12.6.26

Primera salida con el nuevo pre‑clásico

 

Esta mañana he salido con mi hijo a dar un paseo con nuestra nueva adquisición, un coche pre‑clásico que llevaba mirándome desde el garaje como diciendo: “¿Y tú cuándo piensas sacarme a respirar?”. Hasta hoy no lo había probado, ni siquiera había dado un simple paseo con él, así que la sensación era mitad curiosidad, mitad expectación.

El coche se ha comportado con esa mezcla tan suya de veteranía y capricho: noble en lo esencial, pero dejando claro que tiene sus años y su carácter. Y qué gusto da descubrirlo en compañía de mi hijo, comentando cada ruido, cada sensación, cada detalle que solo se aprecia cuando uno conduce algo con alma.

No ha sido una gran ruta, ni hacía falta. Era simplemente el primer encuentro, el apretón de manos entre conductor y máquina. Y ha salido redondo.

Después del primer contacto, hoy tocaba darle un poco más de carretera al nuevo pre‑clásico. Mi hijo y yo hemos salido por el puerto de Vitoria, dejando que el coche estirara las piernas mientras nosotros escuchábamos cada matiz del motor, como quien conoce a alguien nuevo y quiere captar su carácter.

La subida ha sido suave, con ese punto de frescura que tiene la mañana cuando todavía no se ha llenado de tráfico. Al coronar, hemos seguido hasta Las Ventas de Armentia, un lugar que siempre marca un pequeño hito en cualquier ruta corta. Allí hemos dado la vuelta, regresando a Vitoria con la sensación de que el coche empezaba a confiar en nosotros… o nosotros en él.

Pero la cosa no podía quedarse ahí. Así que, sin apagar el entusiasmo —ni el motor— hemos decidido continuar la jornada dando una vuelta al embalse de Landa, un clásico de nuestras escapadas. El paisaje, como siempre, ha puesto de su parte: agua tranquila, montes verdes y ese silencio que solo se rompe con el sonido del coche y algún comentario cómplice entre padre e hijo.





El coche anda suave, con una suspensión confortable pero con ese punto firme que roza lo deportivo, lo justo para recordarte que, aunque sea pre‑clásico, aún tiene orgullo. En toda la ruta no se han apreciado ruidos raros ni extraños, nada que haga fruncir el ceño o levantar la ceja. Da la sensación de ser un coche fiable, de esos en los que uno puede confiar sin estar pendiente de cada vibración. Y eso, en un primer día de convivencia, vale oro.


Al llegar a Las Ventas de Armentia hemos hecho una breve parada, lo justo para mirar el coche con esa media sonrisa de “esto promete”. Después hemos emprendido el regreso por la misma ruta, dirección Vitoria, dejando que el coche siguiera demostrando su carácter. La suspensión se siente confortable pero firme, con ese toque casi deportivo que da seguridad sin sacrificar comodidad. Y lo mejor: ni un ruido extraño, ni un crujido sospechoso, ni una vibración que invite a desconfiar. Se nota que es un coche al que se le puede dar carretera sin miedo.


De regreso a Vitoria volvemos a pasar por Uzquiano


Y como a mí siempre me tiran los edificios antiguos, al pasar por Uzquiano no he podido resistirme. La iglesia románica, pequeña pero con una presencia que impone, bien merece una foto. Tiene ese aire de siglos que te hace bajar del coche casi por instinto, como si el propio edificio te llamara. Entre el silencio del pueblo y la piedra dorada por el sol, la parada ha sido breve pero de esas que dejan huella.



De regreso volvemos a pasar por el puerto Vitoria.


Además, el coche viene bien servido: seis velocidades que permiten estirar cada marcha con suavidad y un empuje continuo, y tracción a las cuatro ruedas, que se nota en cada curva y en cada cambio de firme. Esa combinación transmite una sensación de aplomo que sorprende para un pre‑clásico. Se agarra, responde y acompaña, como diciendo: “Tú conduce tranquilo, que yo hago el resto”.


Al llegar de nuevo a Vitoria, el cartel de entrada nos ha recibido como un viejo conocido. Después de la ruta por el puerto, la parada en Las Ventas de Armentia, la vuelta por Landa y el paso por Arkaute, ver ese letrero ha sido casi simbólico: el cierre de una mañana redonda con el pre‑clásico. Un regreso tranquilo, con la satisfacción de comprobar que el coche responde, que acompaña y que promete muchas más salidas como esta.


Después de regresar a Vitoria por la ruta de Las Ventas de Armentia, hemos decidido continuar la jornada rodeando el embalse de Landa, un clásico que nunca falla. El coche, con sus seis velocidades y la tracción a las cuatro ruedas, se siente en su terreno: aplomado, seguro y con ese punto firme de la suspensión que invita a disfrutar cada curva. El paisaje acompaña, como siempre, y la carretera se deja querer. Cuando terminemos la vuelta, regresaremos a Vitoria‑Gasteiz por Arkaute, cerrando así una ruta completa, variada y perfecta para conocer de verdad a este nuevo compañero de aventuras.




Mientras bordeábamos el embalse de Landa, el agua nos acompañaba a la derecha con un azul intenso, casi eléctrico, que resaltaba aún más desde el coche. Ese color profundo, quieto y limpio parecía moverse con nosotros, como si el embalse también formara parte del estreno del pre‑clásico. Entre el brillo del sol sobre la superficie y el silencio del entorno, la escena tenía algo hipnótico, de esos momentos que uno guarda sin necesidad de hacer nada más que mirar.




Desde este punto del camino ya vemos a lo lejos parte de Vitoria‑Gasteiz, asomando entre el verde y la luz de la tarde. Después de rodear el embalse de Landa, con su azul intenso acompañándonos desde la ventanilla, la silueta de la ciudad aparece como un recordatorio de que la ruta va llegando a su fin. El pre‑clásico sigue rodando firme, con sus seis velocidades y la tracción total haciendo su trabajo, mientras nosotros disfrutamos de ese último tramo que siempre sabe a despedida y a ganas de volver a salir.


Utilizando el Google maps he hecho una ruta con el recorrido realizado.


Hemos completado el recorrido con una sonrisa tranquila, de esas que salen solas cuando todo encaja. El coche ha demostrado que anda suave, que su suspensión firme pero confortable cumple, que las seis velocidades y la tracción total le dan aplomo, y que no hay ruidos raros que inviten a desconfiar. La vuelta por Landa, el azul intenso del embalse, la aparición lejana de Vitoria‑Gasteiz y el regreso por Arkaute han sido el broche perfecto. Nos ha dejado muy buen sabor, así que volveremos a salir con él, sin duda.








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