14.6.26

HOY TUVIMOS COCHES CLÁSICOS EN AMOREBIETA (Vizcaya)

 Hay salidas que no se planean: simplemente se sienten. Y la de Amorebieta, en Vizcaya, volvió a ser una de esas. Pero este año el recibimiento fue distinto. Nada de cielos grises ni brumas norteñas: un solazo de justicia, de esos que te hacen pensar que alguien ha desplazado Euskadi unos cuantos grados hacia el sur sin pedir permiso. El calor caía a plomo sobre el asfalto y sobre los capós brillantes de los clásicos, así que la misión del día estaba clara: buscar sombra como si fuera oro.

Volvimos a participar con nuestro SAAB 900 Classic, ese viejo compañero que ya no necesita presentación. Arrancó con su ronroneo grave, ese sonido que no busca llamar la atención pero que, quien entiende, reconoce al instante. Es un motor que no grita: conversa. Y bajo aquel sol implacable, parecía agradecer cada metro cuadrado de sombra tanto como nosotros.

El camino hacia Amorebieta fue una mezcla de curvas suaves, olor a bosque y ese silencio cómplice que solo se da cuando el coche y el conductor se entienden. A medida que nos acercábamos, empezaron a aparecer otros clásicos, como luciérnagas mecánicas que se van reuniendo sin necesidad de señales.

En el lugar, el ambiente era el de siempre: gente que mira con cariño, niños que preguntan, veteranos que recuerdan, y nosotros, los de siempre, los que seguimos creyendo que un coche puede ser más que un medio de transporte. Puede ser memoria, puede ser carácter, puede ser familia.

Las sombras del recinto se convirtieron en aliados estratégicos. Cada sombra era disputada con la misma pasión con la que uno pule un cromado. Entre abanicos improvisados, botellines de agua y conversaciones a media voz, el ambiente seguía siendo magnífico. Porque al final, haga frío o haga calor, lo que nos mueve es lo mismo: la carretera, los amigos y estos coches que nos siguen regalando historias.

El SAAB se comportó como un caballero sueco: elegante, firme, sin una queja. Alguno se acercó a preguntarnos por él, otros simplemente lo miraban como quien observa un objeto que ya no se fabrica pero que nunca debería haberse dejado de fabricar.

Y así, entre motores que cuentan historias y amigos que se reencuentran, Amorebieta volvió a ser ese punto en el mapa donde los clásicos respiran, se muestran y se sienten vivos.
Nosotros también.



El domingo de la semana pasada llevamos este coche hasta Nanclares de la Oca que también hubo coches clásicos. Lo llevamos porque decía mi hijo que se le encendía la luz de avería. Tanto el domingo pasado con este, no se ha encendido la luz de avería en ningún momento.


A nivel técnico, el SAAB 900 Classic volvió a demostrar por qué es un coche con personalidad propia. Su motor de cuatro cilindros en línea, montado longitudinalmente y con la caja de cambios bajo el bloque —esa arquitectura tan peculiar de SAAB— respondió con suavidad incluso con el calor apretando. La inyección mantuvo un ralentí estable, la temperatura se mantuvo en su sitio sin sobresaltos y la dirección, con ese tacto firme y directo tan característico, hizo que cada maniobra entre los demás clásicos fuese un placer. Es un coche que, pese a los años, sigue transmitiendo solidez y una sensación de ingeniería bien pensada, de esas que ya no se ven.







Cuando llegamos a la concentración, los demás ya estaban preparando un recorrido por la zona.  Pero nosotros, sinceramente, no estábamos para heroicidades térmicas. Entre el calor y que al SAAB hay que cargarle el gas del aire acondicionado, decidimos que lo más sensato —y lo más sabio— era quedarnos a la sombra. Ese día, nuestro aire acondicionado funcionaba “a la velocidad y a lo que se abran las ventanas”, tecnología clásica de eficacia variable. Así que nos instalamos bajo un edificio que nos  daba la sombra, nos quedamos allí disfrutando del frescor relativo y de la tranquilidad de ver pasar los coches sin prisa.





Siempre hay con quien conversar en estas concentraciones, somos compañeros de una misma afición.
Os dejo unas cuantas fotos que saqué, algunas bajo un sol de justicia. 
 





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También hubo un momento para tomar un refrigerio acompañado con un pintxo de tortilla.




Antes que finalizase, nosotros partimos de regreso a Vitoria. Le puse al GPS que nos llevase a Vitoria y se empeñaba en llevarnos por Durango, nosotros habíamos ido por Lemona  y queríamos regresar por el mismo sitio.

Le costó enrutarse hacía Lemona, constantemente nos decía que diésemos la vuelta, al final hubo un momento que cambió de opinión  y nos trajo por dónde queríamos.

Subimos el puerto de Barazar.

Entramos en Álava y pronto llegamos a Vitoria.

Guardamos el coche diciéndole hasta pronto.

HOY TUVIMOS COCHES CLÁSICOS EN AMOREBIETA (Vizcaya)

  Hay salidas que no se planean: simplemente se sienten . Y la de Amorebieta, en Vizcaya, volvió a ser una de esas. Pero este año el recibim...