tentar la suerte después del episodio del control de alcoholemia, que ya nos había dado suficiente emoción por hoy. La Sra. miró el vaso como diciendo: “mejor no provocar al destino”, y yo asentí, que bastante aventura habíamos tenido ya con el soplido del 0,0.
Entre el pintxo, la música, las danzas vascas y el ambiente de pueblo, la mañana quedó redonda. Un día sencillo, lleno de detalles, de esos que luego recuerdas con una sonrisa mientras guardas el Austin en el garaje.
Cuando llegó la hora de volver a casa, emprendimos el regreso sin paradas, sin controles y sin contratiempos. Una mañana completa: coches, amigos, anécdotas y el Austin Victoria cumpliendo, como siempre, con elegancia y buen humor mecánico.
Me gustan las casas con escudos, bien merece una foto.
Rumbo a Vitoria: el Austin y los túneles de Peña María
Nos vamos dirección Vitoria por la N-1, con el Austin avanzando a su paso elegante, ese paso que nunca es rápido pero siempre es seguro. La tarde está tranquila y la carretera, conocida de memoria, nos acompaña como un viejo amigo.
En este momento estamos llegando a los túneles de Peña María, ese punto que ya es casi un símbolo de nuestras idas y venidas. El paisaje se encajona, la luz cambia y el sonido del motor se recoge dentro del túnel como si el Austin se escuchara a sí mismo. No hay retenciones, no hay obras, no hay sorpresas: solo el túnel, la carretera y esa sensación de volver a casa después de una mañana de clásicos, saludos y anécdotas.
El Austin rueda con dignidad, como diciendo: “Misión cumplida por hoy”. Y nosotros, con la calma de quien ya ha vivido la aventura del día, seguimos hacia Vitoria sin prisa, disfrutando del tramo final del camino
Entramos en el garaje, ese pequeño santuario donde cada coche tiene su sitio y su historia. El Austin se acomoda en su hueco, apagando el motor con ese suspiro mecánico que parece decir “hasta la próxima”. Cerramos la puerta, recogemos lo justo y nos vamos a casa, con la calma de quien ha vivido una mañana completa: carretera, amigos, anécdotas y un clásico que ha vuelto a rodar.
Una jornada sencilla, de las que dejan buen sabor. Y mañana, quién sabe… quizá otro coche, otra ruta, otra historia para el blog.






















