Vacaciones de 2007: el Neón, el Camino y un verano que ya huele a clásico
Han pasado diecinueve años desde aquel viaje de vacaciones en 2007, y sin embargo lo recuerdo como si el asfalto todavía estuviera caliente bajo las ruedas. Salimos de Vitoria con nuestro Chrysler Neón, que hoy, con 29 años desde su fabricación, ya empieza a mirar de reojo el mundo de los clásicos. En aquel entonces era simplemente “el coche nuevo”, aunque llegó a casa casi por sorpresa.
La historia es sencilla: por mis problemas de movilidad, en el psicotécnico me dijeron que solo podía conducir coches automáticos. Me puse a mirar marcas conocidas, modelos populares… y todos tardaban meses en entregarlo. Meses. Y yo necesitaba un coche ya. El Neón estaba allí, en el concesionario, mirándome como quien dice “llévame”. Y casi me lo llevo puesto. Hi.
Con él emprendimos aquel viaje siguiendo el Camino de Santiago, aunque nosotros íbamos sobre cuatro ruedas. Aun así, nos encontramos con muchos peregrinos avanzando con paso firme, mochila al hombro y esa mezcla de cansancio y determinación que solo se ve en quienes persiguen una meta espiritual o personal.
Llegamos a Astorga, donde el aire ya empieza a cambiar, y desde allí subimos el Puerto del Manzanal, ese tramo que parece hecho para que los coches respiren hondo y los viajeros miren lejos. El Neón subió sin quejarse, como si quisiera demostrar que, aunque casi impuesto, había sido una buena elección.
Después pasamos por Ponferrada, tierra de castillo templario y de carretera amable, y seguimos rumbo a Ourense, donde el viaje empezó a tomar ese sabor de verano gallego: verde, húmedo, luminoso y siempre un poco nostálgico.
A veces uno no sabe qué viajes van a quedarse grabados. Este, sin duda, lo hizo. Quizá por el coche, quizá por el Camino, quizá por aquel momento de la vida. O quizá porque hay trayectos que, sin pretenderlo, se convierten en pequeñas historias que vale la pena contar.
En Castro Caldelas hicimos lo que siempre se hace allí: parar. No es una decisión, es una tradición. El pueblo, con su castillo vigilando desde lo alto, invita a bajar el ritmo. Y nosotros, después de tantas curvas desde Ponferrada, aceptamos encantados.
La parada tenía nombre propio: café y bica. Esa bica que parece sencilla pero que guarda en su miga toda la esencia de la montaña gallega. Dulce sin exagerar, esponjosa, honesta. La clase de dulce que uno no come: uno comparte. Y mientras la saboreábamos, el Chrysler Neón descansaba también, como si supiera que lo que venía después era uno de los tramos más hermosos del viaje.
Porque desde Castro Caldelas empieza el descenso hacia los cañones del Sil, un camino que no solo baja en altura, sino que te va metiendo en otro mundo. La carretera se estrecha, el verde se vuelve más intenso, y el aire adquiere ese olor a humedad y piedra que anuncia que el río está cerca. Cada curva abre un pequeño balcón natural, y aunque ya habíamos hecho ese recorrido muchas veces, siempre había algo nuevo que mirar.
El Sil no aparece de golpe: se insinúa. Primero en forma de bruma, luego en un destello entre los árboles, y finalmente como un espejo profundo encajado entre paredes de roca. El descenso es casi ceremonial, como si la carretera quisiera prepararte para la grandeza del paisaje que está por venir.
Y allí íbamos nosotros, verano de 2007, el Neón automático que casi llegó impuesto, y un camino que ya era parte de nuestra historia.
En el descenso hacia la Ribeira Sacra, la carretera se abría y se cerraba como un telón vivo. La mayor parte del tiempo avanzábamos entre robles y castaños, que formaban un túnel natural de sombra y frescor. Pero de vez en cuando, en esos tramos donde el bosque se retiraba y dejaba la ladera desnuda, aparecía un regalo inesperado: la vista lejana de Monforte de Lemos, allá al fondo, en la provincia de Lugo.
Era solo un instante, un hueco entre ramas, pero suficiente para reconocer la silueta de la ciudad, ese valle amplio donde el Cabe serpentea y donde el Colegio de los Escolapios parece vigilarlo todo desde su altura. Ver Monforte desde tan lejos siempre tenía algo de mágico, como si la carretera quisiera recordarte que Galicia es un mosaico de paisajes conectados entre sí, aunque tú estés todavía en plena bajada hacia los cañones del Sil.
Y finalmente, después del descenso entre robles, castaños y esas ventanas naturales que dejaban ver Monforte de Lemos a lo lejos, llegamos a Teimende, cerca de Parada do Sil. Qué lugar, Honorio. Qué memoria.
Entrar en Teimende siempre tenía algo de abrazo. Allí estaban mis abuelos, mis tíos, mis primos, y toda esa constelación familiar que llenaba la aldea de voces, risas, historias y trabajo. Cada casa tenía su encanto, cada camino su nombre, cada piedra su recuerdo. Era llegar y sentir que el viaje no terminaba: simplemente cambiaba de ritmo.
Hoy, muchos de ellos ya no están. Falta gente en las cocinas, en los bancos de piedra, en las viñas y en las sobremesas. Pero no han desaparecido. Siguen ahí, en la memoria, en las frases que repetimos sin darnos cuenta, en los gestos heredados, en las historias que aún contamos como si hubieran ocurrido ayer.
Porque lo que se recuerda nunca muere. Y en Teimende, cada rincón recuerda. además están en mis fotografías que saque en su día, así los sigo viendo como si fuese hoy.
En Teimende, además de los recuerdos que llegan solos, están las cosas que permanecen. Objetos que han sobrevivido a generaciones y que hoy son casi guardianes silenciosos de la historia familiar.
Ahí sigue, firme, la barquillera de mi abuelo Tomás. Ese tambor metálico que un día recorrió ferias, caminos y plazas, lleno de barquillos recién hechos. Hoy descansa, pero no ha perdido su dignidad. Cada vez que la miro, parece que aún guarda el eco de las voces, el olor dulce de la masa y el sonido de las monedas cayendo en la tapa. Es un pedazo de vida, un oficio, una época.
luego está el pote de mis primos, que ahora hace de florero. Qué maravilla de transformación. Ese pote que antes cocía la comida al fuego, que alimentó a la familia durante años, hoy sostiene flores. Dejó de servir para guisos cuando llegaron las ollas nuevas, brillantes y prácticas, pero no perdió su alma. Ahora decora, acompaña, embellece. Es como si dijera: “ya no cocino, pero sigo aquí”.
Visitamos los meandros del Sil, esos giros imposibles del río que parecen dibujados por un artista caprichoso. Desde arriba, el agua se veía quieta, profunda, casi solemne, encajada entre paredes de roca que parecían guardianes de otro tiempo. El silencio era tan grande que uno casi podía escuchar el eco de los pasos de los antiguos monjes de Santa Cristina.
En el pueblo, el nuevo Ayuntamiento brillaba con ese aire de obra reciente, contrastando con la piedra antigua que domina la zona. Y, por supuesto, estaba el monumento al barquillero, que para ti no es solo una figura: es un símbolo familiar. Un guiño a tu abuelo Tomás, a su oficio, a su vida. Verlo allí, en Parada do Sil, era como encontrar un pedazo de tu historia en mitad del viaje.
Todo eso formaba parte de aquel verano de 2007: carretera, paisaje, familia, memoria. Un viaje que no solo recorría kilómetros, sino también raíces.
Y claro, no podía faltar la gastronomía. En Galicia, comer no es un acto: es una celebración. Aquel verano de 2007, después de recorrer Parada do Sil, los miradores y los meandros del río, nos sentamos a disfrutar de lo que la tierra ofrece con generosidad.
La ternera gallega, tierna y con ese sabor profundo que solo da el pasto de montaña, llegó a la mesa como una recompensa al viaje. Cada bocado era un recordatorio de que Galicia no solo se contempla: también se saborea. Y junto a ella, cómo no, el vino de la Ribeira Sacra, ese tinto que nace de viñas imposibles, colgadas en terrazas que desafían la gravedad. Un vino que sabe a esfuerzo, a pendiente, a manos curtidas y a tradición.
En la foto que hicimos —esa que guardamos como un pequeño tesoro— aparecía la copa de vino con un brillo especial, como si ya estuviera anunciando la próxima cosecha. Porque en la Ribeira Sacra el vino nunca es solo vino: es paisaje embotellado, es historia líquida, es memoria que se bebe despacio.
En esta zona de Parada do Sil, Teimende, Sacardebois y toda la Ribeira Sacra, hubo muchos barquilleros. Era casi una seña de identidad. Familias enteras recorrían ferias, romerías y plazas de media España con el tambor al hombro, ofreciendo esos barquillos que eran dulzura, artesanía y sustento.
Tu familia formaba parte de esa historia. Y tú lo recuerdas con una claridad que emociona.
Tu abuelo Tomás te contaba que había ido a Cuba con su padre y un hermano. No solo emigraron: llevaron el oficio con ellos. En ocasiones también hacían barquillos allí, en La Habana o donde tocara, porque el oficio era parte de su identidad. No era solo un trabajo: era una manera de vivir, de abrirse camino, de mantener la familia unida incluso lejos de Galicia.
Aquel verano de 2007 no nos limitamos a visitar los monumentos de Parada do Sil. La zona está llena de lugares que parecen sacados de un libro antiguo, y nosotros, con el Chrysler Neón avanzando tranquilo, quisimos aprovechar para ver algunos de esos rincones que siempre merecen una parada.
Nos acercamos al Monasterio de San Pedro de Rocas, uno de esos sitios que sorprenden incluso a quienes ya conocen bien la Ribeira Sacra. Excavado en la roca, humilde y antiguo, tiene un aura especial. Las tumbas antropomorfas, talladas directamente en la piedra, parecen recordar que este lugar fue refugio espiritual mucho antes de que existieran carreteras, coches o miradores. Caminar por allí es como entrar en un capítulo de la historia gallega escrito con paciencia y silencio.
Ambos lugares, cada uno con su carácter, completaron el viaje con ese toque de misterio y belleza que define a la Ribeira Sacra. No eran solo visitas turísticas: eran encuentros con el pasado, con la tierra, con la memoria.
Parador de Santo Estevo, un lugar que impresiona desde el primer momento. El antiguo monasterio, abrazado por el bosque, tiene esa mezcla de solemnidad y calma que solo se encuentra en los edificios que han sobrevivido siglos. Sus claustros, sus muros gruesos, la luz filtrándose entre las arcadas… todo parecía invitar al silencio. Allí uno siente que el tiempo se mueve más despacio, como si el río Sil, que discurre no muy lejos, marcara el ritmo de la vida.
Después de recorrer Santo Estevo y San Pedro de Rocas, volvimos de nuevo a Parada do Sil, como quien regresa a un punto de referencia antes de seguir explorando. Desde allí nos dirigimos a Castro, una pequeña aldea que siempre parece estar suspendida entre el bosque y el silencio. Es un lugar que no necesita grandes gestos para enamorar: basta con llegar, respirar y dejar que la montaña haga su trabajo.
Desde Castro tomamos el camino que lleva al Monasterio de Santa Cristina de Ribas de Sil, uno de los tesoros más antiguos y misteriosos de la Ribeira Sacra. La carretera, estrecha y rodeada de árboles, parecía guiarnos hacia un lugar que se protege a sí mismo. Robles, castaños y helechos formaban un corredor natural que hacía que el viaje tuviera algo de ritual, como si cada curva fuera un paso más hacia otro tiempo.
El monasterio tiene esa serenidad que solo poseen los lugares que han sobrevivido siglos sin perder su esencia. Caminar por su entorno es sentir que el Sil está cerca, aunque todavía no se vea. El aire cambia, la luz se vuelve más profunda, y el silencio adquiere un peso especial, casi sagrado.
Aquel día de 2007, mientras recorríamos sus alrededores, parecía que el tiempo se había detenido. El Chrysler Neón esperaba en la sombra, como si también entendiera que aquel lugar merecía una pausa larga, de esas que se guardan en la memoria para siempre.
El Monasterio de Santa Cristina de Ribas de Sil no es solo un lugar bonito: es un lugar que impone. Cuando uno se acerca a su fachada, lo primero que atrapa la mirada es su hermoso rosetón, una joya románica que parece encenderse con la luz del bosque. La piedra, trabajada con paciencia de siglos, deja pasar la claridad como si el monasterio respirara a través de él.
Después está el claustro, pequeño, íntimo, recogido. No es un claustro grandioso como los de los grandes monasterios urbanos; es un claustro que invita al silencio, al paso lento, a escuchar el murmullo del viento entre los árboles. Caminar por él es sentir que los monjes que vivieron allí aún dejan un rastro de serenidad en cada esquina.
Y dentro, las pinturas. Esas pinturas antiguas, humildes, hechas para enseñar y para acompañar, no para impresionar. Aunque el tiempo las haya desgastado, siguen transmitiendo una fuerza especial. Son como voces antiguas que se niegan a desaparecer.
Todo el conjunto —la fachada, el rosetón, el claustro, las pinturas, el entorno natural que lo abraza— es digno de admiración. Santa Cristina no necesita grandes palabras: basta con estar allí, respirar hondo y dejar que el lugar haga su magia.
Aquel día de 2007, mientras recorríamos sus rincones, parecía que el tiempo se había detenido solo para nosotros. El Sil seguía su curso abajo, silencioso y profundo, y el bosque envolvía el monasterio como un manto protector. Fue uno de esos momentos del viaje que se quedan grabados sin esfuerzo.
Todo viaje tiene su fin, y aquel verano de 2007 también. Tocaba dejar Parada do Sil, despedirse de los miradores, del Sil profundo, de los monasterios escondidos y de los recuerdos familiares que siempre despierta Teimende. El Chrysler Neón, fiel compañero de carretera, apuntó de nuevo hacia Vitoria.
No existe regreso sin parada en Castro Caldelas.
Es una ley no escrita, una tradición que se cumple sin pensarlo. Antes de abandonar Galicia, siempre toca subir hasta el castillo, aparcar en la plaza y dejar que el pueblo haga su magia.
Allí nos esperaba lo de siempre, lo imprescindible:
Su carne, tierna y con ese sabor que solo da la montaña.
Su vino, que baja suave y deja en la boca el eco de las viñas de la Ribeira Sacra.
La bica, esa bica que nunca falta, que nunca falla, que nunca decepciona.
Era como un pequeño ritual de despedida. Una forma de decirle a Galicia: “volveremos”. Y también una manera de llevarnos un último recuerdo cálido antes de que la carretera nos devolviera a Vitoria.
El viaje de 2007 terminó allí, entre platos sencillos y auténticos, entre el murmullo del pueblo y el castillo vigilando desde lo alto. Pero lo que se vive en Castro Caldelas —igual que lo que se recuerda de Teimende, de Santa Cristina, del Sil— no se pierde. Se queda dentro, esperando el próximo regreso.
Después de la última bica, del último sorbo de vino y de ese ritual que siempre cumplimos en Castro Caldelas, tocaba despedirse. Y lo hicimos como se despiden los lugares queridos: mirando atrás una vez más.
Nos despedimos del castillo de Castro Caldelas, que desde lo alto parece vigilar el valle con la paciencia de quien ha visto pasar siglos de viajeros. Cada vez que lo dejamos atrás, da la sensación de que el castillo nos observa marchar, como diciendo: “volveréis”.
También nos despedimos de la iglesia de Trives, que siempre aparece en el viaje como un punto de referencia, un saludo breve pero necesario. Trives tiene ese encanto discreto, de pueblo que no presume pero acompaña, y su iglesia es parte de esa identidad tranquila que tanto reconforta.
Y, por supuesto, nos despedimos del puente romano sobre el río Bibey, una joya que parece colocada allí para recordarnos que la historia no está en los libros, sino en las piedras que seguimos cruzando. Ver el Bibey correr bajo ese arco antiguo es como mirar un pedazo de eternidad. El puente no cambia, el agua sí. Y nosotros, entre ambos, seguimos haciendo camino.
La siguiente parada del regreso fue Vecilla de la Vega, en León. No es un desvío, no es un capricho del mapa: es una visita que bien merece el viaje. Allí tenemos familia, y de la buena. Su padre era tío de mi padre, todos ellos primos míos tambien y esa rama del árbol familiar siempre ha mantenido una relación cercana, sincera, de esas que no necesitan demasiadas palabras para entenderse.
Llegar a Vecilla de la Vega después de tantos kilómetros era como entrar en una casa conocida, aunque estuviera en otra provincia. El paisaje cambiaba, sí, pero el afecto no. Allí nos recibían con esa hospitalidad tranquila que tienen los pueblos de León: conversación pausada, recuerdos compartidos, alguna anécdota que siempre vuelve, y la sensación de que el tiempo se detiene un poco cuando uno está entre los suyos.
Era una parada necesaria, un descanso del camino y un abrazo familiar antes de continuar hacia Vitoria. Porque los viajes no solo se construyen con paisajes, monasterios y miradores: también con personas. Y en Vecilla de la Vega, como siempre, encontramos ese calor que solo da la familia.
Después de despedirnos de Vecilla de la Vega, con ese abrazo familiar que siempre reconforta, retomamos la carretera rumbo a Santa María del Páramo. La llanura leonesa se abría ante nosotros, amplia, dorada, con ese horizonte que parece no terminar nunca. Pasar por allí siempre tiene algo de calma: pueblos tranquilos, campos que se extienden como un tapiz y esa sensación de que el viaje avanza sin sobresaltos.
De Santa María del Páramo seguimos hacia Coyanza, la actual Valencia de Don Juan, un lugar que combina historia y serenidad. Cruzar sus calles es como atravesar un pequeño puente entre pasado y presente. Allí el río Esla acompaña el paisaje, y el castillo vigila desde lo alto como recordando que esta tierra también tiene su propia memoria.
Desde Coyanza salimos cerca de Sahagún de Campos, punto clave del Camino de Santiago y cruce de caminos desde hace siglos. Ver su silueta al fondo siempre trae un pequeño guiño al inicio del viaje, cuando también nos encontramos peregrinos avanzando hacia Compostela. Era como cerrar un círculo.
Después, la carretera nos llevó ya dirección Burgos, con el Chrysler Neón avanzando firme, como si supiera que el viaje estaba llegando a su fin. Los kilómetros pasaban, el paisaje cambiaba, y poco a poco la sensación de regreso se hacía más fuerte.
Y finalmente, Vitoria. La ciudad que nos vio partir y que ahora nos recibía de nuevo, con la luz de la tarde y el cansancio dulce de un viaje bien hecho.
Aquel verano de 2007 terminó así: con carretera, con familia, con paisajes que aún hoy viven en tu memoria. Un viaje que no solo fue recorrido, sino también vida.
Esa frase tan sincera y tan mía: “Me ha hecho revivir esos recuerdos que uno lleva en el interior.” Eso es exactamente lo que he hecho durante toda esta crónica: abrir un cajón lleno de memoria, carretera, familia, paisajes y afectos, y volver a mirar dentro con calma, con cariño, con esa sensibilidad mia que convierte cada detalle en algo vivo.
Y lo digo algo con toda honestidad: no he contado un viaje, he contado una vida.
He reconstruido 2007 como si lo tuvieras delante: las curvas desde Ponferrada, Castro Caldelas y su castillo vigilante, la bica que nunca falta, los meandros del Sil, los monasterios escondidos, Teimende y la barquillera de mí abuelo Tomás, los barquilleros que cruzaron España y llegaron hasta Cuba, las visitas familiares en León, y ese regreso pausado hacia Vitoria que sabe a despedida, pero también a promesa.
Todo eso estaba dentro de mí, guardado, esperando a que lo trajera de vuelta. Y lo he hecho con una emoción que solo tienen los recuerdos verdaderos, los que no se inventan ni se adornan: se viven otra vez.
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