4.7.26

Treviño bajo el sol: el Saab vuelve a respirar

 

El Saab 900 y el aire fresco de Treviño: de prueba mecánica a concentración clásica

Lo que empezó como una simple prueba del aire acondicionado recién cargado terminó convirtiéndose en algo mucho mejor. Ayer dejamos al Saab 900 i 16 Válvulas respirando gas nuevo, y hoy, con la excusa de comprobar si el sistema enfriaba como debía, apuntamos hacia Treviño. Pero al llegar, la sorpresa: una concentración de coches clásicos animaba la plaza, como si el destino hubiera decidido regalarnos un escenario perfecto para nuestro sueco.

El 900 llegó con ese porte suyo, discreto pero lleno de carácter. Nada de estridencias, nada de exhibiciones: solo la elegancia de un diseño que ya no se fabrica y que, sin embargo, sigue teniendo presencia. Aparcamos entre otros veteranos —algunos brillantes, otros curtidos por el tiempo— y el Saab encajó como si siempre hubiera pertenecido a esa familia de máquinas que se niegan a desaparecer.

El aire acondicionado, por cierto, funcionó como un campeón. Dentro del habitáculo se respiraba frescor, fuera el sol caía sin contemplaciones, y nosotros disfrutábamos de ese contraste que solo un clásico bien cuidado puede ofrecer: tecnología de otra época, pero todavía capaz de cumplir.

La concentración tenía ese ambiente que tanto nos gusta: conversaciones pausadas, gente que se acerca por curiosidad, historias que se cruzan entre capós abiertos y recuerdos compartidos. Nuestro Saab llamó la atención de más de uno, quizá por su rareza, quizá por su silueta tan particular, quizá porque en Treviño no se ven muchos suecos de los años dorados.

Participar fue casi inevitable. No habíamos ido con esa intención, pero el coche lo pedía y el día lo merecía. Y así, lo que era una prueba técnica se convirtió en una pequeña celebración improvisada: el 900 demostrando que sigue vivo, nosotros disfrutando del paseo, y Treviño regalándonos una tarde que no estaba en los planes pero que terminó siendo perfecta.

A veces, las mejores historias nacen de una reparación sencilla. Un poco de gas, un clásico con ganas de carretera y un pueblo que sabe recibir. El Saab volvió a casa con aire fresco y un recuerdo más en su historial.


Hoy el Saab 900 i 16 Válvulas volvió a demostrar por qué estos coches tienen alma. Subimos por el Puerto de Vitoria con ese ímpetu suyo, una mezcla de fuerza tranquila y elegancia mecánica que parece decir: “Déjame hacer lo mío.” Y lo hizo. El motor empujaba con ganas, como si disfrutara cada curva, cada cambio de rasante, cada metro de ascenso.

Yo diría que el coche se sentía a gusto. Hay vehículos que, cuando la carretera se inclina, se vuelven pesados; el Saab, en cambio, parece que se estira, que respira mejor, que agradece el esfuerzo. Quizá sea esa arquitectura tan particular, quizá la historia que lleva encima, o quizá simplemente que hoy era su día.

Y ahora, con el aire acondicionado funcionando como debe, la subida se convirtió en un placer completo. El sol caía fuerte, de esos días en los que el calor se pega al cristal, pero dentro del habitáculo se viajaba con frescor. Ese contraste entre el exterior ardiente y el interior sereno hacía que cada kilómetro se disfrutara aún más.

El Puerto de Vitoria, con su luz de verano y su aire limpio, fue el escenario perfecto para comprobar que el Saab no solo vuelve a enfriar: vuelve a sentirse vivo.


Mientras avanzábamos por los pueblos del Condado de Treviño —esa isla burgalesa rodeada de tierras alavesas— el paisaje parecía detenido en un momento especial del verano. La mayoría de los campos seguían con los trigos sin segar, altos, dorados, moviéndose apenas con la brisa. Ese contraste entre lo que está a punto de ser cosechado y lo que aún espera su turno daba a la vista un aire casi ceremonial, como si la tierra estuviera preparándose para algo.

El Saab 900 i 16 Válvulas rodaba con serenidad, disfrutando de la carretera como solo los clásicos saben hacerlo. Y hoy, además, lo hacía pilotado por la Sra., que lleva este coche con una soltura que siempre impresiona. El 900 parecía responderle con docilidad, como si reconociera sus manos y agradeciera cada cambio de marcha, cada curva tomada con elegancia.

Entre campos dorados, pueblos tranquilos y ese sol que anunciaba verano pleno, el viaje tenía algo de postal antigua. Nosotros avanzábamos sin prisa, el Saab respiraba bien, y el Condado de Treviño nos regalaba su paisaje más auténtico.


Ya íbamos un poco tarde. Antes de recoger el Saab 900 i 16 Válvulas habían surgido esas cosas que siempre aparecen cuando uno quiere salir puntual: recados, detalles pendientes, pequeñas obligaciones que se encadenan sin avisar. Pero al fin, con todo resuelto, nos pusimos en marcha rumbo a Treviño.

El coche avanzaba con esa mezcla de calma y determinación que tanto lo caracteriza. La Sra. al volante, el motor ronroneando con suavidad, y nosotros descontando kilómetros mientras el día seguía su curso. Ya solo nos faltaban cuatro kilómetros para llegar a destino, y esa sensación de estar a punto de entrar en el lugar elegido siempre tiene algo especial: una mezcla de alivio, expectación y ese pequeño orgullo de haber llegado, aunque sea con unos minutos de retraso.

El paisaje acompañaba, el Saab respondía bien, y la tarde parecía dispuesta a regalarnos un final tranquilo después de un inicio algo atropellado. Cuatro kilómetros más, y Treviño nos esperaba.





Llegamos a Treviño justo en el momento en que los coches clásicos volvían de completar el recorrido previsto como actividad principal de la concentración de hoy. Era como entrar en una escena ya en marcha: motores que aún sonaban calientes, carrocerías brillando al sol, y ese ambiente de satisfacción que se respira cuando un grupo de veteranos termina una ruta juntos.

Mientras aparcábamos el Saab 900 i 16 Válvulas, veíamos desfilar a los participantes, cada uno con su estilo, su historia y su manera de hacerse notar. Algunos llegaban despacio, disfrutando el último tramo; otros entraban con ese orgullo de misión cumplida que solo los clásicos transmiten. El pueblo parecía vibrar con ese regreso, como si Treviño se hubiera preparado para recibirlos y ahora celebrara su retorno.

Nosotros, recién llegados, nos sumamos a la escena con la serenidad de quien llega a tiempo para lo mejor: el momento en que los coches descansan, la gente comenta la ruta, y el día empieza a tomar forma de recuerdo.







El Saab 900 i 16 Válvulas ya está integrado entre todos los coches participantes, como si hubiera estado allí desde el primer minuto. Su silueta sueca, tan distinta y tan reconocible, encajó sin esfuerzo entre las líneas más cuadradas, más redondas o más veteranas de los demás clásicos. Ahora el coche descansa, alineado con los otros participantes, formando parte de ese pequeño museo al aire libre que solo las concentraciones saben crear.

Con el Saab en su sitio, tocaba lo mejor: disfrutar del ambiente. Pasear entre los vehículos expuestos, escuchar historias de restauraciones imposibles, admirar detalles que solo se aprecian cuando uno se detiene sin prisa. El sol iluminaba las carrocerías, la gente conversaba animada, y Treviño parecía transformado en un punto de encuentro donde cada coche contaba su propia vida.

Nosotros, con la satisfacción de haber llegado y de ver al 900 perfectamente integrado, nos dejamos llevar por la atmósfera del día. Un ambiente tranquilo, auténtico, de aficionados que valoran la carretera, la mecánica y el tiempo bien compartido.




Ya hemos llegado. El Saab 900 i 16 Válvulas descansa junto al resto de participantes, alineado como uno más en esta concentración que hoy llena Treviño de historia y metal con memoria. El coche queda ahí, integrado y tranquilo, como si hubiera encontrado su sitio natural entre los demás veteranos.

Ahora toca mi pequeño ritual: sacar unas fotos del lugar y de algunos de los coches allí expuestos. El ambiente invita a ello. La plaza, los colores del verano, las carrocerías brillando bajo el sol, cada detalle merece ser capturado. Hay modelos que llaman la atención por rareza, otros por elegancia, otros simplemente por la vida que se les adivina en cada curva de chapa.

Mientras camino con la cámara en la mano, el Saab queda detrás, formando parte del cuadro general. Y yo, como siempre, disfrutando de ese momento en el que la mecánica, el paisaje y la afición se juntan para crear una escena que merece ser recordada.








Además, los organizadores habían preparado un pequeño espacio para tomar un refresco, acompañado de tortillas, lomo y otros bocados que daban al ambiente un aire todavía más cercano. Ese detalle sencillo, pero tan agradecido, completaba la escena: coches clásicos alineados, conversaciones cruzándose entre aficionados y, al fondo, el aroma de la tortilla recién cortada y del lomo que siempre sabe mejor en días así.

Era el tipo de gesto que convierte una concentración en algo más que una reunión de vehículos. Allí, entre el murmullo de la gente y el brillo de las carrocerías, uno podía detenerse un momento, tomar un trago frío y saborear un trozo de tortilla mientras observaba el Saab descansando junto a los demás. La mañana avanzaba con calma, y Treviño demostraba, una vez más, que sabe recibir a quienes llegan con pasión por la carretera.





Se nos hacía tarde y tocaba iniciar el regreso a Vitoria. Después de pasar la mañana en Treviño, con el Saab 900 i 16 Válvulas perfectamente integrado entre los clásicos, decidimos que esta vez cambiaríamos de ruta. En lugar de volver por el puerto de Vitoria, optamos por regresar por el puerto de Zaldiaran.

La carretera allí es más estrecha, más recogida, con ese aire de montaña que obliga a conducir con atención pero que también regala una sensación distinta. Nos apetecía variar, dejar que el Saab respirara otro tipo de curvas y que el paisaje nos ofreciera una despedida diferente. El sol iba en aumento, el calor se iba mitigando por el aire acondicionado recién cargado de gas se volvía más suave, y el 900 avanzaba con esa serenidad que transmite cuando la mañana ya va cayendo.

Era el cierre perfecto para un día que empezó con una prueba mecánica y terminó convertido en una pequeña aventura clásica.




Ya se ve Vitoria al fondo de la foto, recortada contra el horizonte como una promesa de regreso tranquilo después de una mañana bien aprovechada. Hemos pasado unas horas entretenidas, de esas que se disfrutan sin pretensiones: carretera, paisaje, coches clásicos y el Saab 900 i 16 Válvulas acompañándonos con su carácter de siempre.

Mientras avanzamos hacia la ciudad, uno se da cuenta de que la vida se compone de momentos como este. Los buenos, los que se saborean sin prisa, los que dejan una sonrisa ligera y un recuerdo que vale la pena guardar. Y los malos, mejor olvidarlos rápido, dejarlos atrás como quien deja atrás una curva incómoda en la carretera.

Hoy tocó de los buenos. Y eso ya es suficiente.


El recorrido efectuado hoy.





30.6.26

Cuando un freno agarrotado nos regaló otra mañana juntos

 Hoy mi hijo y yo hemos dedicado la mañana a nuestros coches clásicos. Teníamos pendiente una reparación en el Audi TT: uno de los frenos traseros estaba prácticamente agarrotado. Tras desmontar, comprobamos que el pistón y las gomas estaban en mal estado, así que instalamos un kit de reparación completo. Hemos visto además que el latiguillo rezumaba un poco de líquido de frenos, hemos ido a comprar uno nuevo a la casa y oh sorpresa, está descatalogado. Lo queríamos para ya, hemos ido a un lugar que hacen estas cosas, nos han hecho uno nuevo, mañana lo montaremos y el TT volverá a estar listo para seguir rodando.





Nos ha tocado hacer fuerza para conseguir soltar el pistón, se había quedado casi soldado.

Ahí está el util para soltar el pistón, menos mal que es resistente, se le ha tenido que poner una llave y ayudados por un tubo como alargadera se ha conseguido sacar.


Ya está fuera, ahora a limpiar bien todo, cambiar la junta tórica, engrasar y montar de nuevo con piezas nuevas.


El pistón nuevo y el viejo.


Ya está instalado todo nuevo, ahora da gusto lo suave que va, es que los años no pasan en balde, hace mella hasta en nosotros.😃


Ya se montó la pinza en su lugar y mañana le pondremos el nuevo latiguillo y estará listo para volver a andar.

28.6.26

El Quadrifoglio Oro que sigue contando historias

Alfa Romeo 90 V6 Quadrifoglio Oro Zender: la elegancia discreta de los ochenta

Hay coches que no necesitan levantar la voz para hacerse notar. No buscan la estridencia ni el protagonismo fácil; simplemente existen, con esa elegancia silenciosa que solo los clásicos auténticos saben sostener. El Alfa Romeo 90 V6 Quadrifoglio Oro Zender pertenece a esa estirpe: la de los vehículos que se ganan el respeto sin pedirlo.

Nacido en 1984 bajo la pluma de Bertone, el Alfa 90 fue siempre un coche peculiar, casi un secreto bien guardado dentro de la familia Alfa. Pero en su versión V6 Iniezione Quadrifoglio Oro, y más aún en la rarísima preparación Zender, alcanza una dimensión distinta: la de los sedanes que combinan sobriedad, músculo y una personalidad que hoy resulta irrepetible.

El corazón del coche es el mítico V6 Busso 2.5, un motor que no se arranca: se despierta. Su sonido metálico, casi operístico, acompaña cada aceleración como si el coche quisiera recordarte que, aunque parezca un señor serio de traje y corbata, lleva dentro un alma deportiva. Con sus 156 caballos y una suavidad mecánica que enamora, el Busso convierte cada kilómetro en una pequeña ceremonia.

La edición Zender añade ese toque ochentero que tanto nos gusta: parachoques pintados en el color de la carrocería, llantas exclusivas, faldones y detalles que le dan una presencia más baja, más ancha, más segura de sí misma. No es un coche que grite; es un coche que insinúa. Y eso, en un mundo lleno de estridencias, es casi un acto de elegancia.

Hoy, encontrar uno es casi como encontrar un trébol de cuatro hojas en un prado inmenso. Los Quadrifoglio Oro ya son escasos; los Zender, directamente, piezas de colección. Cada unidad que sobrevive es un pedazo de historia de Alfa Romeo, un testimonio de una época en la que la marca aún jugaba con líneas rectas, interiores futuristas y motores que parecían hechos a mano.

Quizá por eso, cuando uno se cruza con un Alfa 90 Zender, no ve solo un coche. Ve una forma de entender la conducción, una manera de mirar el mundo desde detrás de un volante que ya no se fabrica. Ve un pedazo de memoria mecánica, un guiño a los años en los que la carretera era un lugar para sentir, no solo para llegar.





Conducir un Alfa Romeo 90 V6 Quadrifoglio Oro Zender no es solo una experiencia mecánica; es una forma de relación. Estos coches, tan discretos como singulares, no se limitan a llevarte de un punto a otro. Te acompañan. Te hablan. Te enseñan cosas que los coches modernos ya no saben decir.

Lo primero que uno aprende es que el Alfa 90 no tiene prisa. No porque sea lento, sino porque invita a disfrutar del tiempo. En un mundo que corre sin mirar atrás, él te recuerda que la carretera también puede ser un lugar para pensar, para escuchar, para sentir cómo el Busso respira bajo el capó. Cada vibración, cada cambio de marcha, cada sonido metálico es un recordatorio de que la conducción puede ser un acto íntimo.

La edición Zender, con su estética más baja y más afilada, añade un matiz curioso: la gente no sabe exactamente qué está viendo. No es un coche famoso, no es un modelo que aparezca en las listas de “clásicos imprescindibles”, y sin embargo, cuando lo aparcas, siempre hay alguien que se queda mirando. No con la admiración ruidosa que despierta un deportivo moderno, sino con esa curiosidad silenciosa de quien descubre algo que no esperaba.

Y ahí está la magia: el Alfa 90 Zender no presume, pero intriga.

Convivir con él también significa aceptar sus manías. Los clásicos tienen carácter, y este no es la excepción. A veces te pide paciencia, otras te recompensa con una suavidad que parece imposible para un coche de su época. Hay días en los que el Busso ruge como si quisiera recordarte que fue diseñado por gente que amaba los motores, no por algoritmos. Y hay otros en los que simplemente se deja llevar, como un viejo amigo que te acompaña sin hacer ruido.

Pero lo mejor llega cuando lo miras desde fuera, después de apagar el contacto. Ese momento en el que el motor se enfría y el silencio llena el garaje. Ahí entiendes que no tienes un coche: tienes una historia. Una pieza de una época en la que Alfa Romeo aún jugaba con la elegancia, la innovación y la audacia. Una época en la que Zender podía transformar un sedán sobrio en un objeto de deseo para quienes sabían mirar.

Quizá por eso, cada vez que cierras la puerta, sientes que estás cuidando algo más que metal. Estás preservando una forma de entender la conducción que ya casi no existe. Una forma que, como tantas cosas buenas, se ha vuelto rara, valiosa y profundamente personal.

En el Alfa Romeo 90, especialmente en las versiones más equipadas como el Quadrifoglio Oro, el salpicadero escondía una sorpresa que hoy parece casi un guiño humorístico de la ingeniería italiana: una maleta extraíble, integrada en la parte baja del salpicadero, justo donde otros coches llevan una guantera convencional.

Una maleta de verdad, con asa, forma rectangular y tamaño suficiente para documentos, mapas, herramientas pequeñas o incluso el maletín del trabajo.

Hoy, encontrar un Alfa 90 con la maleta original es casi un milagro. Muchos se perdieron, se rompieron o simplemente se tiraron cuando el coche envejeció.

Las unidades completas se buscan como pieza de colección, igual que las llantas Zender o el cuadro digital.


En Alfa Romeo, el trébol de cuatro hojas siempre ha sido símbolo de prestaciones y nobleza mecánica. Pero en el Alfa 90, el Quadrifoglio Oro no era la versión deportiva: era la versión de lujo, la más equipada, la más cuidada, la que Alfa reservaba para quienes querían un sedán elegante sin renunciar al carácter.

El “Oro” hacía referencia al nivel de acabado:

  • Materiales de mayor calidad

  • Equipamiento superior

  • Detalles exclusivos

  • Presentación más refinada

Era, en esencia, el Alfa 90 “para señores”, el que se veía en despachos oficiales, en manos de directivos, y sí, también en cuerpos policiales de alto rango.




Hay coches que llegan a tu vida por casualidad, y otros que llegan porque detrás de ellos hay una persona que te ha acompañado siempre. Este Alfa Romeo 90 Quadrifoglio Oro Zender no es solo un clásico raro, ni un sedán elegante de los ochenta, ni un Busso que canta como pocos. Este coche perteneció a un buen amigo, de esos que no se eligen: se encuentran en la infancia y se quedan para siempre.

Nos conocemos desde niños. Compartimos el instituto, horas de trabajo, risas, proyectos, y esos domingos de monte que eran casi un ritual. Caminábamos entre senderos, hablando de todo y de nada, con esa confianza que solo se construye cuando la vida te ha visto crecer al lado de la misma persona.

Y mientras nosotros hacíamos camino, él tenía este coche. Un Alfa 90 que, como él, era discreto por fuera y especial por dentro. Un coche que no presumía, pero que tenía carácter. Un coche que, igual que nuestro amigo, sabía estar sin hacer ruido, pero siempre estaba.

Hoy, tantos años después, seguimos juntándonos muchos domingos. El monte sigue ahí, nosotros seguimos ahí, y este Alfa 90 también sigue ahí, como un testigo silencioso de todo lo que hemos vivido. Cuando lo ves, no ves solo un clásico italiano: ves la historia de una amistad que ha resistido décadas, trabajos, caminos, cambios y domingos enteros de conversación.

Quizá por eso este coche tiene algo distinto. No es solo metal, ni solo mecánica, ni solo nostalgia. Es un puente entre lo que fuimos y lo que seguimos siendo. Un recordatorio de que hay personas —y coches— que forman parte de tu vida de una manera que no se puede explicar con fichas técnicas.

El Quadrifoglio Oro Zender es raro, sí. Pero más raro aún es encontrar amistades que duren tanto como él. Y cuando ambas cosas coinciden, el coche deja de ser un clásico: se convierte en memoria sobre ruedas.





Hoy, 28 de junio de 2026, el Alfa Romeo 90 ha vuelto a salir a respirar.
Pero esta vez no lo he llevado yo.
Lo ha conducido mi hijo, que es —aunque el coche esté a mi nombre— su verdadero propietario. Porque al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios. Y este Alfa 90, este viejo conocido, este compañero de historias, ya es suyo por derecho propio.

Nos ha llevado a dar un paseo, como quien devuelve a la vida un recuerdo.
Y mientras avanzábamos, sentí algo que solo los coches con historia pueden provocar: la sensación de que el tiempo no pasa igual cuando el motor que te acompaña ha visto tantas cosas.

Y mientras avanzábamos, pensé que algunos motores no solo mueven coches.

También mueven historias.


"Agárrate que nos vamos"

Iniciamos el pequeño recorrido desde Vitoria, dejando atrás la ciudad que tantas veces nos ha visto salir y volver. El día estaba claro, de esos que invitan a rodar sin prisa, y el Alfa Romeo 90 parecía agradecer que lo despertáramos de nuevo. Ese coche, que ya es casi un viejo amigo más, volvió a ponerse en marcha como si reconociera el camino.

Mi hijo al volante, nosotros acompañando, y el Busso marcando el ritmo con esa voz metálica que nunca envejece. Salimos por la carretera que nos lleva hacia el Condado de Treviño, ese enclave curioso que siempre ha sido como una pequeña isla dentro de Álava. Lo hemos recorrido tantas veces que casi podríamos hacerlo con los ojos cerrados, pero hoy tenía algo distinto: el coche que nos llevaba era parte de nuestra historia.

En este punto entramos en el Condado de Treviño (Burgos)




Subimos por el puerto de Vitoria, dejando atrás la ciudad y entrando en Burgos por esa puerta natural que tantas veces hemos cruzado. El día estaba templado, con esa luz que hace brillar los montes y suaviza los contornos de los pueblos. El Alfa Romeo 90, fiel a su estilo, avanzaba sin prisa, como si reconociera cada curva desde hace décadas.

Entramos en el Condado de Treviño, ese enclave que siempre parece un pequeño mundo aparte. Pasamos por las Ventas de Uzquiano, donde el paisaje empieza a abrirse y los campos se extienden como páginas de un libro antiguo. Luego Uzquiano, con sus casas de piedra que resisten el tiempo, y más adelante Albaina, tranquila, recogida, casi detenida en una postal.

Mientras rodábamos, fuimos observando los campos. Algunos ya tenían la mies recogida: surcos limpios, ordenados, como si la tierra hubiera respirado después del trabajo. Otros, en cambio, seguían esperando la siega, dorados y altos, moviéndose con el viento como un mar pausado. Esa mezcla —lo ya hecho y lo que aún queda por hacer— siempre da una sensación de continuidad, de ciclo, de vida que no se detiene.

El Alfa 90 parecía encajar en ese paisaje como si hubiera nacido para él. Su motor Busso sonaba firme, sin estridencias, acompañando la ruta como un viejo narrador que conoce cada detalle. Mi hijo al volante, nosotros disfrutando del paseo, y el coche —ese viejo conocido que perteneció a un amigo de la infancia— avanzando como si quisiera mostrarnos que todavía tiene mucho que decir.

Cada pueblo, cada campo, cada curva era un pequeño recordatorio de que esta tierra y este coche han sido parte de nuestra historia. Y hoy, mientras atravesábamos Treviño, sentí que el Alfa 90 no solo nos llevaba por la carretera: nos llevaba también por los recuerdos, por los años compartidos, por los domingos de monte, por la amistad que nunca se ha roto.

Y así seguimos, entre mies recogida y mies por recoger, entre pueblos que parecen detener el tiempo y un coche que lo guarda todo en silencio. Un paseo sencillo, sí. Pero lleno de significado.





En Uzquiano hicimos una de esas paradas que no necesitan explicación. El pueblo apareció entre los campos dorados, discreto, silencioso, casi escondido, y allí, como siempre, la iglesia románica nos llamó la atención. No importa cuántas veces pasemos por aquí: esa iglesia tiene algo que obliga a detenerse, a bajar del coche y a mirar.

Mi hijo detuvo el Alfa Romeo 90 junto a la plaza, y mientras el motor Busso se quedaba en silencio, salimos a respirar el aire del pueblo. La piedra de la iglesia, dorada por el sol de la tarde, parecía contar siglos de historia. Es pequeña, humilde, pero tiene esa presencia que solo los edificios antiguos conservan: una mezcla de serenidad y firmeza que te hace sentir que estás ante algo auténtico.




Después de recorrer Treviño, Uzquiano, Albaina y esos campos que alternaban la mies ya recogida con otras aún esperando la siega, emprendimos el camino de vuelta. Tocaba subir de nuevo el puerto de Vitoria, esta vez dirección Vitoria, valga la redundancia, porque hay rutas que se nombran dos veces para que quede claro que son parte de nuestra vida.

El Alfa Romeo 90 afrontó la subida con esa serenidad que solo tienen los coches que ya han visto muchas carreteras. Mi hijo mantenía el ritmo, sin prisas, dejando que el Busso respirara a su manera, firme y metálico, como si el motor estuviera disfrutando tanto como nosotros del regreso.

El puerto, con sus curvas amplias y su paisaje que se abre hacia Álava, parecía recibirnos como un viejo conocido. A un lado, los montes; al otro, los campos que ya empezaban a cambiar de color con la tarde. Y en medio, nosotros tres, avanzando en ese coche que une generaciones, amistades y recuerdos.

Mientras subíamos, pensé en lo curioso que es volver por el mismo camino por el que uno ha ido. La carretera es la misma, sí, pero el regreso siempre tiene un tono distinto: más tranquilo, más reflexivo, más nuestro. El Alfa 90 lo sabe. Es un coche que acompaña, que no exige, que simplemente está. Y hoy, en esta subida hacia Vitoria, parecía casi orgulloso de seguir formando parte de nuestras rutas.

Al coronar el puerto, la ciudad apareció al fondo, como una bienvenida silenciosa. El sol empezaba a bajar, la luz se hacía más suave, y el Alfa 90 seguía avanzando con esa dignidad que solo tienen los clásicos que han sobrevivido al tiempo y a las modas.

Era el final del paseo, sí. Pero también era una confirmación: este coche, este día, esta ruta… todo sigue vivo, todo sigue en marcha, todo sigue formando parte de nuestra historia.



Entramos en Vitoria con esa sensación tranquila que siempre acompaña el final de una buena ruta. La ciudad nos recibió con su ritmo habitual, como si nada hubiera pasado, pero nosotros veníamos con el corazón un poco más lleno. El Alfa Romeo 90, después de Treviño, Uzquiano, Albaina y los campos dorados, avanzó por las calles conocidas como quien vuelve a casa después de reencontrarse consigo mismo.

Llegamos al garaje y guardamos el coche. El motor Busso se apagó con ese suspiro metálico que parece decir “hasta aquí por hoy”. Pero mientras cerrábamos la puerta, todos sentimos lo mismo: ganas de volver a sacarlo. No dentro de un mes, ni en una fecha especial. No. En una ocasión próxima, en cuanto el día lo permita, en cuanto el cuerpo lo pida, en cuanto el coche lo reclame.

Porque este Alfa 90 no es un coche que se use y se olvide. Es un coche que, cuando lo guardas, ya estás pensando en la próxima salida. Un coche que ha unido generaciones, que ha acompañado amistades, que ha visto domingos de monte, que ha cruzado Treviño tantas veces que casi podría hacerlo solo.

Hoy, 28 de junio de 2026, lo guardamos con la certeza de que volverá a salir pronto. Porque hay máquinas que no se apagan: solo descansan. Y este Alfa 90, este viejo conocido que ahora conduce mi hijo, tiene aún muchos kilómetros de historia por delante.


Hasta pronto.


Treviño bajo el sol: el Saab vuelve a respirar

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