12.9.26

“Verano de 2007: Un viaje por la Ribeira Sacra que nunca se olvida”

 


 Vacaciones de 2007: el Neón, el Camino y un verano que ya huele a clásico

Han pasado diecinueve años desde aquel viaje de vacaciones en 2007, y sin embargo lo recuerdo como si el asfalto todavía estuviera caliente bajo las ruedas. Salimos de Vitoria con nuestro Chrysler Neón, que hoy, con 29 años desde su fabricación, ya empieza a mirar de reojo el mundo de los clásicos. En aquel entonces era simplemente “el coche nuevo”, aunque llegó a casa casi por sorpresa.

La historia es sencilla: por mis problemas de movilidad, en el psicotécnico me dijeron que solo podía conducir coches automáticos. Me puse a mirar marcas conocidas, modelos populares… y todos tardaban meses en entregarlo. Meses. Y yo necesitaba un coche ya. El Neón estaba allí, en el concesionario, mirándome como quien dice “llévame”. Y casi me lo llevo puesto. Hi.

Con él emprendimos aquel viaje siguiendo el Camino de Santiago, aunque nosotros íbamos sobre cuatro ruedas. Aun así, nos encontramos con muchos peregrinos avanzando con paso firme, mochila al hombro y esa mezcla de cansancio y determinación que solo se ve en quienes persiguen una meta espiritual o personal.

Llegamos a Astorga, donde el aire ya empieza a cambiar, y desde allí subimos el Puerto del Manzanal, ese tramo que parece hecho para que los coches respiren hondo y los viajeros miren lejos. El Neón subió sin quejarse, como si quisiera demostrar que, aunque casi impuesto, había sido una buena elección.




Después pasamos por Ponferrada, tierra de castillo templario y de carretera amable, y seguimos rumbo a Ourense, donde el viaje empezó a tomar ese sabor de verano gallego: verde, húmedo, luminoso y siempre un poco nostálgico.

A veces uno no sabe qué viajes van a quedarse grabados. Este, sin duda, lo hizo. Quizá por el coche, quizá por el Camino, quizá por aquel momento de la vida. O quizá porque hay trayectos que, sin pretenderlo, se convierten en pequeñas historias que vale la pena contar.







En Castro Caldelas hicimos lo que siempre se hace allí: parar. No es una decisión, es una tradición. El pueblo, con su castillo vigilando desde lo alto, invita a bajar el ritmo. Y nosotros, después de tantas curvas desde Ponferrada, aceptamos encantados.

La parada tenía nombre propio: café y bica. Esa bica que parece sencilla pero que guarda en su miga toda la esencia de la montaña gallega. Dulce sin exagerar, esponjosa, honesta. La clase de dulce que uno no come: uno comparte. Y mientras la saboreábamos, el Chrysler Neón descansaba también, como si supiera que lo que venía después era uno de los tramos más hermosos del viaje.

Porque desde Castro Caldelas empieza el descenso hacia los cañones del Sil, un camino que no solo baja en altura, sino que te va metiendo en otro mundo. La carretera se estrecha, el verde se vuelve más intenso, y el aire adquiere ese olor a humedad y piedra que anuncia que el río está cerca. Cada curva abre un pequeño balcón natural, y aunque ya habíamos hecho ese recorrido muchas veces, siempre había algo nuevo que mirar.

El Sil no aparece de golpe: se insinúa. Primero en forma de bruma, luego en un destello entre los árboles, y finalmente como un espejo profundo encajado entre paredes de roca. El descenso es casi ceremonial, como si la carretera quisiera prepararte para la grandeza del paisaje que está por venir.

Y allí íbamos nosotros, verano de 2007, el Neón automático que casi llegó impuesto, y un camino que ya era parte de nuestra historia.




En el descenso hacia la Ribeira Sacra, la carretera se abría y se cerraba como un telón vivo. La mayor parte del tiempo avanzábamos entre robles y castaños, que formaban un túnel natural de sombra y frescor. Pero de vez en cuando, en esos tramos donde el bosque se retiraba y dejaba la ladera desnuda, aparecía un regalo inesperado: la vista lejana de Monforte de Lemos, allá al fondo, en la provincia de Lugo.

Era solo un instante, un hueco entre ramas, pero suficiente para reconocer la silueta de la ciudad, ese valle amplio donde el Cabe serpentea y donde el Colegio de los Escolapios parece vigilarlo todo desde su altura. Ver Monforte desde tan lejos siempre tenía algo de mágico, como si la carretera quisiera recordarte que Galicia es un mosaico de paisajes conectados entre sí, aunque tú estés todavía en plena bajada hacia los cañones del Sil.



Y finalmente, después del descenso entre robles, castaños y esas ventanas naturales que dejaban ver Monforte de Lemos a lo lejos, llegamos a Teimende, cerca de Parada do Sil. Qué lugar, Honorio. Qué memoria.

Entrar en Teimende siempre tenía algo de abrazo. Allí estaban mis abuelos, mis tíos, mis primos, y toda esa constelación familiar que llenaba la aldea de voces, risas, historias y trabajo. Cada casa tenía su encanto, cada camino su nombre, cada piedra su recuerdo. Era llegar y sentir que el viaje no terminaba: simplemente cambiaba de ritmo.

Hoy, muchos de ellos ya no están. Falta gente en las cocinas, en los bancos de piedra, en las viñas y en las sobremesas. Pero no han desaparecido. Siguen ahí, en la memoria, en las frases que repetimos sin darnos cuenta, en los gestos heredados, en las historias que aún contamos como si hubieran ocurrido ayer.

Porque lo que se recuerda nunca muere. Y en Teimende, cada rincón recuerda. además están en mis fotografías que saque en su día, así los sigo viendo como si fuese hoy.



En Teimende, además de los recuerdos que llegan solos, están las cosas que permanecen. Objetos que han sobrevivido a generaciones y que hoy son casi guardianes silenciosos de la historia familiar.

Ahí sigue, firme, la barquillera de mi abuelo Tomás. Ese tambor metálico que un día recorrió ferias, caminos y plazas, lleno de barquillos recién hechos. Hoy descansa, pero no ha perdido su dignidad. Cada vez que la miro, parece que aún guarda el eco de las voces, el olor dulce de la masa y el sonido de las monedas cayendo en la tapa. Es un pedazo de vida, un oficio, una época.



El hórreo del Sr. Ramón. Ese hórreo que ha visto más inviernos que cualquiera de nosotros, que ha guardado maíz, patatas, herramientas y secretos. Sigue ahí, con su madera recién pintada y su aire de centinela rural, recordando que la casa no se entiende sin él.



 luego está el pote de mis primos, que ahora hace de florero. Qué maravilla de transformación. Ese pote que antes cocía la comida al fuego, que alimentó a la familia durante años, hoy sostiene flores. Dejó de servir para guisos cuando llegaron las ollas nuevas, brillantes y prácticas, pero no perdió su alma. Ahora decora, acompaña, embellece. Es como si dijera: “ya no cocino, pero sigo aquí”.




Visitamos los meandros del Sil, esos giros imposibles del río que parecen dibujados por un artista caprichoso. Desde arriba, el agua se veía quieta, profunda, casi solemne, encajada entre paredes de roca que parecían guardianes de otro tiempo. El silencio era tan grande que uno casi podía escuchar el eco de los pasos de los antiguos monjes de Santa Cristina.


En el pueblo, el nuevo Ayuntamiento brillaba con ese aire de obra reciente, contrastando con la piedra antigua que domina la zona. Y, por supuesto, estaba el monumento al barquillero, que para ti no es solo una figura: es un símbolo familiar. Un guiño a tu abuelo Tomás, a su oficio, a su vida. Verlo allí, en Parada do Sil, era como encontrar un pedazo de tu historia en mitad del viaje.

Todo eso formaba parte de aquel verano de 2007: carretera, paisaje, familia, memoria. Un viaje que no solo recorría kilómetros, sino también raíces.




Luego nos acercamos a los Miradores de Madrid, esos balcones naturales que se asoman al cañón con una mezcla de vértigo y belleza. Allí el viento siempre sopla distinto, como si quisiera contarte algo. Y uno se queda mirando, sin prisa, dejando que el paisaje haga su trabajo.


Y claro, no podía faltar la gastronomía. En Galicia, comer no es un acto: es una celebración. Aquel verano de 2007, después de recorrer Parada do Sil, los miradores y los meandros del río, nos sentamos a disfrutar de lo que la tierra ofrece con generosidad.

La ternera gallega, tierna y con ese sabor profundo que solo da el pasto de montaña, llegó a la mesa como una recompensa al viaje. Cada bocado era un recordatorio de que Galicia no solo se contempla: también se saborea. Y junto a ella, cómo no, el vino de la Ribeira Sacra, ese tinto que nace de viñas imposibles, colgadas en terrazas que desafían la gravedad. Un vino que sabe a esfuerzo, a pendiente, a manos curtidas y a tradición.

En la foto que hicimos —esa que guardamos como un pequeño tesoro— aparecía la copa de vino con un brillo especial, como si ya estuviera anunciando la próxima cosecha. Porque en la Ribeira Sacra el vino nunca es solo vino: es paisaje embotellado, es historia líquida, es memoria que se bebe despacio.


En esta zona de Parada do Sil, Teimende, Sacardebois y toda la Ribeira Sacra, hubo muchos barquilleros. Era casi una seña de identidad. Familias enteras recorrían ferias, romerías y plazas de media España con el tambor al hombro, ofreciendo esos barquillos que eran dulzura, artesanía y sustento.

Tu familia formaba parte de esa historia. Y tú lo recuerdas con una claridad que emociona.

Tu abuelo Tomás te contaba que había ido a Cuba con su padre y un hermano. No solo emigraron: llevaron el oficio con ellos. En ocasiones también hacían barquillos allí, en La Habana o donde tocara, porque el oficio era parte de su identidad. No era solo un trabajo: era una manera de vivir, de abrirse camino, de mantener la familia unida incluso lejos de Galicia.






Aquel verano de 2007 no nos limitamos a visitar los monumentos de Parada do Sil. La zona está llena de lugares que parecen sacados de un libro antiguo, y nosotros, con el Chrysler Neón avanzando tranquilo, quisimos aprovechar para ver algunos de esos rincones que siempre merecen una parada.

Nos acercamos al Monasterio de San Pedro de Rocas, uno de esos sitios que sorprenden incluso a quienes ya conocen bien la Ribeira Sacra. Excavado en la roca, humilde y antiguo, tiene un aura especial. Las tumbas antropomorfas, talladas directamente en la piedra, parecen recordar que este lugar fue refugio espiritual mucho antes de que existieran carreteras, coches o miradores. Caminar por allí es como entrar en un capítulo de la historia gallega escrito con paciencia y silencio.

Ambos lugares, cada uno con su carácter, completaron el viaje con ese toque de misterio y belleza que define a la Ribeira Sacra. No eran solo visitas turísticas: eran encuentros con el pasado, con la tierra, con la memoria.

Parador de Santo Estevo, un lugar que impresiona desde el primer momento. El antiguo monasterio, abrazado por el bosque, tiene esa mezcla de solemnidad y calma que solo se encuentra en los edificios que han sobrevivido siglos. Sus claustros, sus muros gruesos, la luz filtrándose entre las arcadas… todo parecía invitar al silencio. Allí uno siente que el tiempo se mueve más despacio, como si el río Sil, que discurre no muy lejos, marcara el ritmo de la vida.







Después de recorrer Santo Estevo y San Pedro de Rocas, volvimos de nuevo a Parada do Sil, como quien regresa a un punto de referencia antes de seguir explorando. Desde allí nos dirigimos a Castro, una pequeña aldea que siempre parece estar suspendida entre el bosque y el silencio. Es un lugar que no necesita grandes gestos para enamorar: basta con llegar, respirar y dejar que la montaña haga su trabajo.

Desde Castro tomamos el camino que lleva al Monasterio de Santa Cristina de Ribas de Sil, uno de los tesoros más antiguos y misteriosos de la Ribeira Sacra. La carretera, estrecha y rodeada de árboles, parecía guiarnos hacia un lugar que se protege a sí mismo. Robles, castaños y helechos formaban un corredor natural que hacía que el viaje tuviera algo de ritual, como si cada curva fuera un paso más hacia otro tiempo.

Santa Cristina aparece siempre de golpe.
Una curva, un claro, y allí está:
la torre románica recortada contra el cielo,
los muros de piedra oscura,
el bosque abrazándolo por completo.

El monasterio tiene esa serenidad que solo poseen los lugares que han sobrevivido siglos sin perder su esencia. Caminar por su entorno es sentir que el Sil está cerca, aunque todavía no se vea. El aire cambia, la luz se vuelve más profunda, y el silencio adquiere un peso especial, casi sagrado.

Aquel día de 2007, mientras recorríamos sus alrededores, parecía que el tiempo se había detenido. El Chrysler Neón esperaba en la sombra, como si también entendiera que aquel lugar merecía una pausa larga, de esas que se guardan en la memoria para siempre.



El Monasterio de Santa Cristina de Ribas de Sil no es solo un lugar bonito: es un lugar que impone. Cuando uno se acerca a su fachada, lo primero que atrapa la mirada es su hermoso rosetón, una joya románica que parece encenderse con la luz del bosque. La piedra, trabajada con paciencia de siglos, deja pasar la claridad como si el monasterio respirara a través de él.

Después está el claustro, pequeño, íntimo, recogido. No es un claustro grandioso como los de los grandes monasterios urbanos; es un claustro que invita al silencio, al paso lento, a escuchar el murmullo del viento entre los árboles. Caminar por él es sentir que los monjes que vivieron allí aún dejan un rastro de serenidad en cada esquina.

Y dentro, las pinturas. Esas pinturas antiguas, humildes, hechas para enseñar y para acompañar, no para impresionar. Aunque el tiempo las haya desgastado, siguen transmitiendo una fuerza especial. Son como voces antiguas que se niegan a desaparecer.

Todo el conjunto —la fachada, el rosetón, el claustro, las pinturas, el entorno natural que lo abraza— es digno de admiración. Santa Cristina no necesita grandes palabras: basta con estar allí, respirar hondo y dejar que el lugar haga su magia.

Aquel día de 2007, mientras recorríamos sus rincones, parecía que el tiempo se había detenido solo para nosotros. El Sil seguía su curso abajo, silencioso y profundo, y el bosque envolvía el monasterio como un manto protector. Fue uno de esos momentos del viaje que se quedan grabados sin esfuerzo.







Todo viaje tiene su fin, y aquel verano de 2007 también. Tocaba dejar Parada do Sil, despedirse de los miradores, del Sil profundo, de los monasterios escondidos y de los recuerdos familiares que siempre despierta Teimende. El Chrysler Neón, fiel compañero de carretera, apuntó de nuevo hacia Vitoria.

No existe regreso sin parada en Castro Caldelas.

Es una ley no escrita, una tradición que se cumple sin pensarlo. Antes de abandonar Galicia, siempre toca subir hasta el castillo, aparcar en la plaza y dejar que el pueblo haga su magia.

Allí nos esperaba lo de siempre, lo imprescindible:

  • Su carne, tierna y con ese sabor que solo da la montaña.

  • Su vino, que baja suave y deja en la boca el eco de las viñas de la Ribeira Sacra.

  • La bica, esa bica que nunca falta, que nunca falla, que nunca decepciona.

Era como un pequeño ritual de despedida. Una forma de decirle a Galicia: “volveremos”. Y también una manera de llevarnos un último recuerdo cálido antes de que la carretera nos devolviera a Vitoria.

El viaje de 2007 terminó allí, entre platos sencillos y auténticos, entre el murmullo del pueblo y el castillo vigilando desde lo alto. Pero lo que se vive en Castro Caldelas —igual que lo que se recuerda de Teimende, de Santa Cristina, del Sil— no se pierde. Se queda dentro, esperando el próximo regreso.






Después de la última bica, del último sorbo de vino y de ese ritual que siempre cumplimos en Castro Caldelas, tocaba despedirse. Y lo hicimos como se despiden los lugares queridos: mirando atrás una vez más.

Nos despedimos del castillo de Castro Caldelas, que desde lo alto parece vigilar el valle con la paciencia de quien ha visto pasar siglos de viajeros. Cada vez que lo dejamos atrás, da la sensación de que el castillo nos observa marchar, como diciendo: “volveréis”.

También nos despedimos de la iglesia de Trives, que siempre aparece en el viaje como un punto de referencia, un saludo breve pero necesario. Trives tiene ese encanto discreto, de pueblo que no presume pero acompaña, y su iglesia es parte de esa identidad tranquila que tanto reconforta.

Y, por supuesto, nos despedimos del puente romano sobre el río Bibey, una joya que parece colocada allí para recordarnos que la historia no está en los libros, sino en las piedras que seguimos cruzando. Ver el Bibey correr bajo ese arco antiguo es como mirar un pedazo de eternidad. El puente no cambia, el agua sí. Y nosotros, entre ambos, seguimos haciendo camino.



La siguiente parada del regreso fue Vecilla de la Vega, en León. No es un desvío, no es un capricho del mapa: es una visita que bien merece el viaje. Allí tenemos familia, y de la buena. Su padre era tío de mi padre, todos ellos primos míos tambien y esa rama del árbol familiar siempre ha mantenido una relación cercana, sincera, de esas que no necesitan demasiadas palabras para entenderse.

Llegar a Vecilla de la Vega después de tantos kilómetros era como entrar en una casa conocida, aunque estuviera en otra provincia. El paisaje cambiaba, sí, pero el afecto no. Allí nos recibían con esa hospitalidad tranquila que tienen los pueblos de León: conversación pausada, recuerdos compartidos, alguna anécdota que siempre vuelve, y la sensación de que el tiempo se detiene un poco cuando uno está entre los suyos.

Era una parada necesaria, un descanso del camino y un abrazo familiar antes de continuar hacia Vitoria. Porque los viajes no solo se construyen con paisajes, monasterios y miradores: también con personas. Y en Vecilla de la Vega, como siempre, encontramos ese calor que solo da la familia.



Después de despedirnos de Vecilla de la Vega, con ese abrazo familiar que siempre reconforta, retomamos la carretera rumbo a Santa María del Páramo. La llanura leonesa se abría ante nosotros, amplia, dorada, con ese horizonte que parece no terminar nunca. Pasar por allí siempre tiene algo de calma: pueblos tranquilos, campos que se extienden como un tapiz y esa sensación de que el viaje avanza sin sobresaltos.

De Santa María del Páramo seguimos hacia Coyanza, la actual Valencia de Don Juan, un lugar que combina historia y serenidad. Cruzar sus calles es como atravesar un pequeño puente entre pasado y presente. Allí el río Esla acompaña el paisaje, y el castillo vigila desde lo alto como recordando que esta tierra también tiene su propia memoria.

Desde Coyanza salimos cerca de Sahagún de Campos, punto clave del Camino de Santiago y cruce de caminos desde hace siglos. Ver su silueta al fondo siempre trae un pequeño guiño al inicio del viaje, cuando también nos encontramos peregrinos avanzando hacia Compostela. Era como cerrar un círculo.

Después, la carretera nos llevó ya dirección Burgos, con el Chrysler Neón avanzando firme, como si supiera que el viaje estaba llegando a su fin. Los kilómetros pasaban, el paisaje cambiaba, y poco a poco la sensación de regreso se hacía más fuerte.

Y finalmente, Vitoria. La ciudad que nos vio partir y que ahora nos recibía de nuevo, con la luz de la tarde y el cansancio dulce de un viaje bien hecho.

Aquel verano de 2007 terminó así: con carretera, con familia, con paisajes que aún hoy viven en tu memoria. Un viaje que no solo fue recorrido, sino también vida.





Esa frase tan sincera y tan mía: “Me ha hecho revivir esos recuerdos que uno lleva en el interior.” Eso es exactamente lo que he hecho durante toda esta crónica: abrir un cajón lleno de memoria, carretera, familia, paisajes y afectos, y volver a mirar dentro con calma, con cariño, con esa sensibilidad mia que convierte cada detalle en algo vivo.

Y lo digo algo con toda honestidad: no he contado un viaje, he contado una vida.

He reconstruido 2007 como si lo tuvieras delante: las curvas desde Ponferrada, Castro Caldelas y su castillo vigilante, la bica que nunca falta, los meandros del Sil, los monasterios escondidos, Teimende y la barquillera de mí abuelo Tomás, los barquilleros que cruzaron España y llegaron hasta Cuba, las visitas familiares en León, y ese regreso pausado hacia Vitoria que sabe a despedida, pero también a promesa.

Todo eso estaba dentro de mí, guardado, esperando a que lo trajera de vuelta. Y lo he hecho con una emoción que solo tienen los recuerdos verdaderos, los que no se inventan ni se adornan: se viven otra vez.






10.9.26

El taller, mi refugio: trabajo, paciencia y satisfacción

 

El domingo sacamos el Austin Victoria para ir a una concentración de coches clásicos. Entre saludos, motores veteranos y ese ambiente que solo se respira en estas quedadas, no me fijé en un detalle importante: la ITV estaba caducada. Cosas que pasan cuando uno disfruta más del paseo que de los papeles.

Ayer, sin más demora, lo llevamos a pasar la inspección. El Austin, que aunque veterano sigue siendo un señor coche, salió con resultado satisfactorio. Ni un solo problema, todo en orden, como si quisiera demostrar que los años no le pesan tanto como parece. Así que ya tenemos otro año más para seguir circulando con él, con tranquilidad y orgullo.

La verdad es que no andamos mucho con estos clásicos. Miré la ITV anterior y en un año apenas habíamos recorrido cuatrocientos kilómetros. Pero cada uno de esos kilómetros tiene más historia, más cariño y más sabor que muchos miles hechos con coches modernos. No es cuestión de distancia, sino de compañía.



Salimos de Vitoria dirección Miranda de Ebro, como hacemos cada año por pura tradición. Esa ruta ya la conocemos de memoria: el paisaje que se abre, las curvas suaves y ese sonido de domingo que acompaña a los coches clásicos cuando salen a estirar las piernas.

Pero hoy el camino venía con sorpresa. Al llegar al túnel de Peña María nos encontramos obras dentro del interior. La circulación se estrechaba, las luces de emergencia parpadeaban y, como era de esperar, se formó un buen tapón con retenciones. Paciencia, primera, segunda, y a avanzar a ritmo de procesión, mientras el Austin mantenía su compostura de veterano.

Ahora mismo estamos junto al edificio de la ITV, casi como si el destino quisiera recordarnos la aventura de esta semana. Después del susto de la inspección caducada y del alivio de haberla pasado sin problemas, ver el edificio aquí al lado tiene su gracia: una especie de guiño del camino, como diciendo “no te olvides de mí”.



En el parabrisas aún luce la etiqueta amarilla, la correspondiente al periodo 2025–2026, como un recuerdo de los kilómetros tranquilos que hemos hecho este año. Pero hoy vamos con la mirada puesta en la nueva, la ansiada pegatina del periodo 2026–2027, que en esta ocasión es de color rojo. Ese rojo vivo que parece decir: “otro año más, seguimos en la carretera”.

Es curioso cómo un simple adhesivo puede convertirse en un pequeño trofeo. No es solo una fecha: es la confirmación de que el Austin Victoria sigue en forma, que pasa la inspección con dignidad y que nos permite seguir disfrutando de esas escapadas que, aunque pocas, saben a gloria.


Como el resultado fue favorable, ya tenemos nuestra etiqueta nueva en la mano. Mientras la Sra. conduce, yo voy preparando el pequeño ritual: retirar la pegatina vencida y colocar la recién conseguida, la roja, la que nos da permiso para seguir rodando un año más.

Es un gesto sencillo, casi doméstico, pero tiene su encanto. Busco el borde de la etiqueta antigua, la despego con cuidado —como quien retira una página ya leída— y dejo el hueco listo para la nueva. El Austin, mientras tanto, avanza tranquilo, ajeno a la ceremonia, pero con ese aire de coche veterano que sabe que ha cumplido.



La carretera iba despejada, sin contratiempos, como si el domingo nos hubiera reservado un pasillo libre para disfrutar del paseo. El Austin ronroneaba suave, agradecido por volver a moverse después de tantos días de quietud. Y la Sra., con ese tono suyo entre broma y verdad, decía que le iba a quitar la carbonilla al motor después de su largo letargo.

El coche parecía asentir. Cada cambio de marcha, cada aceleración contenida, era como un estiramiento de músculos viejos que vuelven a recordar lo que es sentirse útiles. El paisaje pasaba sin prisa, el motor recuperaba alegría y nosotros, dentro, disfrutábamos de ese momento sencillo que solo los coches clásicos saben regalar.





Entramos en el túnel de Peña María, esta vez en dirección Vitoria. El interior estaba tranquilo, sin señales de obra ni retenciones en nuestro sentido. El problema, como ya intuíamos, estaba en la dirección Burgos, donde las luces de freno y los conos seguían marcando el paso lento de los coches.

Al salir del túnel miramos de reojo hacia el otro carril, casi por curiosidad, para ver si las retenciones continuaban. Y sí, allí seguían: una hilera de vehículos avanzando a cuentagotas, como si el túnel fuera una garganta estrecha que aún no termina de tragar el tráfico.

Nosotros, mientras tanto, seguimos nuestro camino con el Austin ronroneando y la carretera despejada, disfrutando de esa sensación de volver a casa sin prisa.






Salimos del túnel y, como sospechábamos, ahí sigue el problema: cientos de metros de retenciones en sentido Burgos. Una fila compacta de coches avanzando a paso de tortuga, como si el tráfico estuviera masticando lentamente todo lo que entra por Peña María y no diera abasto.

Desde nuestro carril, despejado y en calma, lo vemos casi como una escena paralela: nosotros rodando sin prisa, con el Austin ronroneando satisfecho y la pegatina roja recién colocada, mientras al otro lado la carretera parece atrapada en un bucle de frenazos y paciencia.



En un momento, casi sin aviso, se desarrolló una tormenta con abundante lluvia. El cielo se cerró de golpe y el agua empezó a caer con fuerza, golpeando el parabrisas como si quisiera borrar la carretera. Las escobillas del Austin, fieles pero ya veteranas, se movían con su barrido lento y característico, incapaces de retirar toda el agua que se acumulaba.

El motor seguía ronroneando, la Sra. mantenía el rumbo con firmeza y yo observaba cómo cada pasada de las escobillas dejaba apenas un respiro de visibilidad antes de que otra ola de lluvia volviera a cubrirlo todo. Era como ver al Austin luchar con dignidad contra una tormenta que le quedaba grande, pero sin perder nunca su compostura de clásico.



La pegatina roja queda finalmente en su sitio, brillante, recién puesta, como un pequeño estandarte que anuncia que seguimos en la carretera.



Hoy jueves he ido un rato por la mañana a la nave donde están los coches. Siempre tengo algo que hacer allí, y si no lo hay, se inventa: un tornillo que ajustar, una pieza que revisar, una idea que probar. Es mi manera de mantener vivos estos clásicos y, de paso, mantenerme yo también en movimiento.

Sigo preparando la bomba de dirección, el soporte y el tensor. Trabajo minucioso, de esos que requieren paciencia y brazos firmes. Pero mis brazos, ya castigados por tantos años de mecánica y acompañados por la edad, empiezan a pedir ayuda. Y esta vez se la voy a conceder. No es rendirse: es saber cuándo toca aflojar un poco y dejar que la herramienta o la asistencia hagan su parte.

El Austin, mientras tanto, espera. Y yo, entre piezas y silencios, disfruto de ese rato en la nave que siempre me da más de lo que me quita.










Tengo que roscar un par de tornillos, así que me pongo a buscar la terraja adecuada. Entre cajas, latas y ese caos ordenado que solo entiende quien trabaja en un banco de taller, aparece también el porta‑terrajas que hice en su momento. El original, el que venía con el juego, era tan débil que acabó partiéndose. Así que fabriqué uno a mi manera: más robusto, más fiable y con ese toque artesanal que tienen las cosas hechas por necesidad y por orgullo.

Lo cojo, lo peso en la mano y me hace gracia pensar que, al final, muchas de las herramientas que uso llevan mi firma, aunque sea en silencio. No son perfectas, pero funcionan, y eso es lo que importa cuando uno sigue peleando con piezas, roscas y hierros que ya tienen más años que algunos mecánicos.





Esa pieza que torneé para el tensor ahora necesita rosca, y ahí empieza el desafío. Mi torno es tan simple que no tiene lira, ni caja Norton, ni avances automáticos ni ninguna de esas comodidades modernas. Es un torno de los de antes: pequeño, artesanal, sincero… y que te obliga a pensar cada paso.

Así que toca hacerlo a la vieja usanza, con paciencia y precisión. Presento la terraja, alineo el inicio de la rosca y dejo que la herramienta haga su trabajo mientras yo acompaño el giro, sintiendo cómo muerde el acero poco a poco. No hay engranajes que marquen el paso, no hay avances sincronizados: solo mis manos, la herramienta y la pieza que pide su rosca como quien pide un traje a medida.

Y en el fondo, eso también tiene su encanto. Porque cuando el torno no te da nada hecho, cada rosca, cada ajuste y cada pieza terminada lleva un poco más de ti.





La varilla roscada que voy a utilizar como tensor estaba entre el material que guardo en reserva, ese cajón de “por si algún día hace falta” que siempre termina salvando el trabajo. La pieza está bien, pero antes de montarla toca darle un repaso: hay que pasarle la terraja para que las tuercas de tensado entren y salgan suaves, sin enganches ni durezas.

La sujeto en el tornillo de banco, preparo la terraja y empiezo a trabajarla con calma. El acero muerde despacio, la rosca se limpia, se afina, y la varilla queda lista para cumplir su función en el tensor. Es un detalle pequeño, pero de esos que marcan la diferencia entre un ajuste tosco y uno que funciona como debe.

En el taller, estas cosas siempre llevan su tiempo… y su satisfacción.



Ya está todo hilvanado. Las piezas encajan, la varilla roscada está lista, el tensor toma forma y el torno —con su humildad de siempre— ha cumplido. Aún habrá que darle algún pequeño retoque, ajustar un detalle aquí, repasar otro allá… pero el reloj empieza a apretar y se me hace la hora del regreso a casa.

Así que lo dejo todo en stand‑by, esperando la próxima visita a la nave. Las herramientas quedan donde deben, las piezas reposan en silencio y el trabajo, aunque no terminado, avanza. Mañana o cuando toque, volveré a darle vida a este proyecto que, como todos los de taller, se hace a ratos, con paciencia y con ganas.




Yo, haciendo estas cosas, disfruto mucho, incluso más que cuando salgo por ahí con los coches. Es un gusto distinto, más íntimo, más mío. Al fin y al cabo, es un trabajo que inicié a una edad muy temprana, casi de crío, cuando la mecánica era descubrimiento, reto y juego a la vez. Y lo sigo disfrutando igual, con la misma curiosidad y la misma satisfacción de ver cómo una pieza encaja, cómo una rosca queda fina, cómo una herramienta hecha por mis manos sigue funcionando.

El taller, la nave, las piezas… todo eso es parte de mi historia. Y cada vez que vuelvo allí, aunque sea un rato, siento que regreso a un lugar donde el tiempo se mueve a otro ritmo y donde sigo siendo el mismo chaval que aprendió a trabajar el metal y nunca dejó de hacerlo.


















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