21.5.26

Hoy casi un día veraniego. ¡¡Hay que disfrutar del sol!

 Un paseo de cumpleaños alrededor del embalse

Hoy, 21 de mayo, Vitoria ha amanecido con uno de esos días que parecen hechos a medida: cielo limpio, luz brillante y un calor que invita a salir sin prisa, a dejar que el aire templado te envuelva como un abrazo. Y justo hoy, que mi hijo cumplía años, no podía haber mejor excusa para escaparnos un rato y celebrar a nuestra manera: carretera, naturaleza y motor.

Ha venido a buscarnos con su Opel Astra GSi, ese coche que guarda el espíritu de otra época, cuando conducir era sentir el asfalto, escuchar el motor y dejar que cada curva contara una historia. Subirnos a él ha sido casi un ritual: la puerta que cierra con ese sonido firme, el asiento que te recoge, el olor a coche cuidado con cariño. Y luego, el arranque. Ese ronroneo que ya anuncia que el día va a ser bueno.

Nos hemos dirigido hacia uno de los embalses de Vitoria, rodeando sus orillas como quien bordea un espejo inmenso donde el cielo se mira. El agua estaba tranquila, apenas rizada por una brisa suave que parecía jugar con la superficie. A cada tramo, el paisaje cambiaba: praderas verdes, sombras de robles y pinos, caminos que se perdían hacia caseríos y laderas. Todo tenía ese brillo especial que solo aparece cuando el sol de mayo cae de lleno sobre Álava.

El Astra avanzaba ligero, con esa mezcla de deportividad y nobleza que lo caracteriza. Mi hijo, al volante, sonreía. Y yo, desde el asiento, pensaba en lo rápido que pasa el tiempo, en cómo aquel niño que un día llevaba sus juguetes en el asiento trasero hoy nos lleva a nosotros, orgulloso, celebrando su cumpleaños con un paseo que vale más que cualquier regalo.

Hemos parado en un mirador improvisado, donde el embalse se abría como un cuadro. El calor apretaba, pero era un calor amable, de esos que te recuerdan que el verano ya asoma. Nos hemos quedado un rato allí, respirando, mirando el agua, dejando que el momento se quedara grabado sin necesidad de fotos.

Después, vuelta tranquila, con el sol empezando a bajar y el Astra ronroneando satisfecho. Un paseo sencillo, sí, pero lleno de esos detalles que hacen que un día normal se convierta en un recuerdo.

Hoy el regalo lo ha hecho él, sin saberlo: un rato juntos, un paisaje precioso y el sonido de un motor que nos ha acompañado como una banda sonora familiar.













Esas verdes praderas, tan cuidadas y tan vivas bajo el sol de mayo, invitaban a detenerse un buen rato, a dejar que el tiempo se aflojara entre conversaciones y silencios compartidos. Y, cómo no, después de disfrutar de la sombra y del paisaje, costaba resistirse a la tentación de darse un baño en esas aguas de color turquesa, tan tranquilas que parecían llamarte por tu nombre. Un final perfecto para un día que ya de por sí había nacido especial.

 

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