Hay coches que uno compra con la cabeza y otros que se compran con el corazón. Mi BMW E30 pre pertenece, sin duda, al segundo grupo… aunque, siendo sincero, el corazón aquella vez se dejó engañar. Lo compré barato, o eso creí. Con el tiempo descubrí que lo barato era solo el envoltorio: dentro venía un festival de óxido, chapas perforadas y horas de soldadura que parecían no tener fin. Pero así son las historias que merecen ser contadas: empiezan mal, siguen peor y acaban con una sonrisa.
El coche lleva conmigo unos años, estuvo esperando su turno en la lista de “algún día”. Cuando por fin me puse con él, descubrí que la carrocería era un mapa de cicatrices. Soldé chapa tras chapa, como quien remienda una armadura antigua. Cada punto de soldadura era una pequeña victoria contra el tiempo, y también contra mi propia terquedad. Pero el E30 lo valía: había algo en él que pedía volver a la vida.
Los asientos originales estaban para escribir un poema triste, así que los sustituí por unos de cuero de un Saab 93 que encontramos en el desguace. Estaban sorprendentemente bien, como si hubieran estado esperando su segunda oportunidad. Encajaron en el BMW como si siempre hubieran pertenecido allí, dándole un aire de dignidad que el coche agradeció.
El motor fue otro capítulo. Mi hijo y yo lo preparamos juntos, una de esas tareas que mezclan mecánica y complicidad. Entre tornillos, juntas y risas, el E30 empezó a recuperar su pulso. Cuando ya teníamos todo emplastecido y lijado, lo mandamos pintar. Verlo salir del taller, brillante y entero, fue como ver a un viejo amigo después de una larga recuperación.
Lo compré por una razón muy simple: es automático. Y para mí, con mis problemas de movilidad, eso lo convierte en el único clásico que puedo conducir sin pelearme con los pedales. Para el día a día tengo otro automático, más moderno y más cómodo, pero este BMW… este es otra cosa. Es un puente con el pasado, una declaración de intenciones, un recordatorio de que todavía puedo disfrutar de la carretera a mi manera.
Hoy el E30 ya no es aquel coche barato que salió caro. Ahora es un coche valioso, no por su precio, sino por todo lo que hemos puesto en él: tiempo, esfuerzo, soldadura, cuero rescatado, pintura nueva y, sobre todo, la satisfacción de haberlo devuelto a la vida con nuestras propias manos.
Y cada vez que lo arranco, siento que también me arranco un poco a mí mismo: que sigo en movimiento, que sigo en ruta, que aún hay caminos por recorrer.
Este fue el coche donante,
Total que ya está más o menos, consulté con un tapicero antes de meterme en este trabajo pero pensé, se reirán del trabajo si no queda bien pero me ahorro casi para pintarlo.



