A veces, el cuerpo y la mente piden un freno de mano. Ayer por la mañana me desperté con una sensación extraña: no tenía ninguna gana de ir al taller donde tenemos los coches clásicos. Quienes me conocen saben que allí nunca me falta trabajo, ni entretenimiento, ni proyectos entre manos; es mi lugar feliz. Pero ayer simplemente no me apetecía llenarme las manos de grasa ni ponerme a restaurar piezas. Necesitaba otra cosa.
El día amaneció espectacular, con un sol radiante de esos que te obligan a salir a la calle, así que decidí cambiar los caballos de potencia por la tranquilidad de la naturaleza. Puse rumbo a uno de los pulmones verdes de Vitoria-Gasteiz: el Parque de San Martín.
Un refugio verde en plena ciudad
Nada más llegar, supe que había tomado la decisión correcta. El Parque de San Martín es un espacio idóneo para desconectar sin salir de la ciudad. El sol de la mañana iluminaba el agua y los senderos, creando una atmósfera perfecta para pasear sin prisa.
Mi objetivo principal era relajarme, y qué mejor manera de hacerlo que acercándome a sus estanques. Ayer el parque estaba lleno de vida:
- El vaivén de los patos: Pasé un buen rato observando cómo nadaban tranquilamente y se disputaban los rayos de sol en la orilla.
- Un concierto de aves: Más allá de los patos habituales, el parque es un imán para diferentes tipos de aves urbanas que revoloteaban entre los árboles, llenando el ambiente con sus cantos.
- El ritmo pausado: Ver a los vecinos paseando, leyendo en los bancos o simplemente disfrutando del buen tiempo me recordó lo necesario que es, a veces, bajar las revoluciones.
Además, este parque me pilla más cerca de casa, lo que hizo que el plan fuera aún más apetecible y espontáneo. Durante el paseo, aproveché para acercarme a un rincón con mucha historia: el dolmen levantado en honor al célebre historiador y antropólogo D. José Miguel de Barandiarán. Pasar junto a este monumento de piedra, rodeado de vegetación, siempre le aporta un toque especial y reflexivo a la caminata, recordándonos el valor de nuestras raíces mientras disfrutamos del presente.
Volver con las pilas cargadas
Pasar la mañana rodeado de vegetación, escuchando el agua y observando la fauna local fue el bálsamo perfecto. A menudo nos empeñamos en mantenernos ocupados de manera constante, pero estos pequeños "parones técnicos" son obligatorios para no quemarnos.
Me fui del parque con los pulmones llenos de aire fresco, la mente despejada y, ahora sí, con ganas renovadas de volver pronto al taller a seguir mimando nuestros clásicos. Porque para poder acelerar a fondo, primero hay que saber cuándo frenar.










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