Tengo un pequeño torno en el que fabrico alguna pieza cuando la necesito y no la encuentro en el comercio. Suelen ser cosas para mis coches clásicos, que a veces piden caprichos que ya no se venden en ninguna parte. El torno, eso sí, es francamente malo: una construcción sencilla, casi de juguete, pero es lo que tengo. Y, para ser justos, me hace un gran servicio.
A veces me sorprendo pensando en comprar uno mejor, uno de esos que parecen sacados de un taller profesional. Pero luego recuerdo que la edad no perdona y que ya no estoy para llenar el garaje de máquinas nuevas como si fuera a montar una fábrica. Además, me pregunto: ¿realmente lo necesito? Al final, este torno humilde cumple su función, y yo sigo disfrutando del ritual de fabricar mis propias piezas, aunque sea con una herramienta que tiene más voluntad que precisión.
Hace poco se me rompió el portabrocas del contrapunto y reconozco que me disgusté. Pedí uno nuevo inmediatamente, casi sin pensarlo. Hago el pedido y, justo después, descubro que no llegará hasta marzo, viajando por tierra desde China. Intenté cancelarlo, pero no hubo manera. Así que recurrí a otro proveedor, uno más cercano, que lo tenía disponible para entrega al día siguiente. Lo pedí, por supuesto, y ya lo tengo en casa, listo para devolverle la dignidad al torno.
Ahí está el portabrocas roto.







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