12.10.26

Membrillos de la casa donde nací

 Membrillos que vuelven a casa

Ayer recibí una llamada que me descolocó el corazón. Un familiar me preguntó si quería membrillos… pero no unos cualquiera: eran los membrillos, los de los árboles de la casa donde nací. La casa de mis abuelos. Árboles que me vieron correr, caerme, levantarme y aprender a mirar el mundo. ¿Cómo decir que no? Solo escucharlo ya me encendió la ilusión como una chispa.

Cuando llegaron, venían en abundancia: kilos y kilos, como si la infancia hubiera decidido volver de golpe. Y claro, no había tiempo que perder. El membrillo exige respeto y trabajo, y yo quería honrarlo. Me puse manos a la obra sin pensarlo: lavar, cortar, cocer, remover… ese ritual lento y pesado que, cuando lo haces con cariño, se convierte en una especie de conversación con el pasado.





Mientras el dulce espesaba, yo pensaba en mañana: Basauri, Vizcaya. Coches. Motores. Carrocerías que brillan como espejos. Una cita que no me quiero perder por nada. Así que hoy tocaba apurar, avanzar, dejar todo listo para poder disfrutar mañana sin prisas, sin remordimientos, con el dulce ya reposando y la ilusión en marcha.



Al final, entre el aroma del membrillo y la emoción por la escapada, el día quedó perfecto. Hay trabajos que cansan, sí, pero también hay trabajos que reconcilian con lo que uno es. Este dulce de membrillo es eso: un puente entre mi origen y mi presente, entre la cocina y la carretera, entre lo que fui y lo que sigo siendo.

Sin más demora vamos a hacer una cata del membrillo acompañado de pan y queso.

¡Perfecto! podemos seguir la producción 😂


Por hoy es suficiente trabajo, continuaremos en otro momento, esto no se puede desaprovechar.😍

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