El 8 de marzo es un día especial por partida doble. Celebramos la fuerza, la valentía y la lucha de la mujer trabajadora, un reconocimiento merecido a todas aquellas que han abierto camino y a las que siguen construyendo un mundo más justo. Pero, para mí, esta fecha guarda además un significado íntimo y profundo: es el cumpleaños de mi padre.
Aunque ya no está físicamente entre nosotros, su presencia sigue viva en cada recuerdo, en cada gesto que nos enseñó y en cada huella que dejó en nuestras vidas. Su ausencia se siente, pero su memoria nos acompaña, nos guía y nos reconforta. En este día, mientras celebramos a tantas mujeres que transforman el mundo, también celebro a él, que tanto transformó el mío.
Para esta doble celebración me he puesto el delantal y he querido preparar un postre para disfrutarlo junto a mi señora y nuestro hijo. De vez en cuando me gusta meterme en la cocina y hacer algún dulce, aunque normalmente es ella quien se encarga de estas delicias. Hoy, sin embargo, le he “usurpado” el puesto con cariño, porque quería que este día tuviera un sabor especial, un sabor que pudiéramos compartir los tres.
Mientras mezclaba ingredientes y el aroma empezaba a llenar la casa, no podía evitar pensar en mi padre. Él también era de esos que encontraban en los pequeños gestos una forma de demostrar amor. Quizá por eso hoy sentí la necesidad de hacer algo con mis propias manos, algo sencillo pero lleno de intención. Cocinar este postre se convirtió en una manera de recordarlo, de sentirlo cerca, de celebrar su vida mientras celebramos también la fuerza de todas las mujeres que han marcado la nuestra.
Y así, entre risas, harina y recuerdos, este 8 de marzo se ha transformado en un día completo: un homenaje a quienes luchan, a quienes nos enseñaron a ser quienes somos y a quienes, aun sin estar, siguen acompañándonos en cada gesto cotidiano. Porque al final, la vida está hecha de estos momentos compartidos, de estas pequeñas celebraciones que nos unen y nos recuerdan lo verdaderamente importante.
Hoy han sido un par de dulces los que he preparado: unos coquitos y una larpeira, ese postre tan típico de algunas zonas de Galicia dónde mi padre nació. “Larpeiro” significa goloso, y creo que no podría haber un nombre más apropiado para describir el espíritu con el que me metí en la cocina. Quería que este día tuviera ese toque casero, ese sabor que solo se consigue cuando uno cocina pensando en quienes quiere.
Mientras formaba los coquitos y la masa de la larpeira reposaba, me venían a la mente recuerdos de mi infancia, de esos momentos en los que los olores de la cocina marcaban el ritmo de la casa. Hoy, sin darme cuenta, estaba recreando un poco de aquello: un gesto sencillo, pero lleno de cariño, que une generaciones y mantiene vivos los vínculos incluso cuando alguien ya no está físicamente con nosotros.
Ver a mi señora y a nuestro hijo esperando a probar los dulces, con esa mezcla de curiosidad y complicidad, hizo que todo cobrara aún más sentido. Al final, cocinar no era solo cocinar: era celebrar, recordar, agradecer y compartir. Era unir en un mismo día la lucha y la memoria, el presente y el pasado, lo que somos y lo que nos enseñaron a ser.
Ahí están ya listos.
Le he hecho unos cortes profundos con el cuchillo para añadir crema pastelera en los huecos.
Cada poco vigilaba el horno para que no se quemase, en este momento de la foto, ya se ve que está cogiendo color.








