Membrillos que vuelven a casa
Ayer recibí una llamada que me descolocó el corazón. Un familiar me preguntó si quería membrillos… pero no unos cualquiera: eran los membrillos, los de los árboles de la casa donde nací. La casa de mis abuelos. Árboles que me vieron correr, caerme, levantarme y aprender a mirar el mundo. ¿Cómo decir que no? Solo escucharlo ya me encendió la ilusión como una chispa.
Cuando llegaron, venían en abundancia: kilos y kilos, como si la infancia hubiera decidido volver de golpe. Y claro, no había tiempo que perder. El membrillo exige respeto y trabajo, y yo quería honrarlo. Me puse manos a la obra sin pensarlo: lavar, cortar, cocer, remover… ese ritual lento y pesado que, cuando lo haces con cariño, se convierte en una especie de conversación con el pasado.
Mientras el dulce espesaba, yo pensaba en mañana: Basauri, Vizcaya. Coches. Motores. Carrocerías que brillan como espejos. Una cita que no me quiero perder por nada. Así que hoy tocaba apurar, avanzar, dejar todo listo para poder disfrutar mañana sin prisas, sin remordimientos, con el dulce ya reposando y la ilusión en marcha.






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